Chapter 2
Capítulo 2: El Despertar
Elizabet despierta en la casa de Sebastian, come y comienza a sentirse segura, pero descubre que sus alas están débiles y que algo en el bosque las está drenando. Sebastian le ofrece quedarse, pero un misterioso susurro en el viento insinúa un peligro acechante.
Abrí los ojos lentamente, como si mis párpados fueran cortinas de plomo que alguien estuviera levantando con mucho cuidado. La luz entraba por una ventana pequeña, pintando rectángulos dorados en el suelo de madera. Olía a pan, a leña quemada y a algo más, algo dulce que no supe identificar.
Parpadeé varias veces. El techo de la habitación tenía vigas oscuras y, entre ellas, telarañas que se mecían suavemente. Una araña diminuta bajaba por un hilo invisible, como si estuviera haciendo turismo por su propia casa.
—¿Sebastian? —mi voz sonó ronca, como si hubiera estado callada durante años.
Nadie respondió. Pero escuchaba ruidos al fondo: el golpe de una olla contra algo metálico, el silbido de algo hirviendo, pasos que iban y venían.
Me incorporé con esfuerzo. La cama era enorme para mí; las mantas me llegaban hasta la barbilla y el colchón olía a hierbas secas, a lavanda quizás. Mis alas... las moví un poco y sentí un hormigueo extraño, como si estuvieran dormidas. Las estiré con cuidado y vi que estaban sucias, con pequeñas manchas de tierra y savia pegada en los bordes.
—Qué desastre —murmuré, y mi propia voz sonó a regaño.
Mis pies tocaron el suelo frío y di un respingo. La madera estaba helada, como si el invierno hubiera decidido colarse dentro de la casa. Me levanté y caminé hacia el ruido, siguiendo el olor a pan.
La cocina era pequeña pero acogedora. Sebastian estaba de espaldas, inclinado sobre una estufa de hierro negro, removiendo algo en una cacerola. Llevaba una camisa blanca sencilla, sin la túnica oscura del día anterior, y su cabello negro caía desordenado sobre su nuca.
—Buenos días —dijo sin volverse—. ¿Dormiste bien?
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Tu respiración cambia cuando te despiertas. Es más rápida, menos profunda.
—Ah —no supe qué más decir. Me quedé quieta, mirando cómo movía el cucharón con movimientos precisos.
—Siéntate —dijo, señalando una silla con la cabeza—. El desayuno está casi listo.
Me senté en la silla, que era demasiado alta para mí; mis pies colgaban sin tocar el suelo. Los balanceé mientras observaba la cocina. Había frascos de vidrio alineados en una estantería, llenos de líquidos de colores: uno verde, otro azul, otro rojo como sangre. Hierbas secas colgaban del techo, atadas con cuerdas. Un gato negro me observaba desde el alféizar de la ventana, con los ojos amarillos como monedas.
—¿Tienes gato? —pregunté.
—No. Ese es un visitante. Viene a diario porque sabe que aquí hay sobras.
El gato maulló, como si confirmara sus palabras, y luego saltó al suelo y se acercó a mi silla. Se frotó contra mi pierna, dejando una estela de calor y pelos.
—Se llama... Bueno, no tiene nombre. Le digo 'Gato', y él responde como si fuera el nombre más digno del mundo.
Sonreí. El gato se sentó a mis pies y comenzó a lamerse una pata con una seriedad que parecía fuera de lugar en un animal tan pequeño.
Sebastian se volvió con un plato humeante en las manos. Lo dejó frente a mí: gachas de avena con miel y trozos de fruta, un vaso de leche y un panecillo pequeño que aún desprendía vapor.
—Come —dijo, sentándose frente a mí con su propia taza de lo que parecía té—. Necesitas recuperar fuerzas.
Tomé la cuchara. Mis manos temblaban un poco, pero no de miedo. Era como si mi cuerpo estuviera recordando cómo funcionaba. La primera cucharada de avena fue tibia y dulce, y sentí que algo dentro de mí se relajaba, como un nudo que por fin se desata.
—Gracias —dije entre bocado y bocado.
—De nada.
Comimos en silencio un rato. Yo devoraba la comida como si no hubiera probado nada en días, que era la verdad, y Sebastian sorbía su té con una calma que pareía artificial, como si estuviera esperando algo.
—Elizabet —dijo al fin, dejando la taza sobre la mesa—, necesito preguntarte algo.
Levanté la vista, con la cuchara a medio camino de la boca.
—¿Qué?
—Tus alas... ¿siempre han estado así?
Miré mis alas. Las moví un poco y vi que el brillo que solían tener era opaco, como si alguien hubiera pintado encima con acuarela sucia.
—No —respondí, y mi voz sonó más pequeña de lo que quería—. Antes brillaban. Mamá decía que eran como estrellas caídas. Pero desde que me perdí en el bosque... ya no brillan tanto.
Sebastian asintió lentamente, como si hubiera esperado esa respuesta.
—El bosque está encantado —dijo—. No es un bosque normal. Hay algo en él que absorbe la magia de los seres como tú. Por eso te sentías tan débil cuando te encontré.
—¿Qué clase de algo?
—No lo sé con certeza —admitió—. Pero he sentido su presencia desde que llegué aquí. Y creo que es mejor que no te adentres sola en el bosque por ahora.
—¿Y si quiero irme?
La pregunta flotó en el aire, y vi cómo los ojos de Sebastian se oscurecían por un instante. Luego sonrió, esa sonrisa amable de ayer.
—Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Te prometí que te cuidaría, y lo haré.
—¿Aunque no sea tu hija de verdad?
—Eso no importa —dijo—. La familia no siempre es de sangre. A veces se encuentra.
No supe qué responder. Bajé la vista y seguí comiendo, pero ahora la avena sabía diferente, como si mis pensamientos la hubieran condimentado.
Después del desayuno, Sebastian me mostró la casa. Era más grande de lo que parecía desde fuera: había una sala con estantes llenos de libros viejos, un taller donde guardaba herramientas y frascos, y un cuarto pequeño con una cama que, dijo, sería el mío si quería.
—Puedes decorarlo como quieras —dijo, abriendo la puerta—. No tengo muchas cosas, pero lo que hay es tuyo.
La habitación era sencilla: una cama con sábanas blancas, una mesita de noche con una vela, y una ventana que daba al bosque. Pero cuando me asomé, vi que justo afuera había un árbol con flores moradas que se mecían con el viento.
—Es bonito —dije.
—Es un árbol de hadas —explicó Sebastian—. Solo crece en lugares donde hay magia.
—¿Magia? —repetí, y la palabra sonó a secreto, a algo que no debía decirse en voz alta.
—Sí. La misma magia que llevas dentro.
Pasé el resto del día explorando. Sebastian me enseñó a encender el fuego con una chispa de sus dedos, a leer las hojas de té para adivinar el futuro, y a silbar una melodía que hacía que las flores del jardín se abrieran. Me reí cuando una rosa le estornudó polen en la cara.
—No te rías —dijo, limpiándose la nariz con la manga—. Esto es arte, no un circo.
—Parece un circo —respondí, y me reí más fuerte.
Pero cuando cayó la noche, algo cambió. El viento comenzó a soplar con fuerza, y las campanillas del tejado sonaron como si estuvieran alarmadas. Sebastian se puso tenso, y vi cómo su mano se posaba sobre el amuleto que llevaba en el cinturón.
—Quédate aquí —dijo, y su voz ya no era cálida, sino firme, como una orden.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo... quédate.
Salió al exterior y cerró la puerta tras de sí. Me quedé sola, mirando la puerta, escuchando el viento que aullaba como un lobo herido. El gato negro saltó a mi regazo y comenzó a ronronear, pero su cuerpo estaba tenso, como si también sintiera el peligro.
Pasaron cinco minutos. Diez. Luego, la puerta se abrió y Sebastian entró, con el cabello revuelto y una expresión seria.
—¿Y bien? —pregunté.
—No es nada —dijo, pero su mirada decía otra cosa—. Solo el viento.
—Mentira.
Me miró fijamente, y por un momento pensé que iba a enfadarse. Pero luego suspiró y se sentó frente a mí.
—Hay algo en el bosque que te busca, Elizabet. Algo que no es amable. Y no sé cuánto tiempo podré mantenerlo alejado.
El miedo regresó, como una ola que me cubrió los pies y comenzó a subir. Pero esta vez, Sebastian estaba ahí, y su mano sobre la mía era cálida y firme.
—No te preocupes —dijo, con esa sonrisa que parecía capaz de detener tormentas—. Te prometí que te cuidaría. Y los hombres coreanos cumplen sus promesas.
—¿Todos?
—Todos.
Esa noche, mientras me dormía en mi nueva cama, escuché el viento golpear la ventana. Pero también escuché la respiración tranquila de Sebastian en la habitación de al lado, y supe que, por ahora, estaba a salvo.
Aunque algo me decía que la calma no duraría para siempre.