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Chapter 2

Capítulo 2: El espejo roto

Renata sigue a Emiliano y descubre que su novio la engaña con su mejor amiga, Arantza. La confrontación en un café revela la traición, y Renata debe decidir cómo enfrentar el dolor.

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La noche se había convertido en una prisión de pensamientos para Renata. Las horas pasaban lentas, cada minuto cargado de imágenes que se repetían en su mente: el mensaje de Arantza, la sonrisa nerviosa de Emiliano, el nombre que ahora resonaba como un eco en su corazón. Cuando el amanecer tiñó el cielo de tonos anaranjados, ella ya estaba despierta, observando la respiración tranquila de Emiliano a su lado. Parecía tan inocente en su sueño, como si la traición no hubiera manchado sus manos.

Se levantó sin hacer ruido, eligiendo su ropa con cuidado: unos jeans cómodos, una chaqueta oscura y zapatos silenciosos. En su bolso, guardó su teléfono y una libreta pequeña, como si planeara documentar cada paso de aquella verdad que se negaba a aceptar. Cuando Emiliano se despertó, ella ya estaba en la cocina, preparando café con una sonrisa forzada.

—¿Dormiste bien? —preguntó él, frotándose los ojos.

—Sí, como un tronco —mintió ella, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Emiliano desayunó rápido, revisando su teléfono con disimulo. Renata fingió no notarlo, pero su mirada seguía cada movimiento de sus manos. Cuando él se levantó para ducharse, ella aprovechó para revisar su chaqueta, encontrando un recibo de un café en una dirección que no conocía. Lo guardó en su bolsillo, con el corazón latiendo desbocado.

—Bueno, me voy a la obra —dijo Emiliano, ajustándose la corbata. —¿Segura que no necesitas que te lleve?

—No, tengo mi coche. Nos vemos en la noche —respondió ella, y lo besó en la mejilla, sintiendo el calor de su piel como una mentira más.

Tan pronto como la puerta se cerró, Renata contó hasta diez. Luego, tomó su bolso y salió, siguiendo el coche de Emiliano a una distancia prudente. Las calles de la ciudad se extendían ante ella, familiares pero extrañas, como si cada esquina escondiera un secreto. El tráfico era ligero, y pudo mantenerlo a la vista sin dificultad.

Para su sorpresa, Emiliano no se dirigió a la obra, sino a un barrio residencial de casas antiguas y jardines bien cuidados. Estacionó frente a un edificio de dos pisos, con una fachada de ladrillo visto y ventanas amplias. Renata se detuvo a media cuadra, observando cómo él salía del coche, ajustaba su chaqueta y caminaba hacia la entrada. Llamó al timbre, y en segundos, la puerta se abrió.

Del umbral emergió una figura que Renata reconoció al instante: Arantza. Su mejor amiga. La misma con la que había compartido risas, confidencias y sueños. La misma que ahora sonreía a Emiliano con una familiaridad que heló la sangre de Renata. Llevaba el cabello rubio suelto, una blusa ligera y unos jeans ajustados, y su rostro irradiaba una alegría que solo podía nacer de la intimidad.

Renata sintió que el mundo se detenía. Sus manos temblaban sobre el volante, y una oleada de náuseas la invadió. No, no podía ser. Arantza era su amiga, la persona en quien confiaba sus miedos más profundos. ¿Cómo podía estar abrazando a Emiliano de esa manera, como si fuera suyo?

Vio cómo entraban juntos al edificio, la puerta cerrándose tras ellos. Renata apretó los dientes, luchando contra las lágrimas que amenazaban con derrumbarla. Pero no podía quedarse allí, paralizada. Necesitaba ver, necesitaba saber.

Salió del coche y caminó hacia la entrada, sus pasos firmes a pesar del temblor interior. El edificio tenía un pequeño jardín frontal, con un banco de madera y macetas de flores. Se sentó allí, fingiendo revisar su teléfono, pero sus ojos estaban fijos en la ventana del segundo piso, donde las cortinas se movían ligeramente.

Pasaron veinte minutos, que a Renata le parecieron horas. Finalmente, la puerta se abrió y Emiliano salió, solo, con el cabello ligeramente despeinado y una sonrisa satisfecha en los labios. Subió a su coche y se alejó sin mirar atrás. Renata esperó un momento, luego se levantó y llamó al timbre.

—¿Quién es? —la voz de Arantza sonó alegre, desprevenida.

—Soy yo, Renata —respondió, con una calma que no sentía.

Hubo un silencio largo, demasiado largo. Luego, la puerta se abrió y Arantza apareció, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos.

—Renata... ¿qué haces aquí? —preguntó, forcando una sonrisa.

—Necesito hablar contigo —dijo Renata, y sin esperar invitación, entró.

El interior era acogedor, con muebles modernos y plantas por todas partes. Pero Renata no prestó atención a los detalles. Se volvió hacia Arantza, que cerraba la puerta con manos temblorosas.

—Vi a Emiliano salir de aquí —dijo Renata, directa.

Arantza tragó saliva, su mirada evadiendo la de su amiga. —Vino a verme por un tema de trabajo, nada más.

—¿Trabajo? ¿Desde cuándo trabajas con Emiliano? —preguntó Renata, su voz elevándose.

—Es un proyecto nuevo... él me pidió ayuda con el diseño —balbuceó Arantza.

—Mientes —dijo Renata, y su voz se quebró. —Te vi abrazarlo. Te vi sonreírle como si fuera tuyo. Y anoche, él recibió un mensaje tuyo que decía: "Hoy fue increíble. No puedo dejar de pensar en ti".

El rostro de Arantza perdió todo color. Se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos.

—Lo siento, Renata... lo siento tanto —susurró entre lágrimas.

—¿Por qué? —preguntó Renata, sintiendo cómo el dolor la envolvía como una ola. —Eras mi mejor amiga. Confiaba en ti. Te contaba mis miedos sobre Emiliano, y tú... tú me consolabas mientras te acostabas con él.

—No fue planeado —dijo Arantza, levantando la mirada, sus ojos rojos y suplicantes. —Empezó hace unos meses. Él venía a verme, decía que tú no lo entendías, que se sentía solo. Yo solo quería ayudarlo, y una cosa llevó a la otra...

—¿Ayudarlo? —repitió Renata, con amargura. —¿Ayudarlo a engañarme? ¿Ayudarlo a destruir nuestra relación?

—No sabía cómo detenerlo —dijo Arantza, su voz apenas un susurro. —Me enamoré de él, Renata. Lo sé, está mal, pero no pude evitarlo.

Renata sintió que las fuerzas la abandonaban. Se apoyó en la pared, respirando profundamente para no desmoronarse.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Tres meses —respondió Arantza, sin atreverse a mirarla.

Tres meses. Noventa días de mentiras, de miradas cómplices, de besos robados. Mientras Renata planeaba el futuro con Emiliano, él y su mejor amiga construían un mundo paralelo a sus espaldas.

—¿Por qué? —preguntó Renata, aunque sabía que la respuesta no aliviaría su dolor.

—Porque él me hace sentir viva —dijo Arantza, con una honestidad brutal. —Me mira como si fuera la única persona en el mundo. Y yo sé que está mal, pero no puedo renunciar a eso.

Renata la miró, buscando en su rostro algún rastro de la amiga que había conocido. Pero solo encontró a una desconocida, una mujer que había elegido la pasión sobre la lealtad.

—Quiero que sepas que esto no queda así —dijo Renata, enderezándose. —Voy a confrontar a Emiliano, y cuando lo haga, todo se derrumbará. Tú, yo, él... nada volverá a ser igual.

Arantza se levantó, extendiendo una mano hacia ella. —Renata, por favor, no le digas que te lo conté. Déjame explicarle primero.

—No voy a proteger tu secreto —respondió Renata, con voz fría. —Tú y él tomaron sus decisiones. Ahora vivan con las consecuencias.

Salió del edificio sin mirar atrás, el aire fresco golpeando su rostro. Caminó hasta su coche, las piernas temblorosas, y se sentó al volante. Por un momento, dejó que las lágrimas cayeran libremente, un río de dolor que limpiaba la ilusión de un amor que nunca fue real.

Cuando finalmente se calmó, sacó su teléfono y marcó el número de Emiliano. Este contestó con su voz alegre de siempre.

—Hola, amor. ¿Todo bien?

—Necesito que vengas a casa ahora mismo —dijo ella, con una firmeza que ocultaba el temblor de su alma.

—¿Pasó algo? —preguntó él, la preocupación filtrándose en su tono.

—Sí —respondió ella, y su voz se rompió apenas—. Descubrí tu secreto, Emiliano. El de Arantza.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, denso y pesado. Luego, la voz de él, apenas un susurro:

—Renata, por favor, déjame explicarte.

—Espérame en casa —dijo ella, y colgó.

Mientras encendía el motor, Renata sintió que el mundo se abría bajo sus pies. Pero también sintió algo más: una determinación fría, una claridad que solo el dolor más profundo podía otorgar. Iba a enfrentar a Emiliano, iba a mirarlo a los ojos y a escuchar sus mentiras por última vez. Porque después de hoy, nada volvería a ser igual.

El camino a casa fue un borrón de luces y sombras. Cuando llegó, encontró a Emiliano esperándola en la entrada, con el rostro hundido en una máscara de angustia.

—Renata... —comenzó él, pero ella lo interrumpió.

—No digas nada —dijo ella, pasando a su lado para abrir la puerta. —Adentro. Vamos a hablar, y esta vez, solo la verdad.

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