Chapter 1
Capítulo 1
Renata encuentra un mensaje sospechoso en el teléfono de Emiliano, confirmando sus sospechas de una aventura con Arantza. La tensión crece mientras Emiliano intenta ocultar la verdad, pero Renata decide confrontarlo al final del capítulo.
El sol de la tarde se filtraba por las cortinas de la sala, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Renata estaba sentada en el sofá, con una taza de café entre las manos, observando a Emiliano mientras él revisaba unos planos en la mesa. Había algo en su actitud que le parecía diferente, una energía nerviosa que no encajaba con su habitual seguridad.
—¿Seguro que no quieres que te ayude con algo? —preguntó ella, con una sonrisa que intentaba disimular su inquietud.
Emiliano levantó la mirada, sus ojos penetrantes encontraron los de ella por un instante, pero luego se desviaron hacia la ventana.
—No, amor, ya casi termino. Es solo un proyecto que tengo que entregar mañana —respondió con un tono persuasivo, ese mismo que siempre usaba cuando quería evitar una conversación.
Renata asintió, pero no pudo evitar notar cómo él deslizó el teléfono hacia el borde de la mesa cuando ella se acercó. Era un gesto pequeño, casi imperceptible, pero ella lo había visto. Lo había visto muchas veces en las últimas semanas.
Emiliano era un arquitecto talentoso, conocido por su carisma y su capacidad para encantar a cualquiera. Pero Renata conocía sus debilidades. Sabía que su impulsividad lo llevaba a veces a tomar decisiones sin pensar en las consecuencias, y que su inseguridad lo hacía buscar constantemente la validación de los demás. Ella había sido su roca, su ancla en los momentos difíciles, pero ahora sentía que él se alejaba, como un barco que navegaba hacia aguas desconocidas.
—Emiliano, ¿puedo preguntarte algo? —dijo ella, dejando la taza sobre la mesa.
—Claro, lo que quieras —respondió él, pero su mirada seguía fija en los planos.
—¿Cómo estuvo tu día? ¿Viste a alguien interesante? —preguntó ella, con un tono casual que ocultaba su verdadera intención.
Emiliano frunció el ceño, como si la pregunta lo hubiera sorprendido. —Bueno, estuve en la obra, con los ingenieros. Nada emocionante, la verdad. ¿Por qué preguntas?
—Solo curiosidad —dijo ella, encogiéndose de hombros. Pero sus ojos no se apartaron de él, buscando cualquier señal de mentira.
El teléfono de Emiliano vibró sobre la mesa, y él lo agarró con rapidez, casi como un reflejo. Renata vio cómo sus ojos se movían rápidamente sobre la pantalla, y luego una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Algo importante? —preguntó ella, con un tono que ahora sí dejaba traslucir su preocupación.
—No, solo un mensaje de trabajo —respondió él, guardando el teléfono en el bolsillo de su chaqueta. Pero Renata sabía que mentía. Había visto el nombre en la pantalla: "Arantza". Un nombre que nunca había escuchado antes.
El silencio se instaló entre ellos, denso y pesado. Renata recordó las últimas semanas, los cambios sutiles en el comportamiento de Emiliano: las llegadas tarde, las miradas evasivas, los mensajes que borraba rápidamente. Todo encajaba como piezas de un rompecabezas que no quería armar.
—Emiliano, necesito que seas honesto conmigo —dijo ella, con voz firme pero temblorosa.
Él levantó la mirada, y por un momento, Renata vio en sus ojos un destello de miedo. Pero luego él sonrió, esa sonrisa encantadora que siempre lo salvaba de todo.
—Siempre soy honesto contigo, amor. ¿Qué te preocupa?
—Quién es Arantza —preguntó ella, directa, sin rodeos.
El rostro de Emiliano palideció ligeramente, pero se recuperó rápido. —Una clienta. Es la hija de uno de los inversionistas del proyecto. ¿Por qué?
—Vi su nombre en tu teléfono. Y la forma en que sonreíste cuando viste el mensaje... no era la sonrisa de un arquitecto hablando de un proyecto —dijo ella, con un tono que mezclaba dolor y furia contenida.
Emiliano se levantó de la silla, caminando hacia ella con las manos extendidas. —Renata, por favor, no te hagas ideas. Es solo una niña, una estudiante que está ayudando en el diseño. Nada más.
—Una niña... —repitió ella, con amargura. —¿Qué edad tiene, Emiliano?
—Diecinueve, pero no es relevante. Ella solo me admira como profesional, y yo la ayudo con algunos consejos. No hay nada más —dijo él, pero su voz sonaba forzada, como si estuviera leyendo un guion.
Renata lo miró fijamente, buscando en sus ojos la verdad que él se negaba a dar. Pero lo único que encontró fue la misma inseguridad que siempre lo había acompañado, esa necesidad de ser deseado que lo llevaba a buscar atención fuera de su relación.
—Confío en ti, Emiliano, pero mis ojos también ven —dijo ella, repitiendo su frase característica, pero esta vez con un matiz de advertencia.
Él se acercó a ella, tomándola de las manos. —No es tan complicado como parece, amor. Te juro que no hay nada de qué preocuparse.
Pero Renata sintió un nudo en el estómago. Algo en su instinto le decía que no debía creerle. Que había más en esa historia de lo que Emiliano estaba dispuesto a contar.
—Está bien —dijo ella, apartándose lentamente. —Voy a preparar la cena. ¿Quieres algo en especial?
—Lo que tú quieras, siempre sabes lo que me gusta —respondió él, con esa sonrisa que solía derretirla, pero que hoy le parecía hueca.
Mientras Renata se dirigía a la cocina, su mente trabajaba a toda velocidad. Recordó los mensajes que había visto sin querer, las llamadas que él atendía en el balcón, las excusas cada vez más elaboradas. Todo apuntaba a una dirección que ella no quería aceptar.
De repente, escuchó el sonido de un mensaje llegando al teléfono de Emiliano, que había dejado sobre la mesa. Él estaba en el baño, y ella se acercó, la curiosidad más fuerte que su sentido de la privacidad. La pantalla se iluminó, y allí estaba otra vez: "Arantza". El mensaje decía: "Hoy fue increíble. No puedo dejar de pensar en ti. ¿Nos vemos mañana?".
Renata sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su corazón latía con fuerza, y las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos. Pero se contuvo. Tomó el teléfono, leyó el mensaje completo, y luego, con manos temblorosas, lo dejó en su lugar.
Cuando Emiliano salió del baño, ella ya estaba en la cocina, fingiendo que cortaba verduras. Pero su mente estaba en otro lugar, armando el rompecabezas que había estado evadiendo.
—Emiliano —dijo ella, sin mirarlo—, mañana tengo que trabajar hasta tarde. ¿Tú qué planes tienes?
—Nada importante —respondió él, con demasiada rapidez. —Estaré en casa, terminando unos dibujos.
—Perfecto —dijo ella, con una calma que no sentía. —Entonces nos vemos en la noche.
Pero en su interior, Renata ya estaba trazando un plan. Mañana seguiría a Emiliano, para descubrir la verdad que él se empeñaba en ocultar. Porque aunque amaba a ese hombre impulsivo e inseguro, no podía permitir que su confianza fuera pisoteada una vez más.
El resto de la noche transcurrió en un silencio tenso, roto solo por el ruido de los cubiertos contra los platos. Emiliano intentó hacer conversación, pero Renata respondía con monosílabos, perdida en sus pensamientos.
Cuando finalmente se acostaron, Emiliano se durmió casi de inmediato, su respiración profunda y regular. Pero Renata permaneció despierta, mirando el techo, con una certeza creciente en su pecho: mañana todo cambiaría.
Y mientras la luna se filtraba por la ventana, ella susurró para sí misma: "Arantza... mañana sabré quién eres realmente".