Chapter 1
Capítulo 1
Sofía abre el diario y descubre una entrada fechada en 1987 que describe una realidad alternativa. Al avanzar en la lectura, se encuentra con una advertencia directa que la involucra a ella, creando una inquietante conexión entre el pasado escrito y su presente.
El crujido del papel viejo era un susurro del tiempo. La luz tenue de la lámpara de escritorio apenas iluminaba el polvo que flotaba en el aire, danzando en espirales lentas. Sofía se inclinó sobre el escritorio, el peso de la noche y la anticipación acentuando la tensión en sus hombros. Sus dedos rozaron la cubierta descolorida, una textura áspera y quebradiza que prometía secretos. El olor a papel antiguo y a tinta desvanecida llenaba sus fosas nasales, un perfume evocador de eras pasadas. Apretó el lomo con cuidado, sintiendo la fragilidad de su contenido. Estaba a punto de abrir una puerta a un mundo que solo existía en los susurros de las leyendas y las advertencias olvidadas, un mundo que la llamaba con una urgencia inexplicable.
La primera página estaba en blanco, salvo por una fecha escrita a mano en la esquina superior derecha: 12 de marzo de 1987. Sofía frunció el ceño. No era una fecha significativa para ella, pero la caligrafía le resultaba familiar, como si hubiera visto esas letras antes, en algún otro documento, en otro contexto. Pasó la página con cuidado, y la primera entrada comenzó a revelarse.
Hoy he visto algo que no debería existir. No en este tiempo, no en este lugar. Pero estaba allí, tan real como el dolor en mi pecho. La ciudad que conozco se desdibujó por un instante, y vi otra: torres de vidrio y acero que se elevaban hacia un cielo anaranjado, calles llenas de luces que no eran eléctricas, gente que caminaba con prisa pero sin rostro. No sé cómo explicarlo. Era como si el mundo se hubiera partido en dos, y yo hubiera puesto un pie en la otra mitad.
Sofía se reclinó en la silla, la madera crujiendo bajo su peso. La respiración se le había acelerado sin que lo notara. El diario no tenía nombre de autor, pero la voz era clara, directa, como si hablara con ella. Siguió leyendo.
No se lo he contado a nadie. ¿Quién me creería? El doctor me recetó pastillas para la ansiedad, dijo que era estrés postraumático por el accidente. Pero no fue un accidente. No del todo. Algo me empujó, algo que no vi, y caí. Cuando desperté, el mundo era el mismo, pero yo ya no era igual.
El accidente. Sofía recordó haber leído en los archivos del periódico local sobre un accidente de tráfico en esa fecha, cerca del puente viejo. Un hombre había perdido el control de su vehículo y había caído al río. Lo dieron por muerto, pero el cuerpo nunca apareció. La historia se había convertido en una especie de leyenda urbana, contada en voz baja alrededor de fogatas. Pero aquí, en este diario, alguien había sobrevivido para contarlo.
Pasó varias páginas más, encontrando entradas que describían visiones cada vez más detalladas: un mundo donde la energía se obtenía de las mareas, donde los bosques cubrían los tejados de las ciudades, donde la historia había tomado un camino diferente después de una guerra que nunca ocurrió en su realidad. Cada descripción era vívida, casi obsesiva, como si el autor hubiera dedicado su vida a registrar esos fragmentos de otro tiempo.
Luego, hacia la mitad del diario, la caligrafía cambió. Se volvió más temblorosa, más urgente.
Ya no son solo visiones. Puedo mover cosas. Pequeñas, al principio: una taza, un lápiz. Pero luego, ayer, toqué el marco de la ventana y sentí el frío del otro lado. No el vidrio de mi ventana, sino un metal helado, como de una estructura que no existe aquí. Alguien me está observando desde ese otro mundo. No sé quién es, pero sé que quiere algo. Y sé que si sigo buscando, voy a encontrarlo.
Sofía sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Dejó el diario sobre la mesa y se frotó los brazos, aunque la noche era cálida. La lámpara parpadeó por un instante, y la sombra de su propia mano se alargó sobre la pared como un dedo acusador.
—Es solo un diario —murmuró para sí misma—. Alguien con problemas mentales, nada más.
Pero sus dedos volvieron a las páginas, incapaces de resistir. Pasó varias hojas más, hasta llegar a la última entrada. La fecha era 14 de junio de 1987, tres meses después de la primera. La tinta estaba manchada, como si se hubiera secado con prisa, y las letras apenas eran legibles.
Lo sé ahora. No soy un observador. Soy un puente. Y si no cierro la puerta, lo que está al otro lado va a cruzar. No hacia mí. Hacia ella. Hacia la que leerá estas palabras. Sofía, si estás leyendo esto, no sigas. Quema este diario. Olvida que lo encontraste. Porque si no lo haces, el mundo que ves en estas páginas se convertirá en el único que conocerás.
El nombre. Su nombre. Escrito por un desconocido treinta y siete años antes de que ella naciera. Sofía apartó el diario como si quemara, y este cayó al suelo con un golpe sordo. La lámpara parpadeó de nuevo, y esta vez se apagó por completo, dejándola a oscuras, con solo el eco de su propia respiración y la certeza de que ya era demasiado tarde para olvidar.