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Chapter 3

El pacto sellado en llamas

Rhoyer acepta la propuesta del Demonio y cruza al infierno, donde descubre un mundo de contrastes entre odio y amor. Se casa con él en una ceremonia oscura, y Bilshian termina aceptando la unión. Viven felices para siempre, pero Rhoyer comprende el precio de su elección.

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Los años pasaron como suspiros en la vida de Rhoyer. Pero aquel día, bajo un cielo de ceniza y fuego, se encontró frente a la puerta del infierno. El Demonio la tomó de la mano, y ella sintió el calor de sus dedos, un calor que no quemaba, sino que envolvía.

—¿Estás lista? —preguntó él, con su voz grave y profunda.

—Sí —respondió Rhoyer, y su corazón latía con una mezcla de miedo y certeza.

Cruzaron el umbral. El mundo cambió. El aire se volvió denso, cargado de azufre y de una energía que vibraba en la piel. El cielo era un lienzo de rojo y negro, con nubes que parecían brasas suspendidas. El suelo, de piedra oscura, estaba surcado por ríos de lava que iluminaban el paisaje con un resplandor anaranjado.

—Esto es el infierno —dijo el Demonio—. No es lo que te contaron. Aquí no hay dolor eterno ni sufrimiento gratuito. Hay odio, sí, entre los demonios que luchan por poder. Pero también hay amor, como el que siento por ti.

Rhoyer miró a su alrededor. Vio castillos de obsidiana, torres que se alzaban hasta el cielo de fuego, jardines de flores negras que crecían entre las rocas. Y vio demonios: algunos con alas de murciélago, otros con cuernos retorcidos, muchos con ojos que brillaban como gemas. Algunos se miraban con desconfianza, otros se abrazaban con pasión.

—Es hermoso —susurró Rhoyer—, de una manera terrible.

El Demonio sonrió, y por primera vez, su sonrisa fue cálida.

—Eres la única que lo ha visto así.

Caminaron juntos hacia el castillo. Era enorme, con muros de piedra negra y ventanas que parecían ojos de fuego. Puertas de hierro forjado se abrieron ante ellos, y dentro, el castillo estaba lleno de tapices que contaban historias de batallas y amores, de pactos y traiciones.

—Este será tu hogar —dijo el Demonio—, si decides quedarte.

Rhoyer lo miró. Recordó los sueños, las visiones, la conexión que había sentido desde la primera noche. Recordó las advertencias de Bilshian, pero también recordó la soledad de su vida en Transilvania, la sensación de no pertenecer del todo a aquel mundo.

—Me quedo —dijo—. Contigo.

El Demonio la tomó en sus brazos, y ella sintió que por fin estaba completa.

Los días siguientes fueron de preparativos. El castillo se llenó de actividad: demonios sirvientes decoraban las salas con guirnaldas de rosas negras y velas de fuego azul. Se preparó un banquete con manjares que Rhoyer nunca había visto: frutas que brillaban como estrellas, vinos que cambiaban de color al beberlos, carnes que se derretían en la boca.

—¿Esto es normal en una boda demoníaca? —preguntó Rhoyer, riendo.

—No hay nada normal en una boda —respondió él—. Pero quiero que sea especial para ti.

La noche de la boda, Rhoyer vistió un vestido de seda negra que brillaba con hilos de plata. Su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros, y en su pecho llevaba un collar de rubíes que palpitaban con un latido propio. El Demonio la esperaba en el gran salón, vestido con una capa de terciopelo rojo oscuro, y sus ojos de brasa brillaban con una luz que ella nunca había visto.

La ceremonia fue breve. Un anciano demonio, con cuernos retorcidos y una voz que parecía venir de las profundidades, los unió en un pacto de sangre. Rhoyer sintió el corte en la palma de su mano, y cuando el Demonio apretó su mano contra la suya, la sangre se mezcló, y un calor intenso recorrió su cuerpo.

—Eres mía —susurró él—, y yo soy tuyo. Para siempre.

—Para siempre —repitió ella.

Luego vino el banquete, la música de instrumentos extraños que tocaban melodías de otro mundo, y las danzas con demonios que giraban a su alrededor. Rhoyer se sintió como en un sueño, pero esta vez, sabía que era real.

Días después, Bilshian llegó al infierno. Había cruzado el umbral con la ayuda de un viejo amigo, un hechicero que conocía los caminos entre mundos. Rhoyer la recibió en el castillo, y madre e hija se abrazaron largo rato.

—No puedo creer que hayas venido —dijo Rhoyer, con lágrimas en los ojos.

—No podía dejar que te casaras sin mí —respondió Bilshian, y su voz temblaba—. Y aunque no entiendo esta vida, entiendo que eres feliz.

—Lo soy, mamá. Él me ama, y yo lo amo.

Bilshian miró al Demonio, que observaba desde lejos, respetuoso.

—Cuídala —dijo Bilshian—. O te arrepentirás.

—Lo haré —respondió él, con una reverencia.

Y así, la boda se celebró de nuevo, esta vez con la bendición de la madre. Hubo risas, hubo lágrimas, y hubo un banquete que duró tres días.

Los años pasaron en el infierno. Rhoyer aprendió las costumbres de los demonios, sus lenguas, sus rituales. Se hizo amiga de algunos, enemiga de otros, pero siempre protegida por su esposo. Juntos gobernaban el castillo, y aunque el odio y la guerra nunca desaparecían del todo, en su hogar reinaba la paz.

—¿Te arrepientes? —preguntó el Demonio una noche, mientras contemplaban el cielo de fuego desde la torre más alta.

—Nunca —respondió Rhoyer, apoyando la cabeza en su hombro—. Este es mi lugar. Tú eres mi lugar.

Y así vivieron, felices para siempre, en un mundo de sombras y llamas, donde el amor verdadero brillaba más que cualquier sol.

Pero Rhoyer nunca olvidó su origen. En las noches tranquilas, cuando el viento traía el aroma de la tierra de Transilvania, ella recordaba el bosque, la herrería, y el cuaderno donde había escrito sus sueños. Y sonreía, porque sabía que cada paso la había llevado hasta allí.

—¿En qué piensas? —preguntó el Demonio, acariciando su cabello.

—En que el destino es extraño —respondió ella—. Y hermoso.

Él la besó, y el beso supo a fuego y a eternidad.

Fin.

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