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Chapter 1

Capítulo 1

Isidora Ortiz, una chica de 16 años con carácter rebelde e impulsivo, es secuestrada por Juan Carlos Cárdenas, quien la lleva a una habitación aislada. Isi intenta controlar su rebeldía mientras enfrenta la incertidumbre de su captor, quien guarda un misterio.

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El sol de la tarde caía sobre las calles de la ciudad como un manto dorado, pero Isidora Ortiz no tenía tiempo para admirarlo. Con sus dieciséis años a cuestas, caminaba con paso rápido, mordiéndose el labio inferior, ese gesto que siempre delataba su impaciencia. Llevaba el cabello recogido en una coleta desordenada y los ojos, de un verde intenso, escudriñaban cada rincón como si esperara una emboscada.

—No debiste venir sola —murmuró para sí misma, pero ya era tarde para arrepentimientos.

Había desobedecido a su madre una vez más. La discusión había sido tan absurda como todas las anteriores: por qué llegaba tarde, por qué no estudiaba, por qué se juntaba con amigos que no aprobaba. Isi había salido dando un portazo, sintiendo que el mundo entero estaba en su contra. Ahora, mientras caminaba por una calle poco transitada, empezaba a pensar que quizás su madre tenía razón en algo.

El ruido de un motor la sobresaltó. Un coche gris, sin placas visibles, se detuvo a su lado. Isi frunció el ceño, lista para soltar algún improperio si el conductor osaba decirle algo. Pero no hubo palabras. Solo un brazo firme que la tomó por la cintura, una tela húmeda contra su nariz, y un olor dulzón que le nubló los sentidos.

Despertó en una habitación pequeña, con paredes de concreto sin pintar y una única ventana alta, demasiado pequeña para escapar. La luz era tenue, proveniente de una lámpara de escritorio que descansaba sobre una mesa de madera vieja. Isi parpadeó varias veces, sintiendo la cabeza pesada como si la hubieran llenado de plomo.

—¿Qué...? —intentó hablar, pero su voz salió ronca, apenas un susurro.

—Tranquila —dijo una voz masculina, calmada, casi profesional.

Isi giró la cabeza con esfuerzo. Un hombre estaba sentado en una silla al otro lado de la habitación. Tendría unos treinta años, el cabello oscuro peinado hacia atrás, y una barba bien recortada que le daba un aire serio, casi de ejecutivo. Vestía una camisa blanca de manga larga, sin corbata, y pantalones negros. Sus ojos, de un color indefinido entre gris y azul, la observaban con una frialdad que helaba la sangre.

—¿Quién eres? —preguntó Isi, tratando de incorporarse. Las muñecas le dolían; se dio cuenta de que estaba atada a una silla de metal con cuerdas gruesas.

—Juan Carlos Cárdenas —respondió el hombre, como si eso lo explicara todo.

El nombre no le decía nada. Isi apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia comenzaba a burbujear dentro de ella. Quería gritar, patalear, soltar todos los insultos que conocía. Pero algo en la mirada de aquel hombre la detuvo. No era miedo exactamente; era una sensación extraña de que cualquier movimiento brusco podía empeorar las cosas.

—¿Qué quieres de mí? —logró articular, con una calma que no sentía.

—Eso no importa ahora —dijo Juan Carlos, levantándose con lentitud. Caminó hacia ella, y cada paso resonaba en el silencio de la habitación. Isi notó que llevaba guantes negros, finos, como los que usan los cirujanos o los criminales que no quieren dejar huellas.

Se detuvo frente a ella, a menos de un metro de distancia. Isi sostuvo su mirada, negándose a bajar la vista. Había aprendido desde pequeña que mostrar debilidad era el peor error que podía cometer. Su padre se lo había enseñado, antes de irse y no volver.

—Eres más valiente de lo que esperaba —comentó Juan Carlos, con un tono que casi sonaba a aprobación.

—¿Y eso es malo para ti? —desafió Isi, con una sonrisa torcida.

El hombre no respondió. Dio media vuelta y regresó a su silla, donde tomó un cuaderno de tapas negras y un bolígrafo. Empezó a escribir algo, ignorándola por completo. Isi sintió que la sangre le hervía. No soportaba que la ignoraran; era peor que los gritos o los golpes.

—Oye, no me dejes aquí como si nada —exclamó, moviendo la silla en un intento de llamar su atención—. ¡Contesta cuando te hablo!

Juan Carlos levantó la vista, y por un instante, Isi vio algo parecido a la paciencia en sus ojos. Pero también una advertencia.

—Cuanto más grites, más tiempo pasarás aquí —dijo con calma—. Si cooperas, esto será más llevadero.

Isi abrió la boca para replicar, pero se detuvo. Recordó las palabras de su madre: «Esa boca te va a meter en problemas, Isi». Quizás por una vez debería escuchar. Pero era tan difícil... La impulsividad era como un fuego dentro de ella, imposible de apagar.

—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó, esta vez en un tono más bajo.

—Por ahora, quedarte quieta y callada —respondió él, volviendo a su escritura.

Pasaron los minutos, quizás horas. Isi perdió la noción del tiempo en esa habitación sin ventanas que dieran al exterior. Solo el tic-tac de un reloj que no veía marcaba el paso de los segundos. Juan Carlos no se movía de su silla, escribiendo de vez en cuando, mirándola en ocasiones con una intensidad que la hacía sentir desnuda.

Isi intentó controlarse. Cerró los ojos y respiró hondo, una técnica que su terapeuta le había enseñado después de aquella pelea en la escuela. Contar hasta diez. Pensar antes de actuar. Pero era difícil cuando las cuerdas le rozaban las muñecas y la incertidumbre le royera las entrañas.

Decidió observar a su captor. Juan Carlos no parecía un criminal común. No tenía tatuajes, no olía a alcohol ni a tabaco, y sus movimientos eran precisos, casi elegantes. ¿Qué podía querer de una chica de dieciséis años? No era rica, su familia no tenía dinero para un rescate. Su madre era enfermera, apenas llegaba a fin de mes.

—¿Sabes? —dijo Isi, rompiendo el silencio—. No pareces un secuestrador.

Juan Carlos dejó el bolígrafo y la miró con una curiosidad que no había mostrado antes.

—¿Y cómo se supone que debe ser un secuestrador? —preguntó.

—No sé... más tosco, más violento. Tú eres como... un profesor aburrido.

Él soltó una risa breve, seca, que no llegó a sus ojos.

—Interesante observación. Pero te aseguro que no soy profesor.

—Entonces, ¿qué eres? —insistió Isi, aprovechando que él parecía dispuesto a hablar.

—Alguien que necesita algo de ti —respondió, críptico.

—¿Y qué es? Dímelo y quizás te ayude.

Juan Carlos negó con la cabeza.

—No es tan sencillo. Primero, tienes que aprender a controlar esa rebeldía tuya. Es peligrosa, para ti y para otros.

Isi sintió un escalofrío. ¿Cómo sabía él cómo era ella? ¿La había estado siguiendo? La idea la inquietó más que estar atada.

—¿Me has estado vigilando? —preguntó, con un nudo en la garganta.

—Digamos que sé más de ti de lo que crees —respondió Juan Carlos, y volvió a su cuaderno.

El silencio se instaló de nuevo. Isi se mordió el labio, tratando de procesar lo que estaba pasando. Estaba secuestrada, atada, y su captor parecía conocerla mejor que ella misma. ¿Qué clase de pesadilla era esa?

—Tengo hambre —dijo al cabo de un rato, más por decir algo que por necesidad real.

Juan Carlos se levantó sin una palabra y salió por una puerta que Isi no había notado antes. En pocos minutos regresó con un vaso de agua y un plato con un sándwich. Lo colocó en el suelo, fuera de su alcance.

—Si prometes no gritar ni intentar nada estúpido, te desataré una mano para que comas.

Isi dudó. Su primera reacción fue aceptar, pero luego pensó en todas las películas que había visto donde el secuestrado aprovechaba para atacar al captor. ¿Podría ella hacerlo? No era fuerte, pero era rápida. Quizás si lo tomaba por sorpresa...

—Está bien —dijo, con la voz más dócil que pudo fingir—. No haré nada.

Juan Carlos la miró con escepticismo, pero se acercó y cortó la cuerda de su muñeca derecha con una navaja que sacó del bolsillo. Isi frotó su piel irritada, sintiendo el alivio de la libertad parcial. Luego tomó el sándwich y comió con lentitud, mientras su mente trabajaba a mil por hora.

—No pienses en escapar —dijo Juan Carlos, como si le leyera el pensamiento—. Esta habitación está aislada, no hay nadie cerca, y yo estoy entrenado para manejar situaciones como esta.

—¿Eres militar? —preguntó Isi, con la boca llena.

—Algo así.

Era evasivo, calculador. Isi sintió que cada palabra que decía era medida, que no se podía fiar de nada. Pero también notó que no la había lastimado, que le había dado de comer y beber. ¿Qué clase de secuestrador era aquel?

—¿Vas a matarme? —preguntó de repente, sin pensar.

La pregunta colgó en el aire como un cuchillo. Juan Carlos la miró largamente, y por un instante, Isi vio algo en sus ojos que no supo interpretar. ¿Tristeza? ¿Arrepentimiento? Luego, él apartó la mirada.

—Eso depende de ti —respondió al fin.

Isi sintió que el estómago se le revolvía. Dejó el sándwich a medio comer y apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla. Las lágrimas amenazaron con brotar, pero las contuvo. No, no iba a llorar. No delante de él.

—Quiero irme a casa —susurró, más para sí misma que para él.

Juan Carlos no respondió. Se levantó, recogió el plato y el vaso, y se dirigió a la puerta.

—Descansa —dijo sin mirarla—. Mañana será un día largo.

La puerta se cerró con un clic metálico, y Isi se quedó sola en la penumbra, atada a una silla, con el eco de sus propias palabras resonando en la mente. «¿Vas a matarme?». Y su respuesta: «Eso depende de ti».

Afuera, la noche caía sobre la ciudad, pero Isi no podía verla. Solo sentía el frío del concreto, el peso de la incertidumbre, y la certeza de que nada volvería a ser igual.

Pero en algún lugar de su pecho, la rebeldía seguía ardiendo. Y esa llama, por pequeña que fuera, era lo único que la mantenía viva.

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