Chapter 3
Capítulo 3: La puerta bajo el puente
Sofía decide cruzar el puente antes del mediodía. Encuentra un umbral invisible que la transporta a una ciudad alternativa de 1987, donde Julián Moreno la espera. Él le explica que ella es una versión de alguien que murió en ese mundo, y que su presencia puede desestabilizar ambos tiempos. Debe elegir entre quedarse o regresar antes de que el puente se cierre para siempre.
El sol trepaba despacio sobre los tejados, y Sofía calculó el tiempo sin apartar la vista de la ventana. Faltaban unas tres horas para el mediodía. El diario estaba abierto sobre la mesa, con la última entrada fresca aún visible. La nota de Julián, la que había aparecido bajo la puerta, yacía a su lado, como una segunda advertencia que ya no podía ignorar.
Se levantó, cogió el bolso y guardó el diario dentro. No llevaba nada más: ni teléfono, ni cartera, ni llaves. Solo el cuaderno y la nota. Salió de casa sin cerrar la puerta, como si supiera que no volvería a necesitarla.
Las calles seguían desiertas. El aire olía a tierra mojada y a hierba recién cortada. Caminó hacia el puente viejo, el mismo que cruzaba cada día, ahora consciente de cada paso, de cada sombra que se alargaba a su alrededor. El ruido de sus propios pasos resonaba en el silencio de la mañana.
El puente apareció ante ella cuando dobló la última esquina. Era una estructura de hierro y piedra, desgastada por décadas de lluvia y viento. Las barandillas estaban oxidadas, y el asfalto del tablero mostraba grietas donde crecían malas hierbas. Debajo, el río corría con un murmullo constante, indiferente al peso de la historia que cargaba aquel lugar.
Sofía se detuvo antes de poner un pie en el puente. Recordó la foto del periódico: el mismo ángulo, la misma luz grisácea. Julián Moreno había cruzado este puente la noche del 12 de marzo de 1987, y nunca llegó al otro lado. O sí, pensó, pero a un lugar diferente.
Respiró hondo y dio el primer paso. El hierro crujió bajo su peso. Caminó despacio, sintiendo cada vibración, cada cambio en la textura del suelo. A mitad del puente, una sensación extraña la envolvió: un cosquilleo en la piel, como si el aire se volviera más denso. Las luces del amanecer parecieron parpadear, y por un instante todo se volvió blanco.
Cuando la visión se aclaró, Sofía se encontró en el mismo puente, pero todo era diferente. El cielo tenía un tono anaranjado, como el que describía el diario. Las farolas no emitían luz eléctrica, sino un resplandor dorado y pulsante. Y al otro lado del puente, en lugar de la avenida conocida, se alzaban torres de vidrio y acero que reflejaban el cielo en mil fragmentos.
—Has venido.
La voz sonó detrás de ella, tranquila pero cansada. Sofía se giró y vio a un hombre de unos treinta y tantos años, con el pelo oscuro y los ojos hundidos. Vestía una chaqueta de cuero desgastada y sostenía un cuaderno similar al que ella llevaba en el bolso.
—¿Julián Moreno? —preguntó, aunque ya lo sabía.
Él asintió.
—Sí. Y tú eres Sofía. La que busca respuestas.
Se acercó lentamente, como si temiera asustarla. Sus ojos recorrieron el rostro de ella con una mezcla de reconocimiento y tristeza.
—No deberías haber cruzado —dijo—. Pero sabía que lo harías.
—El diario... —empezó Sofía.
—Lo escribí para ti. O para alguien como tú. En este mundo, el tiempo no fluye en línea recta. Aquí, el 12 de marzo de 1987 sigue ocurriendo, una y otra vez, hasta que alguien lo cambie.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Qué pasó esa noche?
Julián la miró fijamente.
—Yo crucé el puente, como tú. Vine a este mundo buscando a alguien. A una mujer que había muerto en el mío. Pero al llegar, descubrí que aquí ella seguía viva. Y que yo era un intruso, un eco de un pasado que no debía existir.
Señaló las torres de la ciudad alternativa.
—Este lugar es una copia, una posibilidad. Cada vez que alguien cruza, se abre una brecha entre los mundos. Si la brecha se hace demasiado grande, ambos tiempos colapsan. Y entonces, todo lo que conoces dejará de existir.
Sofía apretó el bolso contra el pecho.
—¿Y yo? ¿Qué soy yo aquí?
Julián suspiró.
—Tú eres la clave. En este mundo, la mujer que yo busco se llamaba también Sofía. Murió en un accidente de coche en 1987, la misma noche que yo crucé. Pero su muerte no fue un accidente. Alguien la empujó. Alguien que sabe de los puentes y quiere cerrarlos para siempre.
El viento se levantó de repente, agitando los cabellos de Sofía. Las torres de vidrio reflejaron una luz cegadora.
—Tienes que elegir —dijo Julián—. Puedes volver a tu mundo ahora, antes de que el puente se cierre. O puedes quedarte y ayudarme a deshacer lo que se hizo aquella noche. Pero si te quedas, puede que no haya vuelta atrás.
Sofía miró el puente detrás de ella. El resplandor dorado de las farolas parpadeaba, y el aire vibraba con una energía que no entendía. Luego miró a Julián, a sus ojos cansados, y al cuaderno que él sostenía, idéntico al suyo.
—¿Qué pasó con la otra Sofía? —preguntó.
Julián bajó la vista.
—Murió sabiendo la verdad. Que había alguien dispuesto a destruirlo todo para proteger este secreto.
Sofía sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Pero en lugar de miedo, encontró una determinación fría y clara.
—Entonces me quedo.
Julián la miró con una mezcla de alivio y preocupación.
—Entonces sígueme. Pero no preguntes nada más hasta que lleguemos. Y no confíes en nadie que encuentres aquí.
Comenzó a caminar hacia las torres, y Sofía lo siguió. A sus espaldas, el puente brilló con una luz blanca que se apagó lentamente, como un ojo que se cerrara. Cuando Sofía volvió a mirar atrás, el puente había desaparecido, y solo quedaba una calle vacía que se extendía hacia un horizonte anaranjado.