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Chapter 1

Capítulo 1: El Encuentro en el Bosque

Elizabet, una niña hada perdida en un bosque mágico y en mal estado, es encontrada por Sebastian, un hombre coreano con poderes. A pesar de su miedo inicial, acepta su ayuda y él la lleva a su casa, donde ella se duerme agotada.

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El bosque olía a musgo y a algo más, algo que no sabía nombrar. Tal vez era magia. O tal vez era solo el olor de mi propio miedo, que se había pegado a mi ropa como una segunda piel.

Llevaba horas caminando. O días. El tiempo se había vuelto una broma pesada, como cuando intentas contar estrellas y todas se ríen de ti. Mis pies, pequeños y descalzos, estaban llenos de rasguños y tierra. Y mis alas... bueno, mis alas colgaban a mis espaldas como dos trapos mojados, inútiles. Había intentado volar, lo juro, pero algo en este bosque las había dejado sin fuerzas, como si el aire mismo pesara más aquí.

—Maldición —murmuré, y el eco de mi voz sonó ridículo. Una niña hada de ocho años maldiciendo en medio de un bosque. Mamá se reiría si me oyera. O me regañaría. Casi siempre hacía las dos cosas.

Pero mamá no estaba. Y papá tampoco. Y yo estaba aquí, perdida, con hambre y con un frío que se colaba hasta los huesos.

Me apoyé contra un árbol enorme, de esos que parecen haber estado ahí desde antes de que el mundo supiera lo que era un mundo. La corteza era áspera y tenía pequeñas protuberancias que se clavaban en mi espalda, pero no me importó. El cansancio pesaba más que cualquier molestia.

Cerré los ojos un momento. Solo un momento.

—¿Hola?

La voz llegó como un trueno suave, y mis ojos se abrieron de golpe. Un hombre estaba ahí, a unos pasos de distancia. Era alto, muy alto, y tenía el cabello oscuro y los ojos rasgados, como los de los dibujos que había visto en los libros de cuentos. Pero no era un dibujo. Era real y me miraba con una expresión que no supe descifrar.

Mi corazón dio un brinco y, sin pensar, me lancé detrás del árbol. Mis manos temblaban. ¿Me había visto? ¿Me había visto? Claro que me había visto, tonta, le estabas viendo directamente. Pero el instinto de esconderme fue más fuerte que la lógica.

—No tengas miedo —dijo la voz, y esta vez sonaba más cerca—. No te haré daño.

Me quedé quieta, pegada al tronco como si pudiera fundirme con él. Podía oír mis propios latidos, tan fuertes que seguro él también los escuchaba. Contuve la respiración.

—Estás perdida, ¿verdad?

No respondí. Pero mi silencio era una respuesta en sí misma.

—Sé que estás ahí —continuó, y ahora su voz tenía un tono paciente, casi tierno—. Te vi cuando te escondiste. Eres muy pequeña para ser tan rápida, pero no tanto como para ser invisible.

Asomé medio ojo por el borde del árbol. Él estaba de pie, con las manos abiertas a los lados, como si quisiera mostrarme que no tenía nada que ocultar. Llevaba una túnica oscura, sencilla, y en su cintura colgaba algo que brillaba débilmente bajo la luz que se colaba entre las hojas. Una piedra. O un amuleto.

—¿Puedes ayudarme? —pregunté, y mi voz salió tan pequeña que apenas fue un susurro.

Él sonrió. Era una sonrisa amable, de esas que no intentan engañarte.

—Claro que puedo. ¿Cómo te llamas?

Salí de detrás del árbol con pasos lentos, arrastrando los pies. Mis alas se enredaron en una rama baja y tuve que detenerme para liberarlas. Cuando lo hice, él las miró con curiosidad, pero no dijo nada. No hizo preguntas. Eso me gustó.

—Me llamo Elizabet —dije, y mi nombre sonó extraño en el aire del bosque, como si perteneciera a otro lugar.

—Elizabet —repitió él, y el nombre sonó distinto en su boca, más suave—. Es un nombre hermoso. Yo me llamo Sebastian.

—¿Sebastian? —intenté pronunciarlo como él, pero la 's' se me escapó hacia la 'b' y salió algo como 'Sebas-tián' con una tilde que no estaba ahí.

Él rio, pero no era una risa burlona. Era cálida, como el olor del pan recién horneado.

—Casi. Pero está bien. Puedes llamarme Seb si te resulta más fácil.

—¿Seb? —lo probé. Sonaba a pedacito de nombre, a algo que podía guardar en el bolsillo—. Está bien.

—Elizabet —dijo, y se arrodilló para quedar a mi altura—, pareces cansada. Y tienes hambre, ¿verdad?

Asentí. El solo hecho de que lo mencionara hizo que mi estómago rugiera como un animal descontento.

—Ven conmigo —dijo Sebastian, extendiendo una mano—. Mi casa está cerca. Allí podrás comer algo y descansar.

Miré su mano. Era grande, con dedos largos y venas marcadas que se dibujaban bajo la piel. Una mano que parecía capaz de sostener el mundo, o al menos un trozo de él.

—¿Y si me haces daño? —pregunté, porque mamá siempre decía que no debía confiar en extraños, y aunque mamá no estuviera aquí, sus palabras seguían vivas dentro de mí.

—No lo haré —respondió él, y su voz era tan firme como el tronco del árbol—. Te lo prometo. Te cuidaré como si fueras mi hija.

—¿Tu hija? —repetí, y la palabra sonó a refugio, a cobijo, a algo que había perdido y que quizás podría encontrar de nuevo.

—Sí. Si quieres.

Tomé su mano. Era cálida, y cuando la cerró alrededor de la mía, sentí que el frío que me acompañaba desde hacía horas comenzaba a disiparse.

—Quiero —dije, y la palabra salió más segura de lo que esperaba.

Sebastian se puso en pie y comenzó a caminar. Yo lo seguí, con mis pies descalzos pisando el suelo blando del bosque. No soltó mi mano en todo el trayecto.

El camino no era largo, pero para mí, que estaba tan cansada, cada paso era una batalla. El bosque se abría a nuestro paso, como si las ramas y las hojas nos reconocieran y nos dejaran pasar. O quizás era solo mi imaginación.

Pronto, entre los árboles, apareció una casa. No era grande ni imponente, sino acogedora, con paredes de piedra cubiertas de musgo y un tejado de madera del que colgaban pequeñas campanillas que sonaban con el viento. Una chimenea humeaba, y el olor a leña quemada se mezclaba con el aroma a tierra mojada.

—Aquí es —dijo Sebastian, abriendo la puerta.

El interior era cálido. Una lámpara de aceite iluminaba la estancia, proyectando sombras bailarinas en las paredes. Había una mesa de madera, unas sillas, un hogar encendido y, al fondo, una cama con mantas gruesas y mullidas.

—Siéntate —indicó Sebastian, señalando una silla—. Te prepararé algo de comer.

Pero yo no me senté. Me quedé de pie, mirando la cama. Las mantas parecían tan suaves... Mis ojos se cerraban solos, y mi cabeza pesaba como si estuviera hecha de plomo.

—¿Elizabet?

La voz de Sebastian llegó desde algún lugar lejano. Quise responder, pero mi boca no se movió. Mis piernas cedieron.

No supe cuándo caí. Solo sentí que el mundo se volvía borroso, y luego, dos brazos fuertes me levantaron del suelo. El calor de su pecho contra mi mejilla. El latido constante de su corazón bajo mi oído.

—Duerme —murmuró Sebastian, y su voz era como una canción de cuna—. Estás a salvo.

Y entonces, todo se desvaneció.

Soñé con un bosque oscuro, con alas que no podían volar y con una mano grande y cálida que me guiaba hacia la luz. Pero cuando desperté, no recordaría el sueño. Solo quedaría una sensación extraña, como de haber encontrado algo que no sabía que había perdido.

Y en esa cama, bajo esas mantas, por primera vez en mucho tiempo, Elizabet no sintió miedo.

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