Chapter 3
La sombra del atardecer
La Piña Dorada espera la llegada de Don Ramiro mientras sus amigos la protegen en secreto. Cuando la noche cae, la Ciruela aparece con una advertencia final y Don Ramiro se presenta, no para robar, sino para exigir un trato que cambiará el destino del puesto.
El sol se hundió lentamente detrás de los techos de caña del mercado de Piura. Las sombras se alargaron como dedos oscuros entre los puestos vacíos. Los carpinteros habían guardado sus herramientas hacía una hora, y el olor a madera fresca aún flotaba alrededor del nuevo puesto de la Piña Dorada.
—¿Estás segura de esto? —preguntó el Mango por tercera vez, ajustando su posición detrás de un montón de sacos de yute.
—Segura —respondió la Piña, aunque su voz tembló apenas—. Ustedes quédense escondidos. Si Don Ramiro viene solo, yo hablaré con él. Si viene con hombres, entonces salen.
La Naranja asomó la cabeza desde detrás de un barril de aceitunas.
—¿Y si no viene?
—Entonces la Ciruela mintió —dijo el Plátano desde el otro lado, donde se había acurrucado entre cajones de tomates—. Y tendremos que enfrentarla a ella.
La Piña respiró hondo. Sus pepitas de oro latían dentro de ella con un calor que no era del sol. Cada latido le recordaba lo que estaba en juego. Miró su puesto nuevo: las tablas de cedro aún olían a resina, el toldo rojo ondeaba suavemente con la brisa del atardecer, y en el mostrador había colocado una pequeña muestra de sus frutas favoritas: un racimo de uvas, una rodaja de papaya y tres higos que el Mango había traído de su pueblo.
—Todo esto es nuestro —murmuró—. Y no voy a dejarlo ir.
El mercado se fue quedando en silencio. Los últimos vendedores recogieron sus mercancías. Una mujer pasó cargando un canasto de pescado, mirando de reojo el puesto nuevo. Un perro flaco olfateó las esquinas y se fue.
Cuando la última luz del sol se desvaneció, el mercado quedó a oscuras. Solo un farol de aceite colgaba al final del pasillo, iluminando débilmente los puestos.
La Piña esperó.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. El Mango comenzó a moverse inquieto detrás de los sacos.
—Ya no viene —susurró la Naranja.
—Esperen —dijo el Plátano—. Todavía es temprano.
Y entonces lo oyeron.
Pasos. Lentos. Pesados. El crujido de una bota sobre la tierra apisonada.
La Piña sintió que sus hojas se erizaban. Del fondo del pasillo, una figura alta y ancha emergió de la oscuridad. No era Don Ramiro. Era un hombre corpulento, con un sombrero de ala ancha y un machete colgando del cinturón. Detrás de él, dos hombres más, igual de grandes, con miradas que no parpadeaban.
—Buenas noches —dijo el primero, deteniéndose frente al puesto—. ¿Eres tú la piña que compró esto?
La Piña tragó saliva.
—Sí.
—Don Ramiro te manda saludos. Dice que el puesto es bonito, pero que no te pertenece.
—Lo compré legalmente —dijo la Piña, esforzándose por mantener la voz firme—. Don Eulogio me vendió el terreno.
El hombre rió. Una risa seca, sin alegría.
—Don Eulogio no tenía derecho a venderlo. El puesto era de la familia. Y la familia decide.
Detrás de los sacos, el Mango apretó los puños. El Plátano se puso de pie lentamente.
—¿Qué es lo que quiere Don Ramiro? —preguntó la Piña.
—Quiere el puesto —dijo el hombre—. O el oro. Tú eliges.
La Piña sintió que sus pepitas se apretaban. Una pepita más. Ya había dado una. Dar otra significaba menos oro, menos seguridad. Pero perder el puesto... perder lo que había construido con sus amigos...
—No voy a darle ni el puesto ni el oro —dijo, y su voz sonó más fuerte de lo que esperaba—. Díganle a Don Ramiro que si quiere algo, que venga él mismo a pedírmelo.
Los hombres se miraron entre sí. El primero dio un paso adelante, pero en ese momento algo cayó detrás de él. Era un cajón de madera que el Plátano había empujado desde su escondite. El ruido resonó en el mercado vacío.
—¿Qué fue eso? —preguntó uno de los hombres.
—Ratas —dijo otro—. Este mercado está lleno de ratas.
Pero el primero no se dejó distraer. Se acercó al puesto, tan cerca que la Piña podía ver las grietas en su piel, el olor a sudor y a tabaco.
—La última oportunidad, piñita. O nos das el oro, o tiramos todo esto al suelo.
La Piña no se movió. Pero detrás de ella, desde la oscuridad, surgió una voz conocida.
—Ya oíste, hombre. La piña no va a dar nada.
Era la Ciruela. Apareció de entre las sombras como si hubiera estado allí todo el tiempo, su piel morada brillando bajo la luz del farol.
—Ciruela —dijo el hombre, frunciendo el ceño—. Don Ramiro no te dijo que estuvieras aquí.
—Don Ramiro no me dice todo lo que hago —respondió ella con calma—. Pero sé lo que él quiere. Y no es pelear con frutas en un mercado vacío.
Se volvió hacia la Piña.
—Don Ramiro está esperando. Quiere verte. Solo a ti. Si vas, quizá podamos llegar a un acuerdo. Si no vas... —miró a los hombres—. Bueno, ya viste lo que pasa.
La Piña sintió el peso de la decisión. Podía quedarse y pelear, con sus amigos escondidos listos para defenderla. Podía huir y perderlo todo. O podía ir a hablar con Don Ramiro cara a cara.
—Iré —dijo.
—¡No! —gritó el Mango, saliendo de su escondite—. Es una trampa.
Los hombres se giraron, sorprendidos. El Plátano y la Naranja también salieron de sus escondites, formando un círculo alrededor de la Piña.
—No irás sola —dijo el Plátano.
—Iremos todos —dijo la Naranja.
La Ciruela sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Don Ramiro solo quiere ver a la piña. Pero si insisten en acompañarla... bueno, supongo que tendrá que recibir a toda la comitiva.
La Piña miró a sus amigos. Vio el miedo en sus ojos, pero también la determinación. Habían estado dispuestos a defenderla cuando era una piña pobre. Ahora que sabían que era millonaria, seguían allí.
—Vamos —dijo—. Todos juntos.
El hombre del sombrero se encogió de hombros.
—Como quieran. Pero no digan que no les advirtieron.
Dio media vuelta y comenzó a caminar. La Ciruela los siguió, y detrás de ella, la Piña y sus amigos.
El mercado estaba oscuro y silencioso. Las estrellas comenzaban a aparecer sobre Piura. Caminaron por el pasillo central, pasando puestos cerrados con candados, cajones apilados, un gato que los miró desde un tejado.
Al final del mercado, detrás de una puerta de madera que crujió al abrirse, los esperaba una habitación iluminada por velas. Allí, sentado detrás de un escritorio de caoba, estaba Don Ramiro.
Era un hombre delgado, de cabello cano y manos largas y huesudas. Tenía los ojos pequeños y brillantes, como dos cuentas de vidrio. Cuando vio entrar a la Piña y sus amigos, no sonrió. Solo los observó, uno por uno, como un comerciante evaluando mercancía.
—Así que tú eres la piña millonaria —dijo, y su voz era suave, casi amable—. He oído mucho de ti.
—Y yo de usted —respondió la Piña—. Dicen que quiere quitarme mi puesto.
Don Ramiro levantó una ceja.
—¿Quitártelo? No, no. Eso sería robarte. Yo no robo, niña. Yo negocio.
Sacó un papel del bolsillo de su camisa y lo extendió sobre el escritorio.
—Esto es un documento que dice que Don Eulogio, mi hermano, no tenía autoridad para vender ese terreno. Legalmente, el puesto sigue siendo de la familia. Pero yo no soy un hombre injusto. Te compraré el puesto. Te pagaré lo que pagaste por él, más un interés del diez por ciento. Y te irás de mi mercado.
La Piña sintió que sus pepitas se enfriaban.
—¿Y si no acepto?
Don Ramiro suspiró, como si la pregunta lo aburriera.
—Entonces tendré que recuperar lo que es mío por otros medios. Y no me refiero solo al puesto.
Miró a los amigos de la Piña. Al Mango, a la Naranja, al Plátano.
—Frutas como ustedes son fáciles de reemplazar. Pero una piña con pepitas de oro... esa no se encuentra todos los días.
La Ciruela, desde la esquina, observaba en silencio. Sus ojos negros seguían cada movimiento, cada palabra.
La Piña sintió el peso de todas las miradas sobre ella. Sus pepitas latían con fuerza. Una pepita más ya había gastado. Una más significaba menos futuro. Pero sus amigos... su puesto... lo que había construido...
—Deme una noche para pensarlo —dijo al fin.
Don Ramiro negó con la cabeza.
—No. La decisión es ahora. Aceptas mi oferta, o mañana el puesto será demolido y tú estarás en una jaula esperando a que alguien te compre por tu oro.
La habitación quedó en silencio. Las velas parpadearon. Y la Piña supo que no había más tiempo.