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Chapter 2

El encuentro en el bosque

Han pasado varios años desde la primera aparición del Demonio. Rhoyer, ahora una joven de veinte años, ha madurado y sigue escribiendo en su diario, pero sus sueños se han vuelto más intensos. Un día, mientras camina por el bosque prohibido, se encuentra cara a cara con el Demonio, quien le revela que la ha estado observando desde siempre. Rhoyer siente una conexión inexplicable, pero también miedo. La conversación es breve, pero deja a Rhoyer con más preguntas que respuestas, y una certeza: su amor verdadero podría ser aquel ser oscuro.

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Cinco años habían pasado desde aquella primera noche de sueños extraños. Rhoyer Oftemon ya no era la muchacha asustada que despertaba sobresaltada; ahora era una joven de veinte años, con la mirada más profunda y el cabello oscuro aún más rebelde. Sus días transcurrían entre la herrería de Aldric, la tienda de hierbas de Bilshian y el cuaderno que siempre llevaba consigo, donde había llenado páginas enteras con descripciones de sus visiones.

Los sueños no habían cesado. Al contrario, se habían vuelto más nítidos, más reales. La figura del hombre de ojos de brasa aparecía casi cada noche, a veces en fragmentos, a veces en escenas completas: un castillo en ruinas, un jardín de rosas negras, una luna roja que lo iluminaba todo. Y siempre su voz, grave y resonante, llamándola por su nombre.

—Rhoyer...

Esa mañana, como tantas otras, se despertó con el nombre en los labios. Se sentó en la cama, pasándose una mano por el rostro. La marca en su brazo, aquel símbolo que había aparecido la primera noche, seguía allí, tenue pero presente, como un tatuaje que no se borraba con el tiempo.

—¿Otra vez? —preguntó Bilshian desde la puerta, con una taza humeante en las manos.

—Sí —respondió Rhoyer, aceptando el té—. Cada vez es más intenso.

—Debes tener cuidado, hija. Los sueños pueden ser ventanas, pero también trampas.

Rhoyer la miró, buscando en sus ojos alguna pista, alguna respuesta. Pero Bilshian, como siempre, guardaba sus secretos con firmeza.

—Mamá, ¿tú sabes quién es él? ¿El hombre de mis sueños?

La mujer mayor apartó la mirada un instante, y luego suspiró.

—Hay cosas que no puedo contarte, Rhoyer. No porque no quiera, sino porque hay verdades que deben descubrirse por sí mismas. Si te dijera todo, no entenderías nada.

—¿Y si me pasa algo?

—No te pasará nada mientras yo viva —dijo Bilshian con una firmeza que cortaba el aire—. Pero prométeme una cosa: si alguna vez te encuentras con él en persona, no huyas. Y no confíes del todo.

Rhoyer asintió, aunque no entendía del todo aquellas palabras.

Ese día, en la herrería, el trabajo era pesado. Aldric le había encargado reparar una serie de azadas para los campesinos, y el martilleo rítmico la mantenía ocupada. Pero su mente vagaba, recordando cada detalle del sueño de la noche anterior: el jardín de rosas negras, el hombre de pie frente a ella, su mano extendida.

—¿Rhoyer? —la voz de Aldric la sacó de su ensueño—. ¿Estás bien? Llevas un buen rato mirando el fuego sin moverte.

—Sí, maestro. Solo pensaba.

—Demasiado piensas, muchacha. El trabajo se hace con las manos, no con la cabeza.

Rhoyer sonrió y volvió a sus labores, pero no pudo evitar sentir que algo estaba a punto de cambiar.

Al caer la tarde, pidió permiso para dar un paseo. Bilshian había prohibido adentrarse en el bosque desde que comenzaron los sueños, pero esa tarde, una fuerza irresistible la empujaba hacia allí. Caminó por el sendero de tierra, esquivando las ramas bajas, hasta llegar al claro donde había visto la figura aquella primera vez.

El lugar estaba tranquilo. Los pájaros cantaban, y el viento mecía las hojas de los árboles. Rhoyer se sentó en una piedra y cerró los ojos, tratando de calmar su corazón.

—Sabía que vendrías —dijo una voz grave y profunda.

Rhoyer abrió los ojos de golpe. Frente a ella, a pocos pasos, estaba él. El hombre de sus sueños. Alto, esbelto, con el cabello negro como la noche y los ojos que ahora brillaban con un tono cobrizo. Vestía una capa oscura que parecía hecha de sombras, y su presencia llenaba el claro de una energía densa y antigua.

—¿Quién eres? —preguntó Rhoyer, poniéndose de pie, con el corazón latiendo tan fuerte que creía que iba a romperse.

—Me has llamado muchas veces, incluso sin saberlo —respondió él, dando un paso adelante—. Y yo he estado aquí, observándote, esperando el momento adecuado.

—¿Eres real? ¿O esto es otro sueño?

—Soy tan real como el dolor que sientes cuando te cortas con el hierro, como el miedo que te recorre ahora mismo. Pero también soy más que eso. Soy lo que fui, lo que soy y lo que seré.

—No entiendo —dijo Rhoyer, dando un paso atrás.

—No espero que entiendas todavía. Pero pronto lo harás. Tu destino está entrelazado con el mío desde antes de que nacieras, Rhoyer Oftemon.

Ella sintió un escalofrío al oír su nombre completo en aquellos labios.

—¿Por qué apareces en mis sueños?

—Porque te busco. Porque necesito que despiertes a lo que realmente eres. Tu madre adoptiva te ha protegido, pero esa protección se está desvaneciendo. El velo entre los mundos se está rasgando, y pronto, el peligro te alcanzará.

—¿Qué peligro? ¿De qué hablas?

El Demonio la miró largamente, y por un instante, Rhoyer vio algo parecido a la tristeza en sus ojos.

—Hay quienes desean tu poder, Rhoyer. Tu verdadera herencia. Y no se detendrán ante nada para obtenerla. Yo he jurado protegerte, pero para eso, debes confiar en mí.

—¿Y por qué debería confiar en un demonio que aparece en mis sueños y que asusta a mi madre?

—Porque soy el único que puede decirte la verdad. Y porque, a pesar de todo, sientes que me conoces. ¿No es así?

Rhoyer bajó la mirada. Era cierto. Desde la primera noche, había sentido una conexión inexplicable con aquella figura. Como si una parte de ella lo reconociera, aunque nunca lo hubiera visto despierta.

—No sé quién eres —murmuró—. Pero sé que no te temo. Al menos, no del todo.

—Eso es suficiente por ahora —dijo él, y por primera vez, esbozó una sonrisa, leve y enigmática—. Nos volveremos a ver, Rhoyer. Cuando estés lista.

Y antes de que ella pudiera responder, el Demonio dio un paso atrás y se desvaneció entre las sombras de los árboles, como si nunca hubiera estado allí.

Rhoyer se quedó inmóvil, con el pecho oprimido por mil emociones. Se llevó una mano al corazón, sintiendo los latidos acelerados. Y supo, con una certeza que la asustaba, que aquel encuentro era solo el principio.

Esa noche, no pudo dormir. Se sentó en su habitación, con el cuaderno abierto, y escribió cada palabra que había intercambiado con él. Pero las letras se mezclaban en su mente, formando imágenes de un futuro incierto.

—¿Mi verdadero amor? —murmuró para sí misma, recordando los sueños donde lo veía acercarse a ella, tomarla de la mano, mirarla con aquellos ojos de brasa—. No puede ser. Es un demonio... o algo peor.

Pero en lo más profundo de su ser, una vocecilla le susurraba que sí, que aquella conexión era real, que su corazón había reconocido en él algo que su razón aún no comprendía.

Bilshian la encontró así al amanecer, con los ojos abiertos y el cuaderno en las manos.

—¿No dormiste?

—No pude.

—¿Lo viste?

Rhoyer asintió.

—Háblame de él —pidió Bilshian, sentándose a su lado.

—Es... extraño. Me dijo que me ha estado observando, que mi destino está ligado al suyo. Y que hay un peligro que se acerca.

Bilshian guardó silencio largo rato. Luego, tomó las manos de Rhoyer entre las suyas.

—Él tiene razón en una cosa: el peligro es real. Pero también es cierto que él no es un demonio en el sentido que tú crees. Es algo más antiguo, más complejo. Y su vínculo contigo... es más profundo de lo que imaginas.

—¿Tú lo conoces?

—Lo conocí, hace mucho tiempo. Antes de que tú nacieras. Y sí, hubo un tiempo en que confié en él. Pero las cosas cambian, Rhoyer. Y los seres como él no siempre son lo que parecen.

—Pero yo siento... —Rhoyer dudó—. Siento que debería confiar en él. Que, de algún modo, lo conozco desde siempre.

Bilshian la miró con una mezcla de tristeza y resignación.

—El corazón a veces sabe más que la mente. Pero también puede engañarnos. Prométeme que serás cautelosa.

—Te lo prometo, mamá.

Esa tarde, Rhoyer volvió al bosque. No lo encontró, pero sintió su presencia, como un calor invisible que la envolvía. Y supo que, aunque el miedo la acompañaba, también lo hacía una esperanza nueva, un deseo de descubrir la verdad.

El amor verdadero, pensó, no siempre llega de la manera que uno espera. A veces, viene envuelto en sombras, con ojos de brasa y palabras de acertijo. Y tal vez, solo tal vez, aquel demonio fuera su destino.

Pero el camino aún era largo, y las respuestas, como las rosas negras de sus sueños, crecían entre espinas.

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