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Chapter 2

Capítulo 2

El dueño del loro irrumpe furioso, acusando a Yenifer y Tate de maltratar al animal. Yenifer, todavía enojado, amenaza con llamar a los muchachos del barrio para que lo dejen en paz, pero Tate lo calma y juntos convencen al dueño de que solo intentaban ayudar. Al descubrir que el loro está herido, los tres van al veterinario. Durante el camino, Yenifer reflexiona y finalmente perdona a Tate, aceptando sus disculpas de corazón. El loro se recupera, el dueño agradece, y la amistad de Yenifer y Tate sale fortalecida tras la aventura.

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La puerta del patio se abrió de golpe. Un hombre corpulento, de barba espesa y mirada encendida, se plantó en el umbral. Su voz grave retumbó en la cocina:

—¡Ahí está! ¡Ese loro es mío! ¿Y ustedes qué le hicieron?

Yenifer sintió que la sangre le hervía de nuevo. El conflicto con Tate aún le quemaba por dentro, y ahora este desconocido llegaba a gritarle. Dio un paso al frente, los puños apretados.

—Mire, señor —dijo con tono cortante—. El loro entró solito, volcó un frasco de aceite y casi nos quema la casa. Le salvamos la vida, ¿entiende? Así que más respeto.

El hombre no se inmutó. Señaló al loro, que seguía temblando sobre la mesa, con una pata levantada.

—¡Miren cómo lo dejaron! Cojea, está asustado. Ustedes le hicieron algo. ¡Van a pagar por esto!

—¡No le hicimos nada! —interrumpió Tate, levantando las manos en señal de paz—. De verdad, señor, lo salvamos de un incendio. El pobre se cayó detrás de la nevera y lo sacamos con cuidado.

—¡Mentira! —bramó el hombre, acercándose—. Yo conozco a los de este barrio. Ustedes son unos malandros.

Yenifer sintió que la rabia le nublaba la vista. Dio otro paso, casi encarando al dueño.

—Oiga, déjeme tranquilo —espetó, la voz temblorosa—. ¿Qué quiere? ¿Que busque a los muchachos del barrio para decirles que no me deja en paz? ¡Porque lo hago, eh! No tengo miedo de llamarlos.

El hombre frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, Tate se interpuso entre ellos.

—¡Ya basta, Yenifer! —dijo con firmeza, pero sin alzar la voz—. No vamos a solucionar nada peleando. Señor, mire, mire al loro. Está herido de verdad. Déjenos ayudarlo. Nosotros pagamos el veterinario, si es necesario.

Yenifer abrió la boca para protestar, pero se detuvo al ver la expresión de Tate. Sus ojos suplicaban, no por él, sino por el loro. Había algo sincero en su amigo, algo que le recordó por qué se habían hecho amigos en primer lugar. Cerró los puños y respiró hondo.

—Está bien —murmuró—. Pero no porque él mande, sino porque el loro no tiene la culpa.

El dueño los miró desconfiado, pero al ver al loro tembloroso, su actitud se suavizó un poco.

—Está bien —gruñó—. Vamos al veterinario. Pero si me sale caro, me lo pagan.

Salieron los tres. Tate cargó al loro con cuidado, envolviéndolo en un paño limpio. Yenifer caminaba a su lado, con los brazos cruzados, mirando al suelo. El barrio estaba tranquilo; el sol de la tarde calentaba las veredas polvorientas.

—Gracias por no seguir peleando —dijo Tate en voz baja, sin mirarlo—. No quería que esto fuera peor.

Yenifer resopló. —No lo hice por ti. Lo hice por el loro. Y porque no quiero que piensen que soy un mal tipo.

—Lo sé —respondió Tate—. Pero igual, gracias.

Caminaron en silencio un par de cuadras. El loro se había calmado, y solo emitía pequeños gorjeos de vez en cuando. Yenifer miró de reojo a Tate, que sostenía al pájaro con una ternura que no le había visto antes. Recordó la cachetada, la discusión, el llanto de su orgullo. Pero también recordó cómo Tate había ayudado a apagar el fuego, cómo había corrido a su lado para mover la nevera, cómo se había disculpado una y otra vez.

—Tate —dijo Yenifer, deteniéndose—. Lo de la cachetada… Sé que fue un accidente. O no un accidente, pero sé que no quisiste hacerme daño.

Tate se volvió, sorprendido. —¿De verdad?

—Sí —Yenifer suspiró—. Estuve pensando. Tú te disculpaste, y aunque me dolió, entiendo que reaccionaste por el calor del momento. Yo también dije cosas que no debía. Así que… te perdono. De verdad.

Los ojos de Tate se humedecieron. —Gracias, Yenifer. No sabes cuánto significa para mí. Te juro que nunca volveré a lastimarte. Eres mi mejor amigo.

—Ya, ya —dijo Yenifer, sonrojándose un poco—. No te pongas sentimental. Tenemos que llevar al loro al veterinario.

Sonrieron, y por primera vez en horas, la tensión se disipó por completo. El dueño del loro, que caminaba unos pasos adelante, se volvió y los vio sonreír. Negó con la cabeza, pero no dijo nada.

Llegaron al veterinario, una clínica pequeña con olor a antiséptico. El médico revisó al loro y diagnosticó un esguince leve en la pata. Recetó reposo y una pomada, y aseguró que se recuperaría en pocos días. El dueño, al ver que el loro estaba bien, respiró aliviado.

—Bueno —dijo, rascándose la nuca—. Parece que les debo una disculpa. Gracias por traerlo. Y perdonen si los acusé sin razón.

—No hay problema —respondió Tate—. Lo importante es que el loro esté bien.

Yenifer asintió. —Cuide mejor a su pájaro, señor. No lo deje volar tan lejos.

El hombre sonrió por primera vez. —Lo haré. Tomen, para los gastos —sacó unos billetes, pero Tate negó con la mano.

—No, no. Nosotros pagamos. Fue nuestra responsabilidad.

Salieron de la clínica cuando el sol comenzaba a ocultarse. El loro, ya más tranquilo, se posó en el hombro del dueño y lanzó un chillido divertido:

—¡Perdón, perdón! ¡Amigos!

Yenifer y Tate se rieron. Caminaron de regreso a casa, hombro con hombro. El aire fresco de la tarde llevaba el olor a tierra mojada. Yenifer sintió que el peso del enojo se había ido, reemplazado por una calma cálida.

—Oye, Tate —dijo Yenifer—. Gracias por no rendirte conmigo. Por seguir insistiendo aunque yo estuviera terco.

—Para eso están los amigos, ¿no? —respondió Tate—. Para soportarse cuando uno está de mal humor.

—Sí —sonrió Yenifer—. Pero la próxima vez que te enojes, mejor tírame un cojín, no una cachetada.

Ambos rieron, y sus risas se mezclaron con el canto lejano de los pájaros. Llegaron a la casa, donde la cocina aún mostraba las marcas del incendio: la estufa manchada de hollín, la cortina chamuscada. Yenifer la miró y, en lugar de enojo, sintió gratitud. Aquel pequeño desastre les había enseñado algo valioso.

—Bueno —dijo, frotándose las manos—. Ahora tenemos que limpiar esto. Y después, pedir una pizza. Hoy merecemos un descanso.

—Suena bien —asintió Tate—. Pero primero, ayudame a barrer.

Trabajaron juntos, sin prisas, compartiendo historias y bromas. El loro parlachín, desde su nueva jaula en la casa del vecino, se había convertido en el tema de conversación. Yenifer pensó que, al final, hasta un conflicto podía traer algo bueno. Y mientras veía a Tate reírse mientras pasaba el trapeador, supo que su amistad era más fuerte que cualquier cachetada.

Al caer la noche, sentados en el porche con una pizza humeante, Yenifer levantó su vaso.

—Por los amigos que se disculpan —dijo.

—Y por los amigos que perdonan —respondió Tate, chocando su vaso contra el de Yenifer.

El loro, desde lejos, gritó una última vez:

—¡Salud! ¡Salud!

Yenifer sonrió. La aventura había terminado, pero la amistad, pensó, apenas comenzaba.

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