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Chapter 2

La ciruela en la sombra

La Piña Dorada supervisa la construcción del nuevo puesto, pero la misteriosa Ciruela se acerca para ofrecerle un trato. La Piña descubre que la Ciruela sabe más de ella de lo que debería, y que su oro podría tener un precio más alto del que imaginaba.

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El sol de Piura se alzó sobre el mercado con la fuerza de un horno encendido. La Piña Dorada, aún sin su disfraz de hojas secas, se paseaba entre los cajones de madera mientras los carpinteros clavaban tablas y estiraban toldos nuevos.

—Más a la izquierda —indicó el Mango, señalando con su brazo de pulpa—. Así entrará el sol por la mañana pero no quemará las uvas.

El Plátano, desde un rincón, enrollaba un rollo de tela roja que serviría de cortina.

—Va a quedar hermoso —dijo—. El puesto más bonito de todo Piura.

—Gracias a nuestra piña millonaria —agregó la Naranja, haciendo una reverencia exagerada que la hizo rodar un par de pasos.

La Piña rió, pero su risa se cortó cuando sintió aquella mirada otra vez. Se giró lentamente. Entre los cajones de la frutería vecina, una silueta oscura la observaba fija. La ciruela. Ahora estaba más cerca que la noche anterior, apoyada contra un saco de papas, con sus ojos negros brillando como dos monedas bajo el sol.

—¿Quién es esa? —preguntó la Piña en voz baja.

El Mango siguió su mirada y frunció el ceño.

—No la había visto antes. Debe ser nueva.

La Ciruela se despegó del saco y caminó hacia ellos con pasos lentos y seguros. Era más grande que una ciruela normal, de un color morado tan oscuro que parecía negro, y su piel tenía un brillo aceitoso que reflejaba la luz.

—Buenos días —dijo con una voz suave y goteante como miel—. Disculpen que interrumpa.

Las otras frutas se giraron. El Plátano dejó caer la tela que sostenía.

—¿En qué podemos ayudarte? —preguntó la Piña, sintiendo que sus pepitas de oro se apretaban dentro de ella.

—Sé quién eres —dijo la Ciruela, mirando fijamente a la Piña—. No solo la fruta más rica del mercado, sino la más lista. Te disfrazaste de pobre para encontrar amigos de verdad. Muy astuto.

—¿Y eso a ti qué te importa? —intervino el Mango, poniéndose delante de la Piña.

La Ciruela sonrió. Tenía una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Tranquilo, mango. No vengo a hacer daño. Vengo a ofrecer un negocio.

—No necesitamos negocios —dijo la Naranja—. Tenemos nuestro puesto nuevo y nos tenemos las unas a las otras.

—Qué conmovedor —murmuró la Ciruela—. Pero me temo que el puesto nuevo no será suficiente.

Se volvió hacia la Piña y bajó la voz.

—¿Sabes quién es realmente Don Eulogio? No es solo un frutero. Es el dueño de la mitad del mercado. Y la otra mitad pertenece a su hermano, Don Ramiro. Un hombre que no negocia con frutas, las compra y las vende como si fueran mercancía sin alma.

La Piña sintió un escalofrío que le recorrió las hojas.

—¿Qué tiene que ver Don Ramiro con nosotras?

—Que Don Eulogio no te vendió este puesto porque quisiera ayudarte. Te lo vendió porque necesitaba oro para pagar una deuda con su hermano. Pero Don Ramiro está furioso. Dice que Don Eulogio malvendió un puesto que valía el doble. Y esta noche, cuando cierre el mercado, vendrá a reclamar lo que considera suyo.

El Plátano dio un paso adelante.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

—Porque yo trabajo para Don Ramiro —dijo la Ciruela con calma—. Soy su fruta de confianza. Escucho, observo y reporto.

Las frutas se miraron entre sí. El Mango apretó los puños.

—¿Y ahora vienes a delatarnos?

—Al contrario. Vengo a advertirles. Y a ofrecer una salida.

La Ciruela se acercó aún más a la Piña, hasta que casi podían tocarse.

—Don Ramiro no quiere el puesto. Quiere el oro. Tú tienes mucho. Si le das una pepita más, una sola, me encargaré de que olvide todo este asunto. Él cree que las frutas no tenemos memoria, pero yo recuerdo cada trato que he visto.

La Piña sintió que sus pepitas latían con fuerza. Había gastado una para comprar el puesto. Le quedaban muchas, pero cada una era parte de ella. Darlas no era como soltar monedas; era como arrancarse un pedacito de corazón.

—¿Y si no acepto? —preguntó.

La Ciruela encogió sus hombros redondos.

—Entonces esta noche, cuando el mercado esté en silencio, Don Ramiro vendrá con sus hombres. Derribarán el puesto nuevo, tirarán las frutas al suelo y se llevarán todo el oro que encuentren. Contigo incluida.

—No podemos permitir eso —dijo el Plátano, mirando a la Piña—. Pero tampoco podemos darle más oro a esa gente.

La Piña guardó silencio. Miró su puesto nuevo, con sus tablas frescas y sus toldos rojos. Miró a sus amigos: el Mango, firme y leal; la Naranja, redonda y generosa; el Plátano, alto y protector. Había encontrado lo que buscaba. Pero ahora el precio de mantenerlo parecía más alto de lo que había imaginado.

—Dame hasta el atardecer —dijo al fin—. Necesito pensar.

La Ciruela asintió lentamente.

—Hasta el atardecer. Pero no esperes más. Cuando el sol se ponga, Don Ramiro no esperará.

Dio media vuelta y se perdió entre los cajones del mercado, dejando tras de sí un rastro de olor a ciruela madura.

Las frutas se quedaron en silencio. El Mango fue el primero en hablar.

—No podemos confiar en ella.

—Pero tampoco podemos ignorarla —dijo la Naranja—. Si dice la verdad, estamos en peligro.

—¿Y si miente? —preguntó el Plátano—. ¿Y si solo quiere sacarnos más oro?

La Piña levantó la cabeza. Sus hojas, ahora sanas y verdes, brillaban con la luz de la tarde.

—Hay una manera de saberlo —dijo—. Esta noche, cuando todos duerman, yo esperaré a Don Ramiro. Si viene, sabremos que la Ciruela dijo la verdad. Si no viene, sabremos que quería engañarnos.

—¿Sola? —preguntó el Mango—. No te dejaremos sola.

—Tienen que estar cerca, pero escondidos —dijo la Piña—. Si Don Ramiro nos ve a todos, sabrá que estamos prevenidos. Y si la Ciruela trabaja para él, se lo contará.

El sol comenzó a descender sobre los techos del mercado. Las sombras se alargaron entre los puestos. Y la Piña Dorada, con el corazón de pepitas latiéndole en el pecho, supo que esa noche decidiría algo más que el destino de su oro.

Decidiría si en Piura había lugar para frutas como ellas, o si el dinero siempre terminaría gobernándolo todo.

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