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Chapter 2

Capítulo 2

Isi despierta al día siguiente y Juan Carlos le ofrece un trato: si coopera y se mantiene tranquila, recibirá mejores condiciones. Isi intenta negociar y descubre que su captor busca información sobre un incendio ocurrido años atrás. Isi no recuerda nada, pero Juan Carlos insiste en que ella es clave. La tensión crece cuando Isi pregunta por qué él la eligió a ella, y Juan Carlos revela que su madre también está involucrada. Isi se niega a creerlo, pero el miedo la invade. El capítulo termina con Juan Carlos prometiendo mostrarle pruebas al día siguiente.

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Isi despertó con el cuello tieso y las muñecas doloridas. La luz artificial de la habitación seguía encendida, sin ventanas que marcaran la diferencia entre el día y la noche. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada, y vio a Juan Carlos sentado en la misma silla, con el cuaderno negro en las manos.

—Buenos días —dijo él, sin levantar la vista—. Dormiste bien.

No era una pregunta, sino una afirmación. Isi sintió un escalofrío. ¿La había estado observando mientras dormía? La idea le revolvió el estómago.

—¿Cuánto tiempo pasó? —preguntó, con la voz ronca.

—Ocho horas aproximadamente. Son las siete de la mañana.

Siete de la mañana. Su madre ya estaría preocupada. Llamaría a la policía, pondría fotos suyas en las noticias. Isi imaginó a su madre llorando frente al teléfono, y un nudo se formó en su garganta.

—Necesito ir al baño —dijo, tratando de sonar firme.

Juan Carlos asintió y se levantó. Sacó una llave del bolsillo y se acercó a la silla. Con movimientos precisos, cortó las cuerdas de sus muñecas y tobillos. Isi frotó sus marcas rojas, sintiendo la sangre circular de nuevo.

—El baño está al final del pasillo. No intentes nada estúpido —advirtió él, señalando una puerta que Isi no había notado antes.

Isi se levantó con cuidado, las piernas entumecidas. Caminó hacia la puerta, sintiendo la mirada de Juan Carlos en la espalda. El pasillo era estrecho, con paredes de concreto gris y una sola bombilla que colgaba del techo. Encontró el baño, un espacio pequeño con un lavabo, un inodoro y un espejo roto. Se miró en el cristal agrietado y vio a una chica de dieciséis años con el pelo revuelto y los ojos hinchados de tanto contener las lágrimas.

—Tranquila, Isi —se susurró a sí misma—. Vas a salir de esta.

Hizo lo que tenía que hacer y regresó al cuarto. Juan Carlos la esperaba con un vaso de leche y un plato de galletas.

—Desayuna —dijo, empujando la comida hacia ella—. Hoy tenemos mucho que hacer.

Isi tomó el vaso con desconfianza. Bebió un sorbo; la leche estaba tibia, casi dulce. No sabía si estaba envenenada, pero en ese momento no le importaba. Tenía hambre y sed.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, mordiendo una galleta.

—Hablar —respondió Juan Carlos, sentándose frente a ella—. Necesito que entiendas por qué estás aquí.

Isi levantó una ceja. Por fin iba a obtener respuestas. Dejó la galleta a medio comer y lo miró fijamente.

—Estoy escuchando.

Juan Carlos suspiró, como si estuviera reuniendo fuerzas. Abrió el cuaderno negro y hojeó varias páginas hasta encontrar una en particular.

—Hace cinco años, hubo un incendio en un edificio de apartamentos en el centro de la ciudad. ¿Recuerdas algo de eso?

Isi frunció el ceño. Incendio... la palabra le provocó un eco lejano, confuso. Sacudió la cabeza.

—No, no me acuerdo. Tenía once años.

—Once años —repitió Juan Carlos, como si saboreara la palabra—. Pero estuviste allí, Isi. Tú y tu madre vivían en ese edificio.

Isi sintió que el estómago se le encogía. Su madre nunca le había hablado de un incendio. Se mudaron varias veces cuando era niña, siempre a barrios más baratos, pero su madre nunca dio explicaciones.

—No es cierto —dijo Isi, con la voz temblorosa—. Mi madre nunca mencionó nada.

Juan Carlos la miró con una mezcla de lástima y determinación.

—Tu madre no quería que recordaras. Pero yo sí necesito que recuerdes. En ese incendio, murió una persona. Y tú fuiste la única testigo.

La habitación pareció encogerse. Isi sintió que el aire se volvía pesado, que las paredes se acercaban. Negó con la cabeza, más para convencerse a sí misma que a él.

—No puede ser. Estás mintiendo. No me acuerdo de nada.

—Por eso estás aquí —dijo Juan Carlos, cerrando el cuaderno—. Para que recuerdes. Y cuando lo hagas, me contarás todo.

Isi se levantó de un salto, la silla cayendo al suelo con un ruido metálico.

—¡No pienso ayudarte! ¡No sé nada! ¡Suéltame!

La impulsividad se desbordó. Corrió hacia la puerta, pero Juan Carlos fue más rápido. La atrapó por el brazo con una fuerza que la sorprendió, y la empujó de vuelta a la silla.

—Cálmate —dijo, con voz firme pero no violenta—. Gritar no te servirá de nada. Nadie te oirá.

Isi forcejeó, intentando soltarse, pero él la sujetaba con firmeza. Finalmente, se rindió, jadeando, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas.

—¿Por qué haces esto? —preguntó, casi suplicando—. ¿Qué ganas con tenerme aquí?

Juan Carlos soltó su brazo y dio un paso atrás. Su expresión se suavizó por un instante, como si la pregunta le hubiera tocado algo profundo.

—Necesito justicia —respondió—. La persona que murió en ese incendio era importante para mí. Y la única forma de conseguirla es que tú hables.

—Pero si no me acuerdo...

—Te acordarás —la interrumpió—. He investigado. Hay técnicas, ejercicios, que pueden ayudarte a recuperar recuerdos bloqueados. Trabajaremos juntos en eso.

Isi se quedó en silencio, procesando la información. Su captor no era un loco al azar; tenía un plan, un objetivo. Y ella era la pieza clave. Pero eso no hacía las cosas más fáciles.

—¿Y si no quiero cooperar? —preguntó, desafiante—. ¿Qué harás? ¿Golpearme? ¿Matarme?

Juan Carlos negó con la cabeza.

—No soy un monstruo. No te haré daño físico. Pero sí haré que tu estancia aquí sea lo más incómoda posible hasta que decidas colaborar.

Isi sintió un escalofrío. Prefería los golpes a la tortura psicológica. Su madre siempre decía que su fortaleza era su mente, pero también su debilidad.

—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí? —preguntó, en un tono más bajo.

—El tiempo que sea necesario. Días, semanas, meses. Hasta que recuerdes.

—Mi madre te buscará. La policía te encontrará.

—Tu madre no sabe nada —dijo Juan Carlos, y por primera vez su voz tuvo un dejo de tristeza—. Y la policía... digamos que tengo amigos en lugares altos.

Isi sintió que el mundo se desmoronaba. Estaba sola, atrapada, y su captor parecía tener todo bajo control. Pero en algún lugar de su pecho, la rebeldía seguía ardiendo.

—Está bien —dijo, tragando saliva—. Te ayudaré. Pero quiero algo a cambio.

Juan Carlos levantó una ceja, sorprendido.

—¿Qué?

—Quiero poder escribirle una carta a mi madre. Para que sepa que estoy viva.

El hombre la observó largamente, evaluando la propuesta. Finalmente, asintió.

—Puedo permitir eso. Pero la leeré antes de enviarla.

—Me parece bien —dijo Isi, aunque por dentro sentía que acababa de hacer un pacto con el diablo.

Juan Carlos sacó una hoja de papel y un bolígrafo del bolsillo y se los tendió. Isi los tomó con manos temblorosas. Apoyó el papel en la rodilla y empezó a escribir.

"Mamá: Estoy bien. No te preocupes. Pronto estaré en casa. Te quiero mucho. Isi."

Era corta, pero decía lo suficiente. Le pasó la nota a Juan Carlos, quien la leyó con atención.

—Está bien —dijo, guardándola—. La enviaré hoy.

Isi asintió, sintiendo un pequeño alivio. Al menos su madre sabría que seguía viva.

—Ahora —continuó Juan Carlos—, empecemos con el trabajo. Quiero que cierres los ojos y pienses en el edificio donde vivías a los once años. ¿Recuerdas algo? ¿El color de las paredes? ¿El olor?

Isi obedeció, cerrando los ojos. Trató de concentrarse, de buscar en su memoria algún fragmento de esa época. Pero solo encontró un vacío oscuro, como un agujero negro en su pasado.

—No... no recuerdo nada —dijo, frustrada—. Es como si no hubiera existido.

—Sigue intentándolo —insistió Juan Carlos—. A veces los recuerdos están enterrados, pero no perdidos.

Isi respiró hondo y volvió a intentarlo. Esta vez, una imagen fugaz cruzó su mente: una llama, ruido de cristales rotos, y el llanto de alguien. Abrió los ojos sobresaltada, el corazón latiéndole con fuerza.

—Vi algo —susurró—. Fuego... y alguien llorando.

Juan Carlos se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con intensidad.

—¿Quién lloraba? ¿Un hombre? ¿Una mujer?

—No sé —dijo Isi, pasándose una mano por el pelo—. Fue muy rápido.

—Está bien —dijo Juan Carlos, recostándose—. Es un comienzo. Mañana continuaremos.

Isi asintió, agotada. La mente le pesaba, como si hubiera corrido una maratón. Juan Carlos se levantó y se dirigió a la puerta.

—Voy a buscar algo de comer —dijo—. Quédate aquí.

Salió y cerró la puerta con llave. Isi se quedó sola, mirando la pared gris. El recuerdo del fuego seguía ardiendo en su mente, y por primera vez, sintió que quizás su captor tenía razón. Tal vez había algo enterrado en su pasado, algo que necesitaba salir a la luz.

Pero también sintió miedo. Porque si recordaba, ¿qué más descubriría? Y si lo que encontraba era peor que estar secuestrada, ¿valdría la pena?

La puerta se abrió de nuevo y Juan Carlos entró con dos platos de sopa humeante. Colocó uno frente a ella y otro en su lugar.

—Come —dijo—. Necesitas fuerzas.

Isi tomó la cuchara y probó la sopa. Estaba caliente, sabrosa, con trozos de pollo y verduras. Comió en silencio, mientras su mente seguía dando vueltas.

—Juan Carlos —dijo, después de un rato—. ¿Por qué yo? ¿Por qué no buscas a otro testigo?

Él dejó la cuchara y la miró con una seriedad que la heló.

—Porque no hay otros. Todos los que estaban esa noche murieron en el incendio. Todos menos tú.

Isi sintió que la sopa se le revolvía en el estómago. Todos muertos. Y ella, la única superviviente, no recordaba nada. ¿Qué clase de ironía era esa?

—¿Quién era la persona que murió? —preguntó, casi sin atreverse a hacerlo.

Juan Carlos bajó la mirada, y por un instante, Isi vio una grieta en su fachada de control.

—Era mi hermana —dijo en voz baja—. Se llamaba Lucía.

El nombre quedó flotando en el aire, cargado de dolor. Isi no supo qué decir. ¿Cómo consuelas a tu secuestrador? Así que se limitó a seguir comiendo, mientras el silencio se instalaba entre ellos.

—Mañana te mostraré algo —dijo Juan Carlos al cabo de un rato, levantándose—. Algo que te ayudará a recordar.

Salió de la habitación, dejando a Isi sola con sus pensamientos. La sopa se enfriaba en el plato, pero ella ya no tenía apetito. Solo sentía el peso de la noche que caía, y la promesa de un mañana que traería más preguntas que respuestas.

Pero en algún lugar de su pecho, la rebeldía seguía ardiendo. Y esa llama, por pequeña que fuera, era lo único que la mantenía viva.

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