Chapter 1
Capítulo 1 — La Pelea con Leandro
Daviannys, una joven de 16 años, vive una fuerte discusión con su hermano mayor Leandro, quien quiere enviarla de viaje para que se distraiga. Ella se resiste porque acaba de conocer a alguien que le interesa. Al día siguiente, en una fiesta con sus amigas Camila y Valentina, Daviannys tropieza y es atrapada por Samuel, un chico de apariencia ruda y misteriosa que la atrae de inmediato.
Daviannys tenía dieciséis años y una certeza que pesaba más que cualquier mochila: en su casa, las decisiones importantes nunca se tomaban a solas. No porque su familia fuera millonaria —no lo era—, pero sí porque su madre, una mujer alta, blanca, de cabello negro hasta las caderas, había construido un pequeño reino de modales y apariencias en pleno barrio. Sifrina hasta la médula, como decía Leandro con una sonrisa burlona, la señora había criado a sus dos hijos con límites claros y un cariño que a veces se disfrazaba de regaños. Daviannys la quería con locura, aunque en esos momentos de corrección le costara verlo.
Su hermano Leandro, veintiún años, alto, flaco, musculoso y con un cabello castaño lacio que siempre se echaba hacia atrás con un gesto nervioso, era el hombre de la casa desde que tenía memoria. Trabajaba con su papá desde los dieciocho y cargaba sobre sus hombros una responsabilidad que nadie le había pedido: cuidar de Daviannys como si el mundo entero pudiera lastimarla. Para él, ella no era solo su hermana menor; era su mundo. Y esa mañana de sábado, con el sol entrando por la ventana de la sala, Leandro decidió que el mundo necesitaba un poco de aire.
—Davi, hablé con papi y con mamá. Te vamos a mandar de viaje.
Daviannys levantó la mirada del celular, donde acababa de leer un mensaje que le hacía cosquillas en el estómago. Parpadeó, confundida.
—¿A dónde?
—A Isla Margarita o al Salto Ángel. Con Camila y Valentina, sola. Para que te distraigas un poco.
La palabra "distraigas" cayó como una piedra en un lago tranquilo. Daviannys conocía ese tono: era el mismo que usaba Leandro cuando quería apartarla de algo, cuando sentía que ella se le escapaba de las manos. Y sí, últimamente se le estaba escapando. Pero no por desinterés, sino porque acababa de conocer a alguien. Alguien que le había revuelto el alma con solo una mirada, alguien a quien aún no le había dicho a nadie, porque sabía que en esa casa las noticias así no se recibían con flores.
—No quiero ir —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba.
Leandro arqueó una ceja. —¿No quieres ir? ¿A un viaje con tus amigas? ¿Gratis, pagado por tu hermano que trabaja como burro para que no te falte nada?
—No es que no lo aprecie, Leandro. Es que no quiero ir ahora.
—¿Y por qué no?
Daviannys bajó la mirada. No podía decirle la verdad: que había alguien en Caracas, alguien que la miraba como si el resto del mundo no existiera, alguien que le había prometido verla el fin de semana. Si Leandro se enteraba de eso, montaría en cólera. Siempre lo hacía.
—Porque me estás tratando como a una niña —respondió, sintiendo el ardor en los ojos—. Decides por mí, me mandas, me controlas. No soy una muñeca, Leandro.
—No te estoy controlando —dijo él, y su voz comenzó a subir de tono—. Te estoy cuidando. ¿No ves que el mundo está lleno de peligros? ¿No ves que hay gente que puede hacerte daño?
—¿Como quién? ¿Como cualquiera que se me acerque? —Daviannys se puso de pie, y la silla raspó el piso con un sonido seco—. No puedes encerrarme para siempre.
—No te estoy encerrando. Te estoy dando una oportunidad para que respires, para que conozcas otras cosas, para que no te enredes con cualquiera.
—¿Con cualquiera? —repitió ella, y la rabia le llenó la garganta—. ¿Tú sabes con quién estoy hablando? ¿Tú sabes quién me gusta?
—No quiero saberlo —cortó Leandro, y dio un paso al frente, encarándola—. Solo quiero que estés segura. ¿Entiendes? Que no te lastimen.
Las lágrimas, que Daviannys había intentado contener, rodaron por sus mejillas. No eran lágrimas de tristeza, sino de impotencia. Su hermano no la veía como una mujer, sino como una niña a la que debía proteger. Y por más que lo amara, esa jaula de amor la asfixiaba.
—No voy a ir —dijo, con la voz quebrada pero firme—. No voy a ir y no puedes obligarme.
Leandro soltó un bufido, pasándose una mano por el cabello. —Davi, no seas necia. Es por tu bien.
—¿Mi bien? ¿O tu miedo? —respondió ella, y esa pregunta quedó flotando en el aire, cargada de una verdad que ninguno de los dos quería reconocer.
La madre apareció en la puerta de la cocina, secándose las manos con un paño. Había estado escuchando en silencio, como siempre, midiendo el momento exacto para intervenir. —Ya, ya. Basta. Leandro, sal de aquí. Daviannys, siéntate.
Leandro obedeció, pero no sin antes lanzar una última mirada a su hermana, una mezcla de frustración y amor que a Daviannys le partió el corazón. Salió de la sala con pasos pesados, y el portazo de su habitación retumbó en toda la casa.
Daviannys se dejó caer en el sofá, con la cara entre las manos. Su madre se sentó a su lado y le acarició el pelo, un gesto que siempre la calmaba, aunque en ese momento no era suficiente.
—Él te quiere mucho —dijo la madre, con su voz suave pero sin perder la autoridad—. No lo hace por fastidiarte.
—Pero me trata como si fuera tonta, mami. Como si no pudiera decidir por mí misma.
—Porque tiene miedo, hija. Desde que eras chiquita, él siente que debe cuidarte. No sabe hacer otra cosa.
Daviannys levantó la vista, y por un instante vio en los ojos de su madre una chispa de complicidad. —¿Y tú qué opinas? ¿Crees que debería irme?
La madre sonrió, pero no respondió. Solo le dio un beso en la frente y se levantó. —Hoy no se habla más de eso. Mañana veremos.
Pero Daviannys sabía que mañana sería otro día, y que ese viaje se cernía sobre ella como una nube oscura. Esa noche, mientras fingía dormir, pensó en el mensaje que había recibido por la mañana. Pensó en los ojos de quien se lo había enviado. Y tomó una decisión silenciosa: no iba a dejar que nadie, ni siquiera su hermano, decidiera por ella.
Al día siguiente, el domingo, Camila y Valentina la convencieron de salir. —Para que te desahogues —dijo Camila, con esa energía contagiosa que siempre lograba sacarla de su caparazón. Valentina, más tranquila, le pasó un brazo por los hombros. —Además, hay una fiesta en casa de unos panas. Vas a conocer gente nueva, y eso te va a hacer bien.
Daviannys no tenía ganas de fiestas, pero no quiso arruinarles el plan a sus amigas. Se alistó con un vestido ligero, se soltó el cabello y se pintó los labios con un brillo que le daba un aire más atrevido. Las tres llegaron a la fiesta cuando ya estaba llena de música y risas. El patio de la casa estaba iluminado con luces de colores, y el olor a hierba y a ron barato flotaba en el aire.
Daviannys se sintió fuera de lugar. Cruzó los brazos, mirando a un lado y a otro, mientras Camila se perdía entre la gente y Valentina la tomaba del brazo para no separarse. De repente, alguien la llamó por su nombre, y al girarse distinguió a un grupo de chicos junto a la piscina. Uno de ellos, el más alto, la miraba fijamente.
No supo si fue el empujón de alguien que pasaba, o el tacón de sus zapatos traicionero, pero Daviannys tropezó. Sintió el aire en la cara, y el mundo se inclinó. Pero antes de que el suelo la recibiera, un par de manos fuertes la atraparon por la cintura, deteniendo su caída en seco.
—¿Estás bien? —preguntó una voz grave, cerca de su oído.
Daviannys levantó la vista y se quedó sin aliento. El chico que la sostenía era alto, moreno, atlético, con una mirada fría que parecía no encajar con la calidez de sus manos. Tenía un estilo rudo, malandro, como diría su madre, con una camiseta negra ajustada y un collar de plata que brillaba bajo las luces. No sonreía, pero había algo en sus ojos que la atrapó de inmediato, algo que le decía que ese encuentro no era casualidad.
—Sí... sí, estoy bien —logró decir, sintiendo que las mejillas se le encendían.
Él no la soltó de inmediato. La sostuvo un segundo más, como si esperara algo, y luego la ayudó a enderezarse con un movimiento suave pero firme.
—Cuidado con el piso —dijo, con un tono que parecía un consejo y una advertencia a la vez.
—Gracias —murmuró Daviannys, buscando las palabras que de repente se le habían escapado.
—De nada —respondió él, y por primera vez algo parecido a una sonrisa se asomó en sus labios. Luego se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejándola con el corazón latiendo a mil por hora.
Daviannys se quedó allí, inmóvil, sintiendo todavía el calor de las manos de ese desconocido en su cintura. Camila apareció a su lado, jadeando. —¿Qué fue eso? ¿Te caíste? —Sí, pero... —Daviannys miró hacia donde él había desaparecido, y sintió que algo se encendía en su pecho. Algo que no sabía si era peligro o promesa.
Esa noche, mientras el eco de la música se desvanecía, Daviannys no podía dejar de pensar en él. No sabía su nombre, no sabía nada de él, pero sabía que quería volver a verlo. Y por primera vez en mucho tiempo, el viaje que Leandro quería imponerle se volvió una sombra aún más indeseable. Porque había encontrado una razón para quedarse.
Y esa razón tenía una mirada fría y unas manos que la habían sostenido en el momento exacto en que todo parecía caerse.