Chapter 3
Capítulo 3
A la mañana siguiente, Yenifer y Cuchi Cuchi Tate se pelean por una funda de pan que aparece en la cocina. El loro parlachín revela que el pan es un regalo del dueño del loro en agradecimiento. Yenifer confiesa que quería llevárselo a su mamá, y Tate lo entiende. Se reconcilian y comparten el pan, fortaleciendo su amistad.
El sol de la mañana se coló por la ventana de la cocina, iluminando las marcas de hollín que aún quedaban en la pared. Yenifer bostezó mientras se frotaba los ojos, todavía con el sabor a pizza de la noche anterior en la boca. Tate ya estaba levantado, buscando algo entre los armarios.
—¿Qué haces? —preguntó Yenifer, estirándose.
—Busco algo para desayunar. No hay casi nada, solo un poco de arroz y unos huevos. Pero mira lo que encontré —dijo Tate, sacando una bolsa de papel arrugada—. Una funda de pan. Parece que quedó de ayer.
Yenifer se acercó y frunció el ceño. —Esa funda es mía. La compré antes del incendio, la tenía guardada.
—¿Tuya? Yo la vi primero en la despensa. Además, está abierta. Debe ser de la dueña de la casa, no tuya —replicó Tate, apretando la bolsa contra su pecho.
—¡Te digo que es mía! —Yenifer alzó la voz, dando un paso adelante—. La compré para llevarle a mi mamá. No tienes derecho a agarrarla.
Tate resopló. —No sabía, Yenifer. Pero tampoco es para que te pongas así. Podemos compartirla, ¿no?
—No quiero compartir. Es mía y punto —dijo Yenifer, cruzando los brazos.
El loro parlachín, que había volado hasta la ventana abierta, metió la cabeza y chilló:
—¡Pelea, pelea! ¡Pan, pan!
Ambos se volvieron hacia el pájaro. Yenifer sintió que la rabia le subía otra vez. —Tú no te metas, loro. Esto es entre nosotros.
—Pero el loro tiene razón —dijo Tate, con un tono conciliador—. Estamos peleando por una tontería. Ayer nos perdonamos, ¿recuerdas?
—Sí, pero esto es diferente. Es mi pan. Mi mamá está esperando que le lleve algo. Y tú, siempre tan egoísta, quieres quedártelo todo.
Tate abrió la boca para responder, pero el loro volvió a hablar:
—¡Regalo! ¡Regalo del dueño! ¡Por el loro!
Yenifer y Tate se miraron confundidos.
—¿Qué dice ese pájaro? —preguntó Yenifer.
—No sé… —Tate examinó la funda de pan—. Espera, hay una nota aquí. Está arrugada, pero se lee algo: "Gracias por ayudar a mi loro. Les dejo este pan. —El vecino"
Yenifer se quedó helado. —¿El vecino nos dejó pan? ¿Ayer?
—Parece que sí —dijo Tate, sonriendo—. Y yo pensando que era tuyo. Perdón, Yenifer. Me equivoqué.
Yenifer sintió que el calor le subía a las mejillas. —Yo también me equivoqué. Pensé que era mi funda, pero la mía la dejé en la otra bolsa. Esta debe ser la del vecino.
Se sentaron en la mesa, y Tate abrió la funda. El olor a pan fresco llenó la cocina. El loro se posó en el borde de la ventana, observándolos.
—Bueno —dijo Yenifer, con una sonrisa tímida—. Al menos ahora sabemos que el vecino no es tan malo. Y que el loro habla más de lo que creemos.
—Sí —rió Tate—. Ese loro es un sabelotodo.
Partieron el pan en dos y lo untaron con mantequilla. Mientras comían, Yenifer suspiró.
—Tate, lo siento. No debí enojarme tanto. Es que… quería llevarle pan a mi mamá porque ella está enferma y no puede salir. Me sentí mal cuando pensé que lo habías tomado.
Tate puso una mano sobre el hombro de Yenifer. —No sabía eso. Lo entiendo. La próxima vez, dime y te ayudo a conseguir más pan. No tienes que cargar con todo solo.
Yenifer asintió, agradecido. —Gracias. Eres un buen amigo.
El loro lanzó un chillido alegre: —¡Amigos, amigos!
Ambos rieron. Terminaron el desayuno y decidieron ir a visitar al vecino para agradecerle el pan. Al salir, Yenifer miró la cocina. Las marcas del incendio ya no le parecían un recuerdo del enojo, sino de cómo habían superado juntos un problema. La aventura, pensó, seguía enseñándoles lecciones. Y aunque a veces pelearan por tonterías como una funda de pan, al final siempre encontraban la manera de reconciliarse.