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Chapter 2

Capítulo 2 — La puerta que no debería existir

Valeria no puede dejar de pensar en el círculo de tiza y en las palabras de la maestra Clara. Al día siguiente, descubre una puerta en el sótano que no aparece en los planos de la escuela. Al abrirla, encuentra un pasillo que conduce a una habitación llena de archivos antiguos, donde las maestras guardan registros de algo que parece un experimento. La maestra Clara la descubre y le hace una advertencia que cambia todo.

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La noche cayó sobre el pueblo como una cobija pesada. Valeria no podía dejar de dar vueltas en la cama. Las palabras de la maestra Clara resonaban en su cabeza: "Un mensaje. Y una promesa." ¿Qué clase de mensaje se escribe en el piso con tiza? ¿Y qué promesa podía estar sellada en un salón vacío?

Se levantó antes del amanecer. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía gris. En la cocina, su madre preparaba café.

—¿Otra vez desvelada? —preguntó sin mirarla.

—No pude dormir.

—Cosas de la escuela.

No era una pregunta. Su madre siempre decía eso cuando no quería ahondar. Valeria tomó un vaso de leche y salió antes de que sonara el despertador.

Las calles estaban mojadas. El aire olía a tierra y a jazmines. La escuela apareció entre la niebla matutina como un barco encallado. Las ventanas aún estaban oscuras, pero la puerta principal estaba abierta. La señora Mejía no estaba en su escritorio. Tampoco había nadie en los pasillos.

Valeria subió las escaleras. El salón de música estaba cerrado, como el día anterior. Pero algo la jaló hacia el otro extremo del pasillo, donde una puerta pequeña, casi invisible, estaba entreabierta. Era la puerta del sótano. Siempre había estado cerrada con candado. Pero hoy, el candado colgaba abierto.

Miró a ambos lados. Nadie. Empujó la puerta con cuidado. Las bisagras chillaron. Unas escaleras de cemento bajaban hacia la penumbra. El olor era a humedad y a papel viejo.

—¿Hola? —susurró.

Silencio.

Bajó un escalón. Luego otro. La luz del pasillo se fue quedando atrás. Al fondo, una bombilla solitaria iluminaba un pasillo angosto. Había puertas a los lados, todas cerradas, menos una. De esa puerta salía un resplandor amarillento.

Valeria se acercó. La puerta estaba entreabierta. Alcanzó a ver estantes llenos de cajas y carpetas. En el centro, una mesa con una lámpara encendida. Sobre la mesa, papeles y un cuaderno abierto.

Empujó la puerta. Entró.

El cuarto era pequeño. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles hasta el techo. Había cajas etiquetadas con números y fechas. Algunas carpetas tenían nombres escritos a mano: "Registro 1978", "Evaluaciones 1985", "Observaciones 1993".

Valeria abrió una carpeta al azar. Dentro había fichas con fotos de niños. Debajo de cada foto, una lista de números y símbolos que no entendió. Pero reconoció uno de los símbolos: era el mismo que había visto en el círculo de tiza.

Su corazón empezó a latir rápido.

—¿Qué es esto? —murmuró.

—No deberías estar aquí.

La voz era suave, pero firme. Valeria se giró. La maestra Clara estaba en la puerta, con los brazos cruzados. Su cara no mostraba enojo, sino algo más parecido a la preocupación.

—Yo... solo bajé a buscar... —tartamudeó Valeria.

—No mientas. —La maestra entró y cerró la puerta tras de sí—. Sabes perfectamente lo que buscas.

Valeria apretó la carpeta contra su pecho.

—¿Qué son estos archivos? ¿Por qué hay fotos de niños con símbolos raros?

La maestra Clara suspiró. Se sentó en una silla junto a la mesa y se frotó los ojos.

—Son registros —dijo al fin—. Llevamos años llevando un registro de ciertos alumnos.

—¿Para qué?

—Para entender algo que no podemos explicar.

Valeria sintió que el suelo se movía.

—¿Entender qué?

La maestra la miró fijo. Sus ojos color miel parecían cansados.

—Hay niños que nacen con una especie de... sensibilidad. Ven cosas que otros no ven. Sienten cosas que otros no sienten. La escuela fue construida sobre un lugar especial. Un lugar donde esas sensibilidades se intensifican.

—¿Como un poder?

—No sé si llamarlo así. Es más como una ventana. Algunos niños pueden abrirla. Otros solo pueden mirar a través de ella. Pero todos los que entran aquí cambian.

Valeria recordó el círculo de tiza.

—¿El círculo era parte de eso?

—Sí. Es un símbolo de contención. Lo usamos cuando alguien con mucha sensibilidad está cerca. Ayuda a mantener el equilibrio.

—¿Y quién lo dibujó?

La maestra Clara dudó.

—Yo.

Valeria abrió los ojos.

—¿Usted?

—Sí. Porque hace dos días, alguien con una sensibilidad muy fuerte estuvo en ese salón. Y esa persona eras tú.

El aire se volvió denso. Valeria sintió que le faltaba el oxígeno.

—¿Yo? Pero yo no hice nada.

—No hiciste nada conscientemente. Pero cuando pasaste junto a la puerta, las luces parpadearon. Cuando entraste, el piso tembló. Y cuando te fuiste, el círculo apareció solo.

—Eso no es posible.

—Lo sé. Pero pasó.

Valeria negó con la cabeza. Quería salir corriendo, pero sus piernas no respondían.

—¿Qué soy? —preguntó en un susurro.

—No lo sé todavía. Pero necesito que confíes en mí. Hay personas que no quieren que esto se sepa. Personas que harían cualquier cosa por callar a alguien como tú.

—¿Quiénes?

—No puedo decírtelo. No aquí. No ahora.

La maestra se levantó y tomó la carpeta de las manos de Valeria.

—Vete. Sube a tu salón. Actúa como si nada hubiera pasado. Y no le digas nada a nadie, ni siquiera a Mateo.

—Pero...

—Por favor, Valeria. —Su voz se quebró—. Hazlo por tu bien.

Valeria asintió sin convencimiento. Salió del cuarto y subió las escaleras. Cuando llegó al pasillo, la luz del día entraba por las ventanas. Todo parecía normal. Pero nada lo era.

En el salón, Mateo la esperaba.

—Llegas tarde —dijo—. ¿Qué pasó?

—Nada —respondió Valeria, y se sentó en su lugar.

Pero no podía concentrarse. Las palabras de la maestra Clara daban vueltas en su cabeza. "Hay personas que harían cualquier cosa por callar a alguien como tú."

Cuando sonó la campana del recreo, Valeria se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí se veía el patio, los árboles, la cerca. Y más allá, el pueblo. Todo parecía tranquilo. Pero ella sabía que la calma era solo una máscara.

Algo se movió en el reflejo del vidrio. Valeria se giró. La directora estaba en la puerta del salón, mirándola fijo. No sonreía. No decía nada. Solo la observaba.

—¿Necesita algo, directora? —preguntó Valeria.

La directora negó lentamente con la cabeza. Luego dio media vuelta y se fue.

Pero Valeria notó algo: en la mano derecha, la directora llevaba un cuaderno. El mismo cuaderno que había visto en el sótano, sobre la mesa de la maestra Clara.

Su estómago se encogió.

Algo no encajaba. Algo olía mal.

Y cuando el timbre marcó el fin del recreo, Valeria supo que ya no podía confiar en nadie. Ni siquiera en la maestra Clara.

Esa tarde, al salir de la escuela, encontró un papel doblado dentro de su mochila. Lo abrió. Tenía una sola línea escrita a mano:

"Esta noche, a las diez, en la puerta trasera. Ven sola. —Clara"

Valeria miró a su alrededor. El sol se ponía. Los últimos alumnos se iban. La escuela se quedaba vacía.

Guardó el papel. Algo le decía que esa noche todo cambiaría. Pero no sabía si para bien o para mal.

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