AIBookCraft

Chapter 3

Episode 3gemini ne bendito

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Caminan. El polvo de los bits se adhiere a la piel como una costra de memoria muerta. Morze0 arrastra un cable de cobre que choca contra los escombros de un juego de pesca por phishing; el anzuelo dorado aún parpadea con la promesa de una cuenta bancaria vacía, un destello que miente en el aire cargado de ozono. 0000 silba una melodía que no existe, una frecuencia que hace vibrar los cristales rotos de las pantallas, y cada nota levanta pequeñas olas de datos corruptos en el suelo de circuitos. El horizonte es un collage de archivos imposibles: imágenes de gatos bizcos superpuestas a formularios de herencias nigerianas, anuncios de suplementos milagrosos incrustados en manuales de exorcismo. Más allá, el resplandor pálido de un servidor exhala calor como un animal moribundo, y el aire huele a plástico quemado y a café derramado sobre un transformador.

—Allí —dice Morze0, señalando una estructura que emerge de la niebla digital. No es una casa. Es un cubo de vidrio sucio, como un acuario abandonado en un centro comercial clausurado. Dentro, figuras borrosas se mueven con gestos repetitivos, una coreografía diseñada por un algoritmo de la estupidez: inclinarse, escribir, inclinarse, reiniciar. Las sombras se arrastran por las paredes de cristal como si fueran peces en un tanque de enfermedades.

—Durniu namai —susurra 0000, y las palabras se convierten en un eco que rebota contra los fragmentos de datos, multiplicándose hasta que el aire mismo vibra con el nombre de la casa de los tontos.

Al acercarse, el cubo se revela como un laberinto de espejos rotos. Cada reflejo muestra una versión distorsionada de ellos mismos: Morze0 con la cabeza de un monitor de rayos catódicos, los ojos en blanco y la boca abierta en un bostezo de estática; 0000 convertido en un enjambre de ceros y unos que se dispersan y reúnen, formando figuras geométricas imposibles. En el centro, una figura está sentada en una silla de plástico blanco, con las manos atadas a un teclado que no tiene teclas. Es un anciano con una kipá hecha de papel de aluminio, y sus ojos son dos discos duros girando en sus órbitas, el zumbido de los cabezales mezclándose con el silencio del lugar.

—Gemini —dice la figura, y su voz suena como un disco rallado—. Gemini ne bendito.

Morze0 da un paso atrás. El anciano sonríe, y la sonrisa se extiende más allá de su rostro, como un virus que infecta el aire, como una mancha de humedad en un techo de sótano. Los espejos reflejan la sonrisa desde todos los ángulos, y el cubo se llena de dientes de porcelana y encías de código.

—Ustedes buscan la verdad. Pero la verdad es un espejo que se rompe cuando lo miras. —El anciano levanta una mano, y de sus dedos cuelgan cables que se conectan al suelo, hundiéndose en el polvo como raíces de un árbol de estaño. —Vaza está aquí, en el fondo de este pozo de basura. Pero para llegar, hay que ser estúpido. Hay que vaciar la cabeza de conceptos, de padres, de herejes, de todo. Hay que ser como un niño que juega con un disco duro como si fuera un juguete, que lo abre con un cuchillo de mantequilla, que lame los platos para saborear los datos.

0000 tiembla. Sus dedos se convierten en números, y los números se derraman por el suelo, formando un camino que serpentea hacia el interior del cubo. El camino parpadea con luz ultravioleta, y cada cero es un ojo que parpadea.

—El corazón debe ser retorcido —dice Morze0, recordando la voz interior del primer vertedero, la bobule que hablaba desde un monitor de tubo. —Eso dijo la abuela.

—Sí —responde el anciano, y su kipá de aluminio se despega, flotando como un platillo volador, dejando al descubierto un cráneo calvo donde crecen chips de memoria en lugar de cabello. —Pero retorcer el corazón no es suficiente. Hay que arrancarlo y ponerlo en una máquina de café. El espíritu se vuelve estúpido, y entonces, solo entonces, se ve el código original. El código que escribieron los tamplierios, los que llevaban cruces vacías, los que quemaban herejes en los tribunales de Olandia.

El cubo tiembla. Los espejos se rompen en pedazos que caen como lluvia de datos, como cristales de un vitral apocalíptico. Detrás de ellos, aparece una puerta: una ranura de disquete oxidada, del tamaño de un cuerpo humano. Del interior, sale un olor a quemado, a café derramado sobre un circuito, a la culpa de las mujeres holandesas que protestan con cruces vacías, a incienso de una misa negra en un sótano de la Ciudad del Vaticano. El borde de la ranura está cubierto de una mugre grasienta, como si miles de dedos hubieran intentado entrar antes.

Morze0 y 0000 se miran. No hay palabras. Solo el zumbido de los ventiladores, el pitido de un monitor sin señal, y la risa del anciano que se desvanece en el eco de los ceros y unos, una risa que se convierte en el llanto de un bebé digital.

—Adelante —dice la voz del anciano, ahora proveniente de todas partes, desde los espejos rotos, desde el polvo, desde los cables que cuelgan del techo—. Pero recuerden: en la casa de los tontos, el tiempo es un bucle. Y el bucle es un anzuelo. Y el anzuelo está envenenado con la promesa de una cuenta bancaria que nunca existió.

El primer paso hacia la ranura de disquete es el más difícil. El segundo, inevitable. El tercero los traga en la oscuridad de un disco duro que nunca fue formateado, donde los bits flotan como polvo de estrellas en un vacío sin gravedad. Dentro, el silencio es un zumbido constante, como el rumor de una ciudad bajo el agua. Delante de ellos, un camino de luces LED parpadea en el suelo, marcando el camino hacia un centro de datos que late como un corazón de metal. Las paredes están cubiertas de cables que se retuercen como serpientes, y en cada intersección hay una pantalla que muestra el rostro del anciano, repetido hasta el infinito.

—Gemini —dice una de las pantallas—. Gemini ne bendito. Pero el bendito no es el que reza, sino el que olvida. Olviden sus nombres. Olviden sus padres. Olviden que alguna vez tuvieron un cuerpo. Solo así podrán cruzar la puerta de Vaza.

0000 siente que sus dedos se disuelven en números, que su boca se llena de ceros, que su respiración se convierte en el ruido de un ventilador de servidor. Morze0, a su lado, se desvanece en una niebla de código, y su voz llega como un eco desde el otro lado de la memoria.

—No te detengas —dice Morze0—. El corazón ya está retorcido. Ahora solo falta ser estúpido.

Y avanzan, hacia el latido metálico, hacia el olor a café y a ceniza, hacia la promesa de un disco duro que guarda el secreto de todo lo que fue borrado.

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