Chapter 3
Capítulo 3: El peso del recuerdo
Juan Carlos lleva a Isi a una habitación con objetos del pasado para ayudarla a recordar el incendio. Isi revive fragmentos traumáticos y descubre que su madre podría estar involucrada. La tensión entre ellos crece cuando Juan Carlos muestra vulnerabilidad, y el capítulo termina con Isi enfrentando una decisión crucial.
La noche fue larga para Isi. Después de que Juan Carlos se llevara los platos vacíos, ella se quedó despierta, mirando el techo agrietado. El nombre de Lucía resonaba en su mente como un eco doloroso. Su hermana. La persona que había muerto en el incendio. Y ella, Isidora Ortiz, era la única que podía dar respuestas.
Pero los recuerdos seguían siendo un muro infranqueable. Cada vez que intentaba penetrarlo, solo encontraba sombras y fragmentos inconexos: el olor a humo, el calor del fuego, el sonido de cristales rompiéndose. Nada más.
A la mañana siguiente, Juan Carlos apareció con una bandeja de desayuno: pan fresco, mermelada y un vaso de leche. Isi lo miró con desconfianza, pero el hambre pudo más.
—Hoy haremos algo diferente —dijo él, sentándose frente a ella—. Te llevaré a otra habitación.
—¿Por qué? —preguntó Isi, mordiendo el pan.
—Porque ahí hay cosas que pueden ayudarte a recordar. Objetos de aquella época. Fotografías.
Isi sintió un nudo en el estómago. La idea de enfrentarse a su pasado la aterraba, pero también sabía que era la única manera de salir de allí. Asintió en silencio.
Juan Carlos la ayudó a levantarse. Sus manos eran firmes pero no bruscas, y por un momento Isi sintió algo parecido a la seguridad. Pero enseguida recordó quién era él y por qué estaba allí, y el sentimiento se desvaneció.
Caminaron por un pasillo angosto, hasta llegar a una puerta de madera oscura. Juan Carlos sacó una llave del bolsillo y la abrió. La habitación era pequeña, con una mesa en el centro y una lámpara de luz tenue. Sobre la mesa había varios objetos: una muñeca de trapo, un libro infantil, una fotografía en blanco y negro.
—Siéntate —dijo Juan Carlos, señalando una silla.
Isi obedeció, sus ojos fijos en la fotografía. Mostraba a dos niñas pequeñas, de unos diez y seis años, abrazadas frente a una casa de campo. La más pequeña se parecía a ella, aunque no podía estar segura.
—Esa eres tú —dijo Juan Carlos, señalando a la niña de seis años—. Y esa —añadió, señalando a la otra— es Lucía, mi hermana.
Isi sintió que el aire se volvía pesado. Lucía. La hermana muerta. La niña de la fotografía sonreía, con el pelo recogido en dos coletas y los ojos brillantes. No parecía alguien que fuera a morir en un incendio.
—¿Éramos amigas? —preguntó Isi, sin apartar la mirada.
—Erais vecinas. Vivíais en la misma calle. Lucía te cuidaba cuando tu madre trabajaba. Eras como una hermana pequeña para ella.
Isi tragó saliva. No recordaba nada de eso. Era como si le estuvieran contando la historia de otra persona.
—Toma la muñeca —dijo Juan Carlos—. Era tuya. Lucía me dijo que no la soltabas nunca.
Isi extendió la mano y tocó la muñeca de trapo. La tela era áspera, desgastada, y olía a polvo y a tiempo. Al sostenerla, sintió un escalofrío que le recorrió el brazo. Y entonces, como un fogonazo, una imagen cruzó su mente.
—Estaba jugando en el jardín —susurró—. Había flores. Y alguien me llamaba.
—¿Quién? —preguntó Juan Carlos, inclinándose hacia adelante.
—No lo sé. Una voz de mujer. Pero no era mi madre.
—Sigue —la animó él.
Isi cerró los ojos, apretando la muñeca contra su pecho. La imagen se hizo más nítida: un jardín soleado, un columpio, y una mujer joven con el pelo castaño que la llamaba desde la puerta. La mujer sonreía, pero en sus ojos había algo triste.
—Era Lucía —dijo Isi, abriendo los ojos de golpe—. Te juro que la vi. Me llamaba para merendar.
Juan Carlos asintió, con una expresión que mezclaba esperanza y dolor.
—Sigue así. Estás recordando.
Isi tomó el libro infantil. Era una edición vieja de cuentos de hadas, con las páginas amarillentas. Al abrirlo, encontró una dedicatoria escrita a mano: "Para Isi, con todo mi cariño, Lucía".
—Siempre te leía cuentos antes de dormir —dijo Juan Carlos—. Cuando tu madre trabajaba hasta tarde, Lucía se quedaba contigo.
Isi sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No sabía por qué, pero la historia de aquella niña y su cuidadora la conmovía hasta lo más profundo. Pero también sentía rabia. Rabia por no recordar, por haber perdido esos momentos.
—¿Qué pasó la noche del incendio? —preguntó, con la voz temblorosa.
Juan Carlos se quedó en silencio un momento. Luego se sentó frente a ella, apoyando los codos en la mesa.
—Era un viernes por la noche. Tú tenías once años. Lucía te había llevado al cine y luego os quedasteis en su casa viendo una película. Algo pasó, un cortocircuito, un descuido... Nadie sabe exactamente cómo empezó. Pero el fuego se extendió rápido.
Isi cerró los ojos, tratando de visualizar la escena. Y entonces, como si una compuerta se abriera, los recuerdos llegaron en tropel.
—Estaba en el sofá —dijo, respirando con dificultad—. Lucía me había puesto una manta. Olía a palomitas. Y luego... el humo. No veía nada. Ella me tomó de la mano y me llevó hacia la puerta.
—¿Y qué pasó después? —preguntó Juan Carlos, con urgencia.
—Había mucho ruido. Cristales rompiéndose. Alguien gritaba. Y luego... luego sentí que me empujaban hacia fuera. Caí al suelo. Cuando me giré, vi a Lucía... estaba en el umbral, pero no podía salir. Algo la sujetaba.
Juan Carlos se puso pálido.
—¿Qué la sujetaba?
—No lo sé. Había una sombra, una figura. Y luego el techo se derrumbó.
Isi abrió los ojos, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Juan Carlos estaba inmóvil, con el rostro desencajado.
—¿Viste a alguien más? —preguntó, casi en un susurro.
—No... no estoy segura. Pero había alguien. Alguien que no debía estar allí.
Juan Carlos se levantó de golpe, derribando la silla. Comenzó a pasearse por la habitación, las manos temblorosas.
—Lo sabía —murmuró—. Sabía que no fue un accidente.
Isi lo observaba, confundida y asustada. Nunca lo había visto tan alterado.
—¿Qué quieres decir?
—Que alguien provocó el incendio. Y esa persona está relacionada contigo, Isi. Con tu familia.
La palabra "familia" cayó como una losa. Isi pensó en su madre, en su rostro serio y en sus silencios. Siempre había sido reservada, pero ¿hasta ese punto?
—Mi madre no tuvo nada que ver —dijo, pero su voz sonó insegura.
—¿Estás segura? —preguntó Juan Carlos, deteniéndose frente a ella—. ¿Segura de que no sabía algo?
Isi quería gritar que sí, pero la duda la paralizó. Recordó las veces que su madre evitaba hablar del pasado, las preguntas que quedaban sin respuesta. Y un miedo frío se instaló en su pecho.
—Necesito tiempo —dijo, en voz baja—. Necesito pensar.
Juan Carlos asintió, recuperando la compostura.
—Está bien. Pero no tengas duda de que buscaremos la verdad, cueste lo que cueste.
Salió de la habitación, dejando a Isi sola con los objetos del pasado. La muñeca de trapo seguía en sus manos, y al mirarla, sintió que el recuerdo de Lucía la envolvía como un abrazo.
Pero también sintió que algo más se agitaba en su interior. Una sospecha que no se atrevía a formular. ¿Y si su madre sabía más de lo que decía? ¿Y si ella misma, Isidora Ortiz, era parte de algo que no comprendía?
La tarde cayó lentamente, y Isi se quedó en la habitación, mirando la fotografía de las dos niñas. Una de ellas había muerto. La otra estaba secuestrada. Y entre ambas, un incendio que lo había cambiado todo.
Cuando Juan Carlos regresó, traía una vela encendida. La colocó en el centro de la mesa y se sentó frente a ella.
—Esta noche quiero que intentes algo —dijo—. Quiero que mires la llama y pienses en la última vez que viste el fuego.
Isi obedeció, fijando la mirada en la pequeña llama danzante. Al principio no pasó nada, pero luego, poco a poco, la imagen del incendio regresó. Vio el techo derrumbarse, el humo negro, y a Lucía, con los brazos extendidos, tratando de alcanzarla.
—Te quiero, Isi —oyó decir a Lucía, con una voz quebrada—. Cuida de ti.
Isi quiso responder, pero no pudo. La imagen se desvaneció, y cuando abrió los ojos, las lágrimas corrían por su rostro.
—La vi —dijo, entre sollozos—. Me dijo que la cuidara.
Juan Carlos la tomó de la mano, y por un instante, Isi sintió que no era su secuestrador, sino un aliado en medio de la tormenta.
—Vamos a descubrir la verdad —dijo él—. Te lo prometo.
Pero Isi sabía que la verdad, a veces, era más peligrosa que la mentira. Y mientras la vela seguía ardiendo, ella se preguntó si estaba lista para enfrentarla.
El capítulo termina con Isi mirando la fotografía de Lucía, mientras en el fondo, una pregunta sin respuesta late en su pecho: ¿y si su madre era la responsable?