Chapter 2
La promesa del bolsillo
Leo despierta antes del amanecer, decide escapar con sus ahorros y descubre que su madre le dejó una carta escondida en el armario, pidiéndole que buscara al señor Báez, el librero. Al salir de casa, se encuentra con la señora Rivas, quien lo convence de contarle la verdad; juntos van a la comisaría. La trabajadora social y la policía actúan, y Leo pasa la noche en un hogar de acogida, a salvo del padre.
Leo abrió los ojos cuando la casa aún estaba en penumbras. Un rayo gris se colaba por la ventana, sobre la cama donde había pasado la noche vestido, con el overol puesto. En la sala, la voz de su padre sonaba como un resoplido ronco tras la puerta cerrada. Se levantó con cuidado, pisando sin hacer ruido, y fue hasta la cómoda. Debajo de la ropa doblada, escondió un puñado de monedas y un billete arrugado en el bolsillo del overol. No sabía adónde ir, pero no iba a quedarse a que lo «enderezaran».
Antes de salir, sus ojos se posaron en el armario. La puerta estaba un poco abierta, como si algo la hubiera movido. Leo frunció el ceño; siempre cerraba esa puerta con fuerza. Se acercó y, al empujarla, algo cayó al suelo con un golpe suave. Era un sobre amarillento, manchado en una esquina, con letras temblorosas que decían: «Para Leo». El corazón le dio un vuelco. Esa letra era de su madre.
Con las manos temblorosas, rompió el sobre. Adentro había una hoja doblada, con la caligrafía de su madre, la que veía en los márgenes de los libros. La leyó en voz baja, moviendo los labios:
«Mi Leo, si estás leyendo esto, es porque sabes que no te dejé. Nunca quise dejarte. Hay cosas que no pude contarte, pero siempre supe que eras fuerte. Si algún día sientes que no puedes más, busca al señor Báez, el de la librería de la esquina. Él me conoció y te ayudará. No confíes en tu padre. Y recuerda: no eres inútil, nunca lo fuiste. Te quiere, tu mamá».
Leo leyó la carta tres veces. Un calor raro le subió a los ojos, pero parpadeó para contenerlo. El señor Báez. La librería. Ese hombre menudo que siempre lo miraba desde la puerta con una sonrisa triste, pero que nunca le había hablado. Quizá no lo había hecho porque no podía, pensó Leo, y guardó la carta en el bolsillo junto a las monedas.
En la sala, su padre roncaba en el sofá. La trabajadora social se había ido; solo quedaba el silencio y el olor a café viejo. Leo pasó de puntillas junto al cuerpo dormido, sin mirarlo. Cuando estuvo en la puerta, con la mano en el picaporte, oyó un movimiento a sus espaldas. Contuvo la respiración. Su padre gruñó algo, cambió de postura y volvió a roncar. Leo abrió la puerta y salió a la calle.
Afuera, el cielo era de un gris plomo. No llevaba chaqueta; el frío de la mañana le mordió los brazos, pero no volvió atrás. Caminó rápido, con las manos en los bolsillos, apretando la carta y las monedas. Las calles estaban vacías, solo algunos autos pasaban con las luces encendidas. El barrio dormía, y Leo se sintió pequeño, pero también ligero, como si un peso hubiera rodado de sus hombros.
La librería estaba a seis cuadras. Las persianas estaban bajadas, pero se veía una luz encendida en el fondo. Leo llamó a la puerta. Nada. Volvió a llamar, con más fuerza. Unos segundos después, la puerta se abrió una rendija y apareció la cara arrugada del señor Báez, con sus lentes sobre la nariz.
—¿Leo? —dijo, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué haces aquí a esta hora?
Leo sacó la carta y se la tendió. La mano le temblaba, pero no tanto por el frío.
—Mi mamá me dijo que usted me ayudaría.
El señor Báez tomó la carta, la leyó en silencio, y luego la releyó. Cuando levantó la vista, sus ojos estaban brillantes. Abrió la puerta de par en par.
—Entra, hijo. Entra.
—No puedo —dijo Leo, retrocediendo—. Mi papá... me va a buscar. Dijo que me llevaría a un lugar.
—¿Qué lugar?
Leo encogió los hombros. No lo sabía, pero las palabras de su padre le habían helado la sangre: «donde te enderecen». El señor Báez lo miró por encima de los lentes, con una expresión seria.
—Espera aquí —dijo, y desapareció hacia el fondo de la tienda.
Leo se quedó en la puerta, mirando la calle vacía. No quería volver a casa, pero tampoco sabía cuánto tiempo podría quedarse allí. El señor Báez volvió con un teléfono en la mano, marcando un número.
—¿Señora Rivas? Soy Báez, el de la librería. Sí, escuche, tengo aquí a Leo Martínez... No, no, él está bien, pero ha pasado algo. ¿Puede venir?
Leo quiso protestar, pero el señor Báez le hizo un gesto para que entrara. La tienda olía a papel viejo y a té. Había pilas de libros por todas partes, y una lámpara de pie encendida en un rincón. El señor Báez le indicó una silla.
—Siéntate, hijo. Cuéntame todo.
Leo se sentó, con los hombros encogidos, y habló. De los gritos, de los castigos, de la mancha en la camisa, de la frase «enderecen». Habló y habló, sin apenas respirar, y el señor Báez escuchó sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando. Cuando Leo terminó, se quedó sin aliento, esperando el castigo, pero el señor Báez solo suspiró.
—Tu madre me habló de ti, Leo. Hace mucho tiempo. Me pidió que te cuidara si algo le pasaba. Yo la creí una mujer exagerada, pero ahora veo que no.
La puerta de la librería se abrió de golpe. La señora Rivas entró con el pelo revuelto y el abrigo puesto sobre el pijama. Al ver a Leo, corrió hacia él y se arrodilló a su lado.
—¿Estás bien, Leo? ¿Te hizo algo tu padre? —Le miró los brazos, las manos, y Leo se las escondió, pero ya era tarde. Las marcas viejas asomaban bajo las mangas. La señora Rivas apretó los labios, tragando saliva.
—Voy a llamar a la policía y a la asistencia social —dijo, con voz firme—. Esta vez no lo vamos a dejar pasar.
Leo miró al señor Báez, que asintió con gravedad. Luego miró la puerta, como esperando ver aparecer a su padre, pero la calle seguía vacía. Un nudo se le deshizo en el pecho, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar. Pero no dijo nada. Solo se quedó sentado, con la carta de su madre apretada contra el pecho, mientras la señora Rivas hablaba por teléfono en voz baja.
Cuando la policía llegó, una mujer uniformada se arrodilló frente a él.
—¿Leo? Ven con nosotros, te llevaremos a un lugar seguro.
—¿Y mi papá? —preguntó, con la voz apenas un hilo.
—No te preocupes —dijo la mujer, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Nosotros nos encargaremos de hablar con él.
Leo tomó la mano que le ofrecían y se levantó. Al salir, el señor Báez le puso una mano en el hombro.
—Vuelve cuando quieras, Leo. Siempre habrá un libro para ti aquí.
Leo no respondió, pero asintió con la cabeza. La camioneta policial lo alejó de la librería, de la casa gris, de todo lo que conocía. Iba a un lugar que no conocía, con gente que no conocía. Pero la carta seguía en su bolsillo, y las palabras de su madre seguían con él: «No eres inútil». Por primera vez en mucho tiempo, quería creérselo.
Al día siguiente, en el hogar de acogida, la señora Rivas fue a visitarlo. Le trajo un libro de cuentos, de los que se leen de noche, y un lápiz negro. Leo lo tomó sin decir nada, pero cuando ella se fue, abrió el libro en la primera página. Alguien había escrito en la portada: «Para Leo, con cariño, la señora Rivas». Él sonrió, solo un segundo, y luego escondió la sonrisa en el cuello de la camisa.