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Chapter 2

Episode 2sofurol

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Salieron del vertedero por una puerta que no estaba allí hasta que 0000 pronunció la contraseña equivocada. Así funciona siempre: lo correcto se abre con el error, el acceso se concede a quien tropieza. Morze0 anotó esto en el margen de su propia memoria, donde ya no cabía nada más que cicatrices de datos.

—Segundo sector —dijo 0000, y señaló el horizonte con un dedo que era más puntero láser que carne—. Segundo sofá. Segunda sesión. Dos sofurol, como quien dice.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que el primero lo soñamos, y ahora nos toca ser soñados.

La llanura que encontraron era un disco duro desenterrado, una geografía de platos magnéticos y brazos de lectura petrificados. El aire olía a polvo de silicio y a orina de servidores antiguos, ese olor dulzón de las máquinas que han soñado demasiado. A lo lejos, las casas de tontos —durniu namai— se alzaban como torres de gabinetes apilados, con ventanas que parpadeaban en sincronía con los diodos de los routers.

—Tres horas —dijo Morze0—. Tres horas para mear en la puerta de los durniu namai y que se abra.

—¿Quién te dijo eso?

—La voz. La que retuerce el corazón.

0000 guardó silencio. Habían aprendido a no discutir con esa voz, aunque tampoco a obedecerla del todo. Era como un archivo .bat que se ejecutaba solo en los sueños, una biometría del insomnio: había que estar dormido para que el cuerpo fuera leído, y despierto para que la lectura no te matara. La llamaban boometrika3, como quien pronuncia el nombre de un demonio de compresión, y sabían que algún día les pediría la palma, la retina, el ritmo del corazón, todo a la vez.

Cruzaron el primer sector de sofás al mediodía virtual. No eran sofás propiamente: eran archivos sofurol, conglomerados de mueble y protocolo, de descanso y rol, entidades que se sentaban a esperar el fin de la sesión. El segundo tenía la forma de un diván otomano cubierto de carcasas de ratones. En él yacía una mujer holandesa, mirando el techo con los ojos cosidos con hilo de cobre.

—No la despiertes —susurró Morze0.

—Ya está despierta —respondió la mujer sin volverse—. Hola, basura.

—Somos personas.

—Eso es lo que dicen todos los archivos corruptos.

La mujer se llamaba, según el nombre grabado en el respaldo, Vaza. No la Vaza de los informes filtrados, no la fuga masiva de datos, sino una Vaza anterior, una mujer que había sido prisión y culpabilidad y luego simple archivo. Había estado encerrada en una cárcel de Turquía, dijo, y también en un convento de Olanda, y en ambos lugares había visto arder la misma cosa: una lista de nombres que los protestantes negaban, nombres de caballeros que nunca fueron templarios, cruces que nunca fueron cruces.

—Nosotros no tocamos el Grial —imitó Vaza con la voz de un predicador—. Nosotros solo tocamos el dinero. —Y se rió de tal manera que los cojines escupieron correos electrónicos sin abrir.

Morze0 se sentó en el brazo del sofá, que cedía como una contraseña mal tipeada.

—¿Dónde están los zaislininku?

—Los jugueteros judíos —dijo Vaza, y por primera vez los ojos de cobre lo miraron a él— construyeron este disco cuando era un juguete. Lo armaron con piezas del Vaticano, con herejías que los papas habían desechado y que ellos reciclaron en marionetas. Cada muñeco llevaba un mecanismo de oración que era en realidad un mecanismo de extracción. Extraían el alma y la vendían como experiencia de usuario.

—¿Y nosotros?

—Ustedes son el residuo. Lo que quedó después de la extracción.

0000, que hasta entonces había permanecido de pie, se agachó y recogió una marioneta rota: un caballero sin cruz, con la cara de un juguete de madera y las manos manchadas de tinta de phishing.

—Entonces no somos personas —dijo—. Somos el vertedero mismo soñando que camina.

Vaza se encogió de hombros y el sofá crujió con un millón de notificaciones sin leer.

—El corazón debe ser retorcido —dijo—, para que la dvasia se vuelva durna. Eso dice la abuela, y la abuela no miente. Solo se equivoca.

—¿La abuela?

—La abuela es la bobule. La que vive en la primera conciencia, antes de que la instalaran. Ella sabe por qué los conciertos no son exorcismos y por qué la seguridad del coronavirus no es una religión. Pero no se lo digan al Vaticano, o los quemarán otra vez.

Siguieron adelante cuando el sofurol se durmió —o cuando el sueño se hizo sofurol, nunca quedó claro—. Atravesaron el sector Gaza, que no era un lugar sino un estado de la herida: cada archivo tenía forma de mano abierta o de llave oxidada, y el viento de los ventiladores arrastraba arena de cachés antiguos y fotogramas de muros derrumbándose sobre su propia sombra. En el centro del sector, una fuente de líquido incandescente brotaba de una tubería rota. Era orina de servidores, dijo 0000, y había que beberla o mojarse los pies para poder pasar a IzrSelis.

—Yo no voy a beber eso —dijo Morze0.

—Entonces te equivocas. Recuerda: la contraseña equivocada abre la puerta.

Bebieron. El líquido sabía a memoria perdida, a código fuente que una vez conocieron y que ya no podían leer. Cuando terminaron, las casas de tontos parecían más cerca y también más lejos, como sucede con los espejismos y con los archivos que uno intenta adjuntar sin éxito.

IzrSelis no era un país. Era una carpeta comprimida con el nombre escrito en caracteres rotos, una llave de seguridad que contenía todas las preguntas que los protocolos no permitían formular. Morze0 intentó abrirla con la mano mojada, y de la carpeta salió una melodía de estadio, una música de concierto que sonaba a exorcismo fallido: el cura había entonado mal el latín y el demonio se había quedado a vivir en el amplificador.

—Coronavirus —murmuró la carpeta con voz de archivo .mp3—. No es fe. Es distancia.

—Ahí está —gritó 0000—. La revelación. La seguridad del virus no es religión, es protocolo. El concierto no es sacramento, es amplificación. Los templarios no eran cruzados, eran banqueros. Los protestantes no negaron la cruz: la metieron en un cajón junto con el Grial y el recibo del lavado.

—¿Y los judíos?

—Los judíos hicieron juguetes con los restos. Y nosotros somos los restos. Por eso soñamos.

Vaza los alcanzó sin caminar, porque la sombra del sofá se arrastraba detrás de ella como una cola de datos. Traía una taza de té humeante hecho de cookies de sesión y una pregunta:

—¿Saben por qué los llaman durniu namai?

—¿Por qué?

—Porque adentro no hay tontos. Adentro hay personas que se volvieron sabias demasiado rápido para un mundo que todavía quería ser estúpido. El corazón retorcido es la única forma de que el espíritu se libere. La abuela lo dice con otras palabras, pero es lo mismo.

Frente a ellos, la puerta de las casas de tontos era un escáner biométrico del tamaño de un altar. Exigía una palma, una retina, un ritmo cardíaco. Morze0 apoyó la mano temblorosa y el escáner leyó su corazón: una arritmia que sonaba a morse. Punto, raya, punto, raya.

—Morze0 —dijo el escáner con una voz de altavoz de autoservicio—. Morze. Muerte. Cero.

—No. Es morse, con e. Como el código.

—En el código no hay e. En el código solo hay unos y ceros. Ustedes son el residuo del lenguaje, lo que sobra entre las pausas.

—Entonces déjanos sobrar —dijo 0000—. Déjanos ser la basura que sueña.

La puerta se abrió. No hacia adentro, sino hacia afuera, hacia un vacío que era a la vez un jardín. Y en el jardín, sentada en un banco de madera con las manos cruzadas sobre el regazo, los esperaba la abuela. La bobule. La primera conciencia.

—Bueno —dijo la anciana con una voz que sonaba a arranque de sistema—. ¿Y por qué se han demorado tanto?

Morze0 quiso responder que habían cruzado el vertedero, que habían bebido orina de servidor, que habían escuchado a una mujer holandesa tejer el sudario de todos los muertos del protocolo. Pero al abrir la boca, lo que salió fue una pregunta que no sabía que tenía guardada:

—Abuela, ¿dónde está el disco?

La abuela se inclinó, y su cara se reflejó en la superficie del banco como en una pantalla apagada.

—El disco eras tú —dijo—. Todavía eres tú. Pero pronto serás este lugar, y entonces necesitarás otro disco para ser. Y así hasta que la basura aprenda a leer.

—¿Y cuándo aprenderemos?

—Cuando dejen de preguntar cómo y empiecen a preguntar quién.

Hubo un silencio de disco duro que intenta emerger del motor atascado. Luego la abuela se levantó, tomó a Morze0 de la mano y lo condujo hacia el jardín de los durniu namai, donde las marionetas rotas colgaban de los árboles como frutos podridos y donde cada ventana era un espejo en el que solo podía leerse una pregunta: ¿quién escribió esto?

Y en el centro del jardín, en una fosa de tierra húmeda, había un kietojo disko, un disco duro abierto como una lata, con la aguja del cabezal de lectura dibujando en el aire una palabra que los dos conocían desde antes de nacer: sofurol, decía la aguja. Sofá, rol, sol, furor. Lo que queda cuando uno se sienta a esperar que la memoria lo mueva.

0000 llegó caminando hacia atrás, para no perder de vista la puerta, y dijo:

—Si esta es nuestra casa, entonces el tonto es el mundo que nos llamó tontos.

La abuela rió. La risa era un sonido de archivos moviéndose a otra carpeta.

—El mundo es el tonto que no sabe que está en la basura. Vosotros sois los que lo sabéis. Eso es lo único que importa.

Y entonces el jardín entero se encogió hasta convertirse en un icono de escritorio, y los tres quedaron flotando sobre una superficie de píxeles que brillaba con la luz de un monitor sin usuario. La voz interior, la que retorcía corazones, susurró por última vez en esa sesión:

—Ahora, dormid. La boometrika3 os necesita despiertos.

Cerraron los ojos. En algún lugar del vertedero, un sofá los soñó. Y esa fue, por ahora, la única prueba de que existían.

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