AIBookCraft

Chapter 1

Capítulo 1

En un barrio cálido de Sevilla, durante una tarde de verano, se presenta la escena del desafío anunciado en el verso. El payo y la gitana, personajes centrales, observan desde el gentío mientras Erik, el joven del 'ojo robado', se enfrenta a un duelo de cante y baile. La multitud vitorea, pero un incidente con una mirada robada desata la venganza contenida. El capítulo termina con Erik levantándose, aceptando el desafío sin violencia, y la promesa de una justicia que nace del orgullo y la rabia.

7 min read

Llegó el verano a la calle de los naranjos, y con él, el calor que se pega a la piel como un abrazo que no se quiere ir. El sol, ya bajo, teñía de oro las fachadas encaladas, y el olor a jazmín y a freír de churros se colaba por las rejas de las ventanas. En la plazoleta, bajo la sombra de un algarrobo añoso, se había reunido el barrio entero. No había razón aparente para el bullicio, pero tampoco se necesitaba. Bastaba con que alguien dijera: “¡Desafío! ¡Arte! — ¡Desafío!”, y el eco corría de boca en boca, como un rumor que todos esperaban.

Entre la multitud, apoyado contra la pared de la tahona, el payo se ajustaba el sombrero de ala ancha. Era un hombre de manos callosas y mirada tranquila, de esas que miran despacio, como si el tiempo no le urgiera. Llevaba una chaqueta de pana gastada en los codos y, colgada del hombro, una guitarra que había visto mejores noches. A su lado, la gitana removía el café en un vaso pequeño, el pañuelo rojo anudado a la cabeza, los ojos negros como dos aceitunas partidas. No hablaban, pero sus hombros se rozaban de vez en cuando, una caricia que apenas duraba un latido.

—¡Ole la Gitana! —gritó alguien desde el fondo, y la gitana sonrió sin mirar, levantando el vaso en un saludo breve.

—¡Ole Capricornio! —respondió otro, y luego un coro de voces se alzó:

—¡Ole Leo! ¡Y ole el Payo Rabudo!

El payo se limitó a asentir, un gesto casi imperceptible. No era partidario de los aspavientos. Prefería que las cosas se dijeran con el cuerpo, con el rasgueo de las cuerdas, con el taconeo sobre las losas calientes.

Entonces, desde el otro extremo de la plaza, apareció Erik. No se oyeron pasos ni anuncios; simplemente estaba allí, como si siempre hubiera formado parte del paisaje. Era un muchacho de unos veintitantos, el pelo revuelto y una cicatriz fina sobre la ceja izquierda, que le daba un aire de haber mirado de frente a más de una tormenta. Llevaba una camiseta blanca, un pantalón vaquero y, colgando del cuello, una cadenita de plata con un colgante en forma de ojo. Era el ojo que había robado la atención del barrio entero.

—¡Erik! ¡Erik! —corearon, y el muchacho alzó la mano, sin sonrisa, pero con la dignidad de quien sabe que está en su territorio.

La gitana se puso en pie de un salto, dejando el café sobre el alféizar de una ventana. Se acercó a Erik y le colocó el colgante bien recto sobre el pecho.

—Que nadie se quede frío —dijo en voz baja, casi un susurro, pero el silencio que siguió al griterío la hizo audible para todos. —Que retumbe el gentío.

Erik asintió. Luego, sin mediar palabra, se volvió hacia el centro de la plazoleta, donde dos sillas de enea esperaban. Una para él, otra para su contrincante. El desafío era de cante, pero también de mirada. Se trataba de aguantar el compás, de no parpadear cuando el otro soltara la voz, de devolver cada verso como un espejo que no se rompe.

El payo Rabudo se sentó en una de las sillas. La gitana tomó la otra, pero no se sentó; se quedó de pie, con los brazos cruzados, el mentón levantado. Era ella quien iba a cantar. Erik, de momento, miraba desde la primera fila, los brazos caídos, el ojo de plata brillando bajo el sol.

—¡Arsa! —gritó una mujer desde un balcón, y las palmas empezaron, un ritmo seco y exacto que marcaba el latido del barrio.

La gitana cerró los ojos un instante, inspiró hondo y dejó salir la voz. No era un cante alegre, sino una seguiriya, lenta, quejumbrosa, que hablaba de un amor que se fue con la noche y que no volvería. Las palabras se enredaban en el aire, se colaban por las rendijas de las puertas, y la gente se calló, quieta, como si el tiempo se hubiera detenido con ellas.

Pero en medio del cante, algo ocurrió. Un movimiento rápido, casi imperceptible. Un niño pequeño, de no más de seis años, había salido corriendo de entre las piernas de los adultos, tropezado, y caído de bruces delante de Erik. Al levantarse, se fijó en el colgante, en el ojo de plata que giraba lentamente. Sin pensarlo, estiró la mano y lo agarró, tirando de la cadena.

Erik sintió el tirón. No se movió. Miró al niño, y el niño lo miró a él. Había miedo en aquellos ojos infantiles, pero también una curiosidad que no conocía límites. El niño apretó el colgante y tiró otra vez, más fuerte. La cadena se rompió, y el ojo de plata cayó al suelo, rodó un par de metros y quedó bajo la sombra del algarrobo.

El silencio se hizo más profundo. La gitana dejó de cantar. El payo Rabudo se levantó de la silla. Erik, despacio, se arrodilló, recogió el colgante. El niño, asustado, se echó a llorar.

—No pasa nada —dijo Erik, con una voz tan suave que parecía un susurro. —No ha sido nada.

Pero los que lo conocían sabían que no era verdad. Aquel ojo no era un simple adorno. Era lo único que le quedaba de su abuela, la gitana vieja que le había enseñado a cantar cuando aún no sabía hablar. La gitana que decía: “El ojo que mira, nunca se pierde. El ojo que roban, hay que recuperarlo con orgullo”.

La gitana de pañuelo rojo se acercó, puso una mano en el hombro de Erik. Luego, se giró hacia la multitud.

—¡Ojo robado! —gritó, y su voz tenía un filo que cortaba el aire.

La gente repitió: “¡Ojo robado!”

—¡Corazón encendío!

—¡Corazón encendío!

Erik apretó el colgante entre los dedos. Las lágrimas no llegaban a sus ojos, pero la rabia sí, una rabia que quemaba por dentro, que pedía justicia. Sin embargo, no buscó al niño; no señaló a nadie. Se limitó a levantarse, a poner el ojo de plata en el bolsillo del pecho, y a encarar al barrio.

—No es pecado caerse —dijo, en voz alta, clara. —Lo es no levantarse.

Y entonces, la gitana volvió a cantar, pero ahora el cante era otro, más rápido, más vivo. Un cante de desafío. Las palmas se aceleraron, los pies empezaron a marcar el compás, y el barrio entero se movió como un solo cuerpo. El payo Rabudo rasgueó la guitarra, y la música llenó la plaza, cubrió el silencio que había dejado el robo, y convirtió la rabia en arte.

Erik se quedó quieto un momento, el ojo robado en el bolsillo, la mirada perdida en el horizonte. Luego, sin prisas, se volvió hacia la tahona, donde el niño seguía llorando, abrazado a la falda de su madre. Caminó hacia ellos, se agachó y le tendió la mano vacía.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Manuel —respondió el niño, entre hipos.

—Pues Manuel, mañana vuelvo a traer el ojo. Y si quieres, te enseño a cantar. Pero no se roba, ¿vale? Se pide.

El niño asintió, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano. La madre sonrió, agradecida. Y el barrio, que lo había visto todo, lanzó un grito unánime.

—¡Payo! —¡Rabudo! —¡Payo! —¡Rabudo!

La gitana alzó el vaso de café, ahora frío, y brindó al aire. El payo Rabudo siguió tocando, los dedos volando sobre las cuerdas. Y Erik, con la cadena rota en el bolsillo, sintió que la noche no había hecho más que empezar. Algo se había robado, sí, pero también algo se había ganado: la certeza de que la venganza no necesita violencia cuando se tiene el orgullo y el arte de todo un barrio.

Las palmas seguían sonando, y el eco se fue perdiendo calle arriba, mientras las primeras estrellas asomaban, tímidas, por encima de los tejados. El desafío continuaba. Y Erik, esta vez con el ojo en el bolsillo y la mano extendida hacia el futuro, sabía que no se rendiría.

✦ ✦ ✦
Jugar desde aquí

Privacy choices

Optional analytics help us improve AIBookCraft. They stay off until you allow them. We still count anonymous page views, without cookies or an ID. Writing, sign-in, and checkout work either way.

Change this choice any time. Read our Privacy Policy.