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Chapter 1

El chico solitario

Leo, un niño pelirrojo de siete años, es rechazado por sus compañeros debido a su mal humor. En casa, su padre lo maltrata verbalmente. Una tarde, el padre recibe una visita y Leo escucha que hablarán sobre su futuro.

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—¡Pelirrojo feo! —gritó un niño, y Leo sintió el empujón en la espalda que lo hizo caer de rodillas sobre el áspero cemento del patio.

Sin una palabra, se levantó, sacudió el overol negro y volvió a mirar el círculo de tierra donde había estado dibujando líneas con un palo. Los otros niños rieron y se fueron. No querían jugar con él, y él tampoco quería jugar con ellos. La camisa blanca se le había manchado; seguro que su padre se enfadaría.

La maestra, la señora Rivas, lo observaba desde la puerta. «Leo, ¿quieres venir a leer conmigo?» Pero él negó con la cabeza y siguió rayando la tierra. Los demás niños susurraban: «Siempre está enojado. No le gusta nada». Y tenían razón. A Leo solo le gustaba el negro. El negro de su overol, el gris de sus zapatos, el vacío de las líneas que trazaba. Nada más.

Cuando sonó la campana, guardó su palo en el bolsillo y caminó rezagado. Las voces de los otros niños se perdían en el pasillo; ninguno se volvía para esperarlo. Él ya estaba acostumbrado. Dentro del salón, se sentó solo, al fondo. La señora Rivas repartió hojas de colores para un dibujo. Leo tomó un lápiz negro y pintó una nube oscura que tapaba un sol amarillo. No le importó que la hoja fuera azul.

—¿Por qué no usas otros colores, Leo? —preguntó la maestra, inclinándose a su lado.

—No me gustan —respondió sin levantar la vista.

Ella suspiró y se fue. En el recreo, la misma escena: los niños lo evitaban. Un niño llamado Mateo intentó acercarse una vez: «Oye, podemos ser amigos», pero Leo le gruñó: «Déjame solo». Desde entonces, nadie lo intentaba. El director pensó que Leo era un niño problema, pero la señora Rivas notaba algo más: la forma en que Leo se encogía cuando alguien levantaba la voz, la manera en que escondía sus manos cuando tenían raspaduras.

Esa tarde, cuando el autobús lo dejó en la esquina de su calle, Leo caminó despacio hacia la casa de fachada gris. La puerta estaba entreabierta, y desde el interior llegaba la voz de su padre, áspera y cortante:

—¡Ya llegaste, inútil! ¡Mira la hora que es!

Leo tenía la misma hora de siempre; sabía que el retraso era solo una excusa. Entró sin mirar al hombre que lo esperaba en la sala. Su padre, el señor Martínez, un hombre de hombros anchos y ojos siempre entornados, señaló la mancha en la camisa.

—¿Otra vez? Limpiarla no es gratis, Leo. A ti todo te da igual, ¿verdad? Igual que a tu madre. Por eso se fue.

«Se murió», quiso corregir Leo, pero se mordió el labio. Sabía que si hablaba, recibiría un golpe. Las palabras de su padre siempre dolían más que los golpes; los golpes eran rápidos, pero las palabras quedaban.

Se encerró en su cuarto, un espacio pequeño con una cama, una mesa y una foto de su madre —la única que conservaba—. La mujer de la foto sonreía sosteniendo un libro. «Ella me leía cuentos», recordó Leo. «Hasta que se fue». Se sentó en el suelo, abrazó sus rodillas y escuchó. Su padre hablaba por teléfono en la sala.

—...no, no hay otra opción. El psicólogo dice que no mejora, y yo no puedo seguir así. Tendré que llevarlo a... —La voz bajó y Leo no entendió el resto. Pero la palabra «llevarlo» le heló la sangre.

Media hora después, sonó el timbre. Leo se asomó por la rendija de la puerta. Vio a una mujer delgada, de pelo canoso y abrigo azul, que entraba con su padre. Hablaban en voz baja: «...necesito saber si hay algún familiar dispuesto...», «...no, nadie quiere hacerse cargo...». Leo reconoció a la señora de la asistencia social que había venido dos veces antes. Siempre que ella llegaba, su padre se ponía más nervioso y luego lo castigaba.

Se apartó de la puerta y volvió a su rincón. La pared estaba fría. Cerró los ojos y trató de recordar la voz de su madre, pero solo oía las palabras de su padre: «Inútil. Igual que ella».

De repente, la puerta de su cuarto se abrió. Su padre estaba allí, con el rostro rojo.

—Prepara tus cosas —dijo, sin mirarlo—. Mañana te llevaré a un lugar donde te enderecen.

Leo sintió un nudo en el estómago. Quería preguntar adónde, pero sabía que no debía. Salió del cuarto y, al pasar por la sala, la señora del abrigo azul lo miró con lástima.

—¿Quieres un vaso de agua, mijo? —le ofreció.

Leo negó con la cabeza y volvió a su cuarto. Cerró la puerta. La presión en el pecho creció. «Mañana». No sabía qué significaba, pero la palabra sonó definitiva, como un portazo en la oscuridad. Miró la foto de su madre y susurró:

—Mamá, ¿tú también me dejaste porque era inútil?

La madre sonreía desde el papel, sin responder. Afuera, la noche comenzaba a caer. Y Leo, solo, se acurrucó en la cama, esperando que el tiempo se detuviera.

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