Chapter 3
El secreto del libro
Leo despierta en el hogar de acogida y, mientras hojea el libro que le regaló la señora Rivas, encuentra una nota oculta de su madre. La mujer regresa con noticias: han encontrado una caja con pertenencias de su madre en la casa, y dentro hay una llave y una dirección. Leo decide emprender una nueva búsqueda.
Leo abrió los ojos cuando la luz del sol ya entraba por la ventana. La habitación era pequeña, con dos camas y un armario. En la otra cama, un niño más grande dormía boca arriba, roncando suavemente. Leo se sentó y buscó con la mirada el libro que la señora Rivas le había traído la tarde anterior. Estaba en la mesita de noche, junto a la carta de su madre.
Tomó el libro. Era de cuentos, con una tapa azul desgastada. Lo abrió por la primera página y volvió a leer la dedicatoria: «Para Leo, con cariño, la señora Rivas». Pasó las hojas despacio, mirando los dibujos. En una de las páginas, algo sobresalía: un trozo de papel doblado, metido entre el lomo. Leo lo sacó con cuidado.
Era un papel amarillento, con letra pequeña y apretada. No era la letra de la señora Rivas. Leo reconoció la caligrafía de su madre al instante. El corazón le dio un vuelco. Leyó en voz baja:
«Mi Leo, si encuentras esto, es porque alguien te ha dado este libro. No pude decirte todo lo que quería. Guardé algo para ti, algo que tu padre nunca debió saber. Pregunta por el señor Báez otra vez. Él te llevará al lugar donde solíamos ir tú y yo. Allí encontrarás lo que te dejé. No le digas a nadie más. Te quiere, tu mamá».
Leo apretó el papel contra el pecho. El lugar donde solían ir. Recordaba un parque, con un columpio roto, y su madre sentada en un banco, leyéndole cuentos. Pero no sabía cómo se llamaba. Quizá el señor Báez lo sabía.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó una voz desde la cama de al lado.
Leo se sobresaltó y escondió el papel bajo la almohada. El niño mayor, de pelo castaño y unos nueve años, lo miraba con curiosidad.
—Nada —dijo Leo, con su tono habitual de enfado.
—No parecía nada —insistió el niño, sentándose—. Soy Mateo. ¿Tú eres Leo, verdad?
Leo no respondió. Se puso el overol y los zapatos grises, y guardó el papel en el bolsillo junto a la carta. No pensaba compartir su secreto con un desconocido.
—Oye, no seas tan antipático —dijo Mateo, riendo—. Aquí todos estamos igual. Mi mamá también... bueno, no importa. Baja a desayunar si quieres.
Mateo salió de la habitación. Leo se quedó un momento, mirando la puerta. Luego metió el libro bajo el brazo y bajó las escaleras.
El comedor era amplio, con mesas largas y sillas de plástico. Había unos diez niños sentados, comiendo cereales y tostadas. Una mujer joven, de delantal blanco, se acercó a Leo.
—Buenos días, Leo. Soy la señora Laura, la encargada. ¿Dormiste bien?
Leo asintió sin mirarla. Se sentó en una esquina, con el libro sobre la mesa. No tenía hambre, pero tomó una tostada para no llamar la atención.
A media mañana, la señora Rivas apareció en la puerta del comedor. Llevaba un abrigo azul y el pelo recogido. Al ver a Leo, sonrió y se acercó.
—Leo, tengo noticias. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Leo la siguió a una salita con sillones viejos. La señora Rivas se sentó frente a él y suspiró.
—Tu padre está detenido. La policía lo llevó anoche. No volverá a casa por un tiempo.
Leo no dijo nada. Sentía algo raro, como un alivio que no se atrevía a mostrar.
—Hemos ido a la casa —continuó la señora Rivas—. Para recoger tus cosas. Y encontramos algo que creo que es tuyo. Una caja, escondida en el armario de tu madre.
La señora Rivas sacó de su bolso una caja de madera pequeña, del tamaño de un libro. Estaba cerrada con un candado. Leo la tomó con manos temblorosas.
—No tenía llave —dijo ella—. Pero quizá tú sepas cómo abrirla.
Leo examinó la caja. En la tapa, grabadas a fuego, había unas iniciales: L. M. Las mismas que su madre escribía en sus libros. Recordó el papel que había encontrado esa mañana. «Allí encontrarás lo que te dejé». Pero aquello era diferente.
—¿Hay algo más? —preguntó Leo, con la voz ronca.
—Solo esto —dijo la señora Rivas, y le tendió una llave pequeña, de color dorado, que había estado dentro de su bolsillo—. Estaba dentro de la caja, suelta. La caja no tiene cerradura, pero la llave... no sé para qué es.
Leo tomó la llave. Era pequeña, como de una agenda o un diario. La giró entre los dedos. De repente, recordó el bolsillo de su overol: allí guardaba la carta y la nota de su madre. Sacó la nota y la comparó con la llave. No había ninguna relación evidente, pero algo le decía que aquello era parte del mismo misterio.
—Señora Rivas —dijo Leo, con un hilo de voz—, ¿usted conoce el lugar donde mi madre y yo solíamos ir? Un parque, con un columpio roto.
La señora Rivas frunció el ceño, pensando.
—No estoy segura. Pero quizá el señor Báez lo sepa. ¿Quieres que vayamos a verlo?
Leo asintió. Necesitaba respuestas. La caja, la llave, la nota... todo apuntaba a que su madre le había dejado algo más que una carta. Algo que su padre no debía saber.
—Iremos esta tarde —dijo la señora Rivas, levantándose—. Ahora descansa. Y Leo... me alegra que hayas sonreído ayer. Aunque fuera solo un segundo.
Leo no respondió, pero cuando ella se fue, abrió la caja de madera. No había nada dentro, solo un fondo forrado de terciopelo rojo. Pero al pasar el dedo, sintió un bulto. Levantó el terciopelo y encontró una fotografía: su madre, joven, con el pelo suelto, sentada en un banco de madera. Al lado, un hombre que no era su padre, con gafas y una sonrisa amplia. Al dorso, una fecha: «12 de marzo, hace cinco años». Y una palabra: «Recuerda».
Leo guardó la foto en el bolsillo, junto a la carta y la nota. La llave la apretó en la palma de la mano. Algo grande se movía detrás de todo aquello, y aunque tenía miedo, también sentía una curiosidad que no había experimentado en años.
Esa tarde, cuando la señora Rivas volvió a buscarlo, Leo la esperaba en la puerta, con el libro bajo el brazo y los bolsillos llenos de secretos. No sabía qué iba a encontrar, pero por primera vez, quería descubrirlo.