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Chapter 3

Capítulo 3: La cita en la oscuridad

Valeria decide ir a la cita nocturna con la maestra Clara, pero descubre que la directora también está involucrada en el secreto de la escuela. Una conversación en la oscuridad revela más sobre la sensibilidad de Valeria y los peligros que la rodean.

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La noche cayó sobre el pueblo como una cobija pesada. Valeria esperó hasta que su madre apagó la luz del cuarto y los ronquidos suaves desde la habitación de al lado le confirmaron que todos dormían.

Se levantó sin hacer ruido. Los pies descalzos sobre el piso frío. La mochila ya estaba lista, con una linterna y el papel doblado de la maestra Clara.

Las calles estaban vacías. Un perro ladró a lo lejos. La luna se escondía detrás de nubes grises que prometían lluvia. Valeria caminó rápido, pegada a las paredes, evitando los postes de luz.

La escuela apareció entre las sombras como un animal dormido. La puerta trasera estaba entreabierta, tal como había dicho la nota. Una rendija de luz amarilla salía del interior.

Valeria empujó la puerta. Las bisagras no chillaron; alguien las había engrasado.

—¿Maestra Clara? —susurró.

—Aquí.

La voz venía del fondo del pasillo. Valeria avanzó. La linterna en su mano temblaba. Al llegar al final, encontró a la maestra Clara sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y una vela encendida frente a ella.

—Gracias por venir —dijo la maestra, levantando la mirada—. Siéntate.

Valeria obedeció. El piso estaba frío. La vela proyectaba sombras que bailaban en las paredes.

—Te dije que no podía hablar aquí —continuó la maestra—. Pero esta noche es diferente. La directora no está. Se fue a una reunión en la ciudad. Tenemos un par de horas.

—¿Por qué no quiere que sepa que usted me dijo la verdad?

—Porque no es solo ella. Hay otros. Gente que financia la escuela. Gente que viene de vez en cuando a revisar los archivos.

—¿Los archivos del sótano?

—Sí. —La maestra Clara tomó un respiro profundo—. Esos archivos contienen el historial de cada niño que ha mostrado sensibilidad desde 1978. Tus datos ya están ahí.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Mis datos? ¿Pero yo nunca...?

—No hace falta que hagas nada. La sensibilidad se manifiesta sola. Las luces que parpadean, los objetos que se caen sin razón, los sueños que se vuelven realidad. Todo eso son señales.

—Yo he tenido sueños raros —confesó Valeria en voz baja—. Pero creía que eran solo pesadillas.

—¿Qué soñabas?

—Que la escuela respiraba. Que las paredes estaban vivas. Que alguien me llamaba desde el sótano.

La maestra Clara cerró los ojos.

—Eso es más fuerte de lo que pensaba.

—¿Qué significa?

—Significa que no solo tienes sensibilidad. Tienes conexión. La escuela te reconoce.

—¿Reconocerme? ¿Como si fuera una persona?

—No exactamente. —La maestra abrió los ojos y la miró fijo—. La escuela fue construida sobre un lugar sagrado para los antiguos habitantes de esta tierra. Un lugar donde el velo entre el mundo visible y el invisible es delgado. Los niños sensibles pueden atravesarlo. Pero los niños conectados pueden... traer cosas de ese otro lado.

—¿Traer cosas? ¿Qué cosas?

—No lo sabemos. Nunca hemos llegado tan lejos. Cada vez que alguien se acerca, algo sale mal. Los niños se enferman. O desaparecen.

—¿Desaparecen? —La voz de Valeria se quebró.

—Sí. En los años ochenta, tres niños desaparecieron de esta escuela. Nunca los encontraron. Los archivos dicen que tenían alta sensibilidad. La directora de entonces cerró el caso y enterró los registros.

—¿Y usted cree que a mí me puede pasar lo mismo?

—No lo sé. Pero no quiero arriesgarme. Por eso te llamé. Para decirte que tengas cuidado. Que no investigues más. Que finjas que no sabes nada.

—Pero no puedo. —Valeria apretó los puños—. Ahora que sé, no puedo hacerme la inocente.

—Tienes que hacerlo. Por tu seguridad.

—¿Y si no quiero?

La maestra Clara la miró largamente. Luego suspiró.

—Entonces tendré que enseñarte a protegerte.

—¿Protegerme? ¿De qué?

—De lo que hay al otro lado. Y de los que quieren usarte para llegar hasta allí.

Un ruido interrumpió la conversación. Pasos en el pasillo. Lentos. Pesados.

La maestra Clara apagó la vela de un soplido. La oscuridad se volvió absoluta.

—Tú no te muevas —susurró.

Valeria contuvo el aliento. Los pasos se acercaban. Una luz de linterna barrió el pasillo. Alguien se detuvo frente a la puerta.

—Sabía que encontraría a alguien aquí —dijo una voz conocida. Era la directora.

La maestra Clara encendió un fósforo. La llama iluminó su rostro.

—Directora, pensé que estaba en la ciudad.

—Cambié de planes. —La directora entró al cuarto. Su mirada encontró a Valeria—. Y veo que usted también cambió los suyos, Clara.

—Valeria solo vino a buscar un libro que olvidó.

—No mienta. —La directora se acercó. Su sombra cubrió a las dos—. Huele a miedo aquí. Y ese miedo viene de ella.

Valeria sintió que las piernas le temblaban. Pero no podía huir.

—Dígame, señorita Valeria —dijo la directora, inclinándose—. ¿Qué sabe usted de los secretos de esta escuela?

—Nada —respondió Valeria, pero su voz sonó débil.

—No mienta. Yo sé cuándo alguien ha visto los archivos. Y usted los vio.

La maestra Clara se levantó.

—Fui yo quien le mostró los archivos. Ella tiene derecho a saber.

—¿Derecho? —La directora rió sin humor—. El único derecho que tiene es a mantenerse viva. Y si usted sigue metiéndose donde no debe, ese derecho podría perderse.

—Eso es una amenaza —dijo la maestra.

—Es un hecho. —La directora se volvió hacia Valeria—. Usted tiene dos opciones: olvida todo lo que vio y sigue con su vida, o se convierte en parte de los archivos. Literalmente.

Valeria sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Yo... yo solo quiero entender.

—No hay nada que entender. Esto es más grande que usted. Más grande que todas nosotras. Y si no tiene cuidado, la va a devorar.

La directora dio media vuelta y salió del cuarto. Sus pasos se alejaron por el pasillo.

La maestra Clara encendió la vela de nuevo. Su mano temblaba.

—Debemos irnos —dijo—. Rápido.

Salieron por la puerta trasera. La noche seguía oscura. La lluvia comenzó a caer, fina y fría.

—¿Qué voy a hacer? —preguntó Valeria.

—Por ahora, ir a casa y dormir. Mañana hablaremos.

—¿Y si la directora...?

—No va a hacer nada. No delante de los demás. Pero ten cuidado. No estés sola en la escuela. No bajes al sótano. Y si ves el círculo de tiza otra vez, aléjate.

Valeria asintió. Pero mientras caminaba de regreso a casa, sintió que algo la seguía. No pasos. No sombras. Solo una presencia. Como un aliento en la nuca.

Se giró. No había nadie.

Pero cuando miró hacia la escuela, vio una luz encendida en la ventana del tercer piso. La ventana del salón de música. Y detrás del vidrio, una silueta.

Alguien la observaba.

Valeria apretó el paso. La lluvia mojaba su cabello. El papel de la maestra Clara se había arrugado en su bolsillo.

Llegó a su casa. Entró en silencio. Se metió en la cama con la ropa mojada.

Pero no pudo dormir.

Porque en la oscuridad de su cuarto, escuchó un susurro. Suave. Lejano.

—Valeria...

La llamaban. Y no era la maestra Clara.

Era la escuela.

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