Chapter 2
El Eco del Silencio
Tras el incidente con Manuel, la gitana y el payo discuten sobre la venganza. La gitana insiste en que hay que recuperar el ojo robado con justicia, no con violencia. Erik, con el colgante roto en el bolsillo, escucha y decide que buscará al ladrón, no para castigarlo, sino para que devuelva lo que se llevó. La noche avanza entre cantes y guitarras, pero el peso del robo sigue presente. Al amanecer, Erik encuentra una nota anónima que dice: 'El ojo que roban, se devuelve solo cuando se sabe mirar.' La gitana y el payo lo miran, y Erik guarda la nota, convencido de que el desafío apenas comienza.
La plaza fue vaciándose poco a poco, como se vacía un vaso de vino cuando ya no queda sed. Las palmas se apagaron, las guitarras callaron, y solo quedó el rumor de las persianas bajando y las sillas de enea recogiéndose. La noche se echó encima, oscura y pegajosa, pero el aire seguía cargado de aquel cante, de aquella rabia que se había convertido en arte, de aquel desafío que aún no tenía dueño.
Erik se sentó en el borde de la fuente de la plazoleta, con el colgante roto en la palma de la mano. La luna, que acababa de asomar por encima de los tejados, se reflejó en el ojo de plata, y por un instante le pareció que su abuela lo miraba desde algún lugar que solo ella conocía. La gitana se acercó, se sentó a su lado, sin pedir permiso, y también se quedó mirando el colgante.
—No lo vas a arreglar con los dientes —dijo, con esa voz suya que sonaba a tierra mojada.
—No pienso arreglarlo —respondió Erik, guardando el colgante en el bolsillo del pecho. —Está roto. Igual que algo aquí dentro.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Dejarlo así?
Erik se encogió de hombros. No era un gesto de indiferencia, sino de quien está acostumbrado a cargar con lo que no puede cambiar. Pero la gitana no estaba dispuesta a dejar que se escurriera en el silencio.
—Escúchame, Erik. Lo que pasó con el niño no fue un accidente. Y no hablo de que se te cayera el colgante. Hablo de lo de antes, de lo que pasó en la calle del Pino, de lo que nadie se atrevió a nombrar.
—No sé de qué me hablas.
—Sí sabes. El ojo que te dieron, el que llevabas puesto, no era el de tu abuela. Era el de verdad, el que te protege. Y alguien lo sabe.
Erik se quedó en silencio. La gitana tenía razón, pero no quería oírla. No esa noche. Prefería pensar que todo había sido una casualidad, que el niño había tirado por azar, que la cadena estaba vieja y se rompió sin más. Pero no era verdad. Y él lo sabía.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin, con la voz tensa.
—Quiero que me ayudes a encontrarlo. Al ladrón, al que se llevó el ojo de verdad. Porque el que tienes en el bolsillo es un sustituto, una copia que te dieron para que no notaras la pérdida hasta que fuera tarde.
Erik sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Miró el colgante otra vez, y esta vez lo vio distinto: el brillo era apagado, el ojo no tenía esa chispa que recordaba. La abuela siempre le decía que un ojo de plata de verdad refleja la luz del sol, pero también la de la luna, y este apenas si se encendía.
—¿Quién? —preguntó, con la garganta seca.
—Eso es lo que tenemos que averiguar. Pero no con violencia, Erik. Con justicia. Que el barrio vea que ni el orgullo ni la rabia nos mandan. Que la verdad es más fuerte que cualquier golpe.
El payo Rabudo, que había estado escuchando desde una esquina, se acercó. Llevaba la guitarra a la espalda, como quien lleva un hijo dormido. Se sentó en una silla, enfrente de ellos, y los miró con esos ojos suyos que parecían no parpadear.
—Yo también vi algo —dijo, con su voz grave, lenta. —Cuando el niño tiró del collar, había un hombre en la entrada de la calle del Convento. No se movió, no dijo nada. Solo miraba. Luego, cuando todo el mundo estaba pendiente del crío, desapareció.
—¿Quién era? —preguntó Erik.
—No lo vi bien. Tenía una gorra, la cara en sombra. Pero llevaba una chaqueta de cuero, de esas que no se ven por aquí. Y en el brazo, un tatuaje: un ojo. Igual que el tuyo, pero más grande. Se le veía cuando sacó la mano para encender un cigarro.
El silencio que siguió era denso, como el humo que flotaba sobre la plaza hacía unas horas. La gitana se levantó, paseó unos pasos, y se volvió.
—Eso no lo decide la casualidad. Alguien quería que pasara esto. Alguien que conoce la historia de tu abuela, que sabe que ese ojo era más que un adorno.
—¿Pero quién?
—Alguien que quiere que lo sepas. Que quiere verte dudar. Pero no te va a ver caer, ¿me oyes? Porque nosotros no caemos. Nos levantamos, y más fuertes.
Erik no respondió. Se levantó también, metió las manos en los bolsillos y miró hacia la calle del Convento, que se perdía en la oscuridad, estrecha y llena de sombras. Algo le decía que la respuesta estaba allí, al final de esa calle, en una puerta que él conocía bien. La puerta de la casa de su tío, el hermano de su abuela, el que nunca quiso hablar del pasado. El tío Miguel.
—¿Y ahora qué? —preguntó la gitana.
—Ahora voy a ver a mi tío. Él sabe algo.
—¿Ahora, de noche?
—Es el mejor momento. No hay testigos, no hay miradas. Solo él y yo.
El payo Rabudo asintió, despacio, como si hubiera esperado esa respuesta. Se levantó, se ajustó la guitarra en la espalda y puso una mano en el hombro de Erik.
—Ten cuidado. La verdad a veces pesa más que una mentira, y tu tío carga con mucho peso.
—Lo sé. Pero necesito saber.
La gitana se acercó y le dio un beso en la mejilla, un roce breve, casi maternal.
—Vuelve pronto. Y no olvides que esto no es solo tuyo. Es de todos los que estuvimos aquí esta noche, de todos los que coreamos tu nombre. No nos falles.
Erik sonrió, por primera vez en horas. Una sonrisa pequeña, cansada, pero era suya.
—No pienso hacerlo.
Y se fue, calle del Convento arriba, con las manos en los bolsillos y el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir. Las farotas, que ya casi no había, se apagaron a su paso, y la noche se cerró a su espalda.
La casa de su tío estaba al final de la calle, escondida entre dos edificios altos, con una puerta de madera oscura y un llamador de latón con forma de ojo. Llamó dos veces, y esperó. Escuchó pasos al otro lado, lentos, pesados, como si quien viniera no tuviera prisa por abrir.
La puerta se entreabrió. El tío Miguel apareció en el umbral, con una copa de vino en la mano y el pelo canoso revuelto. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado, pero eso no era nuevo. Llevaba años llorando por dentro, desde que su hermana se fue sin decir adiós.
—Erik. A estas horas.
—Tengo que hablar contigo. Es sobre el ojo.
El tío Miguel lo miró un instante, luego suspiró y abrió la puerta del todo.
—Pasa. Pero no sé si vas a querer oír lo que tengo que decirte.
Erik cruzó el umbral. La casa olía a tabaco y a cera, a cosas viejas que no se tiran porque pesan más que el recuerdo. Se sentaron en la cocina, con una botella de vino y dos vasos, y el tío Miguel se quedó mucho rato callado, mirando el fondo de su copa, antes de empezar a hablar.
—Tu abuela no era de aquí. Ya lo sabes. Vino de un pueblo de Extremadura, con una familia que no quería aceptar al gitano que ella amaba. Se escapó con él, y aquí la acogieron unos primos. Pero el ojo, ese ojo de plata, no era una joya. Era un encargo que le hizo un viejo que sabía de estas cosas. Un ojo que protegiera al portador, pero que también lo atara a un destino.
—¿Qué destino?
—El que tú estás viviendo ahora mismo. El de tener que devolver algo que no te han robado por casualidad. Porque hay quien cree que ese ojo es la llave para algo. Algo que no debería haberse despertado.
El tío Miguel se levantó, fue a un mueble y sacó un sobre amarillento, doblado en cuatro. Se lo tendió a Erik.
—Esto te lo dejó ella antes de morir. Dijo que me lo diera cuando vinieras a preguntar por el ojo. Yo no sabía que pasaría algo así, o juro que te lo habría dicho antes.
Erik cogió el sobre con manos temblorosas. Lo abrió y sacó una hoja de papel, escrita con la letra pequeña y temblona de su abuela.
"Querido Erik, si estás leyendo esto, es que alguien ha intentado robarte el ojo. No te asustes. Eso significa que el poder que te dejé está activándose. Busca al que lo robó, pero no para castigarlo. Para enseñarle que el ojo no se roba: se hereda. Y tú, mi niño, has heredado lo más importante: la fuerza para levantarte, siempre. Ve a la vieja fábrica de aceite, al lado del río. Allí encontrarás respuestas. Cuídate."
Erik levantó la vista. El tío Miguel lo miraba, con una mezcla de tristeza y alivio.
—¿La fábrica de aceite? ¿Eso todavía existe?
—Existe, pero en ruinas. Nadie va por allí desde hace años. ¿Qué te dice la carta?
Erik se la dio. El tío la leyó, asintió despacio, y la dobló con cuidado de no romperla.
—Entonces es cierto. Ella sabía que esto pasaría. Y ahora te toca a ti decidir qué hacer.
Erik se puso en pie. La noche se le echaba encima, pero también la necesidad de saber.
—Voy a ir. Mañana, al amanecer.
—¿Y quieres que vaya contigo?
—No. Esto tengo que hacerlo yo. Pero gracias, tío. Por guardar la carta, por contármelo.
El tío Miguel lo abrazó, un abrazo fuerte, de esos que no se dan todos los días. Y cuando Erik salió a la calle, el cielo empezaba a clarear por el este. Las estrellas se apagaban una a una, y la luna se fue a dormir detrás de las nubes. Erik apretó el sobre contra el pecho, junto al ojo de plata, y sintió que, por primera vez en mucho tiempo, sabía adónde iba. Solo esperaba que lo que encontrara en la fábrica valiera la pena.
La mañana lo esperaba, con su promesa y su amenaza. Y el eco del silencio, que había estado a punto de tragarse su nombre, empezaba a convertirse en un rumor. Un rumor que decía: no estás solo. Y no lo estaba.