Chapter 1
Capítulo 1
Yenifer está furioso con Cuchi Cuchi Tate por una cachetada y se niega a escuchar sus disculpas. Mientras discuten, un loro parlachín causa un pequeño incendio en la cocina, obligándolos a trabajar juntos para apagarlo. En el proceso, Yenifer ve la preocupación de su amigo y comienza a aceptar que la cachetada fue un error, aunque su orgullo aún no cede del todo. El loro los conduce a un nuevo problema, dejando la historia en un punto de suspenso.
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas descuidadas, dibujando franjas de luz sobre el suelo de madera. Pero Yenifer no veía nada de eso. Su mirada estaba fija en el rostro de Cuchi Cuchi Tate, y sus ojos ardían con una mezcla de incredulidad y rabia. La mano derecha de Yenifer aún temblaba, recordando el impacto seco que había sentido minutos antes. No podía creerlo. Su amigo, su Cuchi Cuchi, le había dado una cachetada. No era una palmada juguetona, sino un golpe firme, que le había dejado la mejilla ardiendo de vergüenza y dolor.
—Yenifer, por favor, escúchame —dijo Cuchi Cuchi Tate, con las manos extendidas en un gesto de paz, su voz temblorosa—. No fue mi intención. Te lo juro. Me dejé llevar. Fue un error.
Pero Yenifer giró la cabeza, negándose a mirarlo. —Un error, ¿eh? —masculló, con la voz llena de sarcasmo—. ¿Y eso qué? ¿Crees que con decir «error» se arregla todo? Me diste una cachetada, Tate. Así, sin más. Delante de todos. ¿Sabes cómo me siento? Humillado. Y no, no voy a aceptar tus disculpas como si nada.
Cuchi Cuchi Tate dio un paso adelante, pero Yenifer retrocedió, chocando contra la mesa de la cocina. Una taza de café tembló y cayó al suelo, rompiéndose en pedazos. El silencio se llenó con el tintineo de la porcelana. Cuchi Cuchi suspiró, agachándose para recoger los fragmentos.
—Lo siento mucho —murmuró, sin levantar la vista—. No sabes cuánto lo siento. Fui impulsivo. Tú me dijiste cosas que me dolieron, y reaccioné mal. Pero no fue mi intención lastimarte. Eres mi amigo, Yenifer. Lo más importante para mí.
Yenifer apretó los puños. Las palabras de Tate resonaban en su cabeza, pero su orgullo era un muro grueso que no dejaba pasar la razón. —Amigo, dices. ¿Un amigo te abofetea? No, Tate. Un amigo te escucha, te entiende. Tú no hiciste eso. Solo pensaste en ti, en tu maldito orgullo.
—Yo sé que fue como dices —insistió Tate, poniéndose de pie, con los pedazos de taza en la mano—. Pero mi Cuchi Cuchi, tranquis. No quiero estar peleando con vos. Dame una oportunidad, porfa. Pídeme lo que quieras, pero no me rechaces así.
Yenifer resopló, pero antes de que pudiera responder, un ruido estridente interrumpió la conversación. Desde la ventana abierta, un loro de plumas verdes y amarillas entró volando, aterrizando en la lámpara del comedor. Era el loro parlachín de la vecina, conocido por su capacidad de repetir todo lo que escuchaba, y por su talento para meterse en problemas.
—¡Cachetada, cachetada! —gritó el loro, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Tate, malo! ¡Tate, malo!
Ambos se quedaron helados. El loro se rió, una risa chillona que parecía burlona. Yenifer sintió que la sangre le hervía. —¿Ves? Hasta el loro lo sabe. Eres un mal amigo.
Cuchi Cuchi Tate bajó la cabeza, pero el loro no se detuvo. Empezó a volar en círculos, golpeando sin querer un frasco de aceite de cocina que estaba sobre la estufa. El frasco cayó, derramando su contenido sobre la hornilla encendida. En cuestión de segundos, una llama pequeña pero peligrosa brotó, lamiendo el borde de la estufa.
—¡Fuego! —gritó el loro, emocionado—. ¡Fuego, fuego!
Yenifer y Tate se miraron, el conflicto olvidado por un instante. La cocina comenzaba a llenarse de humo. Yenifer, con el corazón latiendo rápido, agarró un trapo y lo mojó en el fregadero. —¡Ayúdame, Tate! —gritó, lanzándole un paño mojado.
Tate lo atrapó al vuelo, y ambos se movieron instintivamente. Mientras Yenifer sofocaba las llamas, Tate apagaba las brasas que habían saltado a la cortina. El loro, desde su percha en la lámpara, comentaba cada acción: —¡Eso, eso! ¡Más rápido, más rápido!
El fuego se extinguió en menos de un minuto, pero el susto fue grande. Yenifer se apoyó en la mesada, respirando agitado. Tate dejó caer el paño, y por un momento, se miraron a los ojos. En la mirada de Tate, Yenifer vio algo que no había querido ver antes: preocupación genuina. No era el miedo de un amigo que había sido descubierto, sino el miedo de alguien que temía perder a otro.
—¿Estás bien? —preguntó Tate, su voz casi un susurro.
Yenifer asintió, sin palabras. La adrenalina había disipado parte de su enojo. Se dio cuenta de que, en el calor del momento, Tate había actuado con rapidez, pensando en su seguridad. No era la actitud de alguien que no le importaba. Era la actitud de un amigo.
—Gracias —dijo Yenifer, con voz ronca—. Por... por ayudar.
Tate sonrió débilmente. —Siempre. No importa lo que pase, siempre voy a ayudarte. Lo siento por la cachetada. De verdad, de verdad lo siento.
Yenifer suspiró. El orgullo seguía ahí, pero ya no era una fortaleza. Era una puerta entreabierta. —Está bien —dijo lentamente—. Acepto tus disculpas. Pero todavía me duele, ¿sabes? No es algo que se olvide así nomás.
—Lo sé —dijo Tate—. Pero voy a hacer lo que sea para que me perdones del todo. Te lo prometo.
El loro, que había estado observando en silencio, de repente se puso a saltar y aletear. —¡Perdón, perdón! —gritó—. ¡Ahora todos contentos!
Ambos se rieron, un poco incómodos, pero también con un alivio que no habían sentido en toda la mañana. Sin embargo, la alegría duró poco. El loro, en su entusiasmo, voló hacia la estufa, y al aterrizar, su pata resbaló en el aceite derramado. Perdió el equilibrio y cayó detrás de la nevera, emitiendo un chillido de dolor.
—¡Ay, ay, ay! —gritó el loro—. ¡Me duele, me duele!
Yenifer y Tate se miraron de nuevo. No podían dejarlo así. Se agacharon juntos, intentando ver dónde había caído el animal. La nevera era pesada, y no había espacio para moverla fácilmente. Yenifer sintió un nudo en el estómago. Si no lograban sacar al loro, podría lastimarse gravemente.
—Necesitamos mover la nevera —dijo Tate, evaluando la situación—. Pero está muy pesada. Tal vez si empujamos juntos…
Yenifer asintió, y sin decir más, se colocaron a cada lado del electrodoméstico. Contaron hasta tres, y empujaron con todas sus fuerzas. La nevera se movió unos centímetros, pero no lo suficiente. El loro seguía atrapado, sus quejidos se volvían más débiles.
—Otra vez —dijo Yenifer, con determinación—. Vamos.
En ese momento, sintió que la mano de Tate se posaba suavemente sobre su hombro. —Gracias, Yenifer. Por ayudarme, aunque estés enojado conmigo. Esto significa mucho.
Yenifer no respondió. Pero en su interior, algo cambió. La cachetada seguía siendo una herida abierta, pero tal vez, solo tal vez, podía sanar con el tiempo. Y con la ayuda de un loro parlachín y una nevera deslizada, su amistad podría salir fortalecida de aquel caos.
Empujaron de nuevo, y la nevera se movió lo suficiente para que el loro pudiera salir volando, aunque cojeando. Aterrizó sobre la mesa, y se quedó quieto, temblando.
—Démosle agua —dijo Yenifer, llenando un plato pequeño—. Pobre, se asustó.
Tate sonrió, y esa sonrisa era la disculpa más sincera que Yenifer había visto en toda su vida. Y mientras el loro bebía, un nuevo ruido se escuchó desde afuera: el motor de un auto desconocido, y luego pasos apresurados. La puerta del patio se abrió de golpe, y una voz grave exclamó:
—¡Ahí está! ¡Ese loro es mío! ¡Y ustedes, ¿qué le hicieron?!
Yenifer y Tate se quedaron petrificados. El dueño del loro, un hombre corpulento de mirada severa, los observaba con furia. Y Yenifer supo, en ese instante, que la aventura recién comenzaba.