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Chapter 2

Capítulo 2

Draven lleva a Sooha al refugio, pero la fiebre empeora y no tiene medicinas. Desesperado, busca ayuda y encuentra un médico de caridad que le da remedios. Sooha mejora lentamente, y Draven reafirma su amor y compromiso de protegerla.

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La noche se cerró sobre ellos como una manta mojada y pesada. Draven caminaba sin descanso, con Sooha apretada contra su pecho, sintiendo cada uno de sus débiles latidos como un tambor lejano que marcaba el ritmo de su propia angustia. Las calles, antes vacías, empezaban a poblarse de sombras que se movían con prisas, buscando refugio del frío que se colaba por cada rendija. Él no tenía prisa, solo una meta: llegar al refugio del que había oído hablar, un lugar donde daban sopa y mantas a los que no tenían nada.

Pero el camino se hacía eterno. Cada paso era un esfuerzo, y el peso de Sooha, aunque mínimo, se volvía una carga insoportable cuando el miedo le oprimía el pecho. La fiebre de la niña ardía contra su piel, un calor seco y peligroso que contrastaba con el frío de la noche. Draven le apartó el cabello de la frente, y notó que su piel estaba tan caliente que casi quemaba.

—Tranquila, pequeña. Ya casi llegamos —susurró, aunque no sabía si era a ella o a sí mismo a quien intentaba calmar.

Sooha no respondió. Su respiración era superficial, entrecortada, como si cada inhalación le costara un esfuerzo inmenso. Draven apretó el paso, esquivando un charco de agua sucia que reflejaba la luz amarillenta de una farola. El olor a humedad y basura lo envolvía, pero ya estaba acostumbrado. Lo que no podía soportar era el silencio de su hermana, aquella quietud que le helaba la sangre.

Finalmente, divisó el refugio. Era un edificio viejo, de ladrillos descoloridos, con una puerta de madera que parecía a punto de desmoronarse. Una luz tenue se filtraba por las ventanas, y se oían voces apagadas en el interior. Draven no dudó. Empujó la puerta con el hombro y entró.

El calor lo golpeó como una ola. Olía a sopa de verduras, a sudor y a humedad, pero era un calor que prometía alivio. Un hombre mayor, de barba canosa y ojos cansados, lo miró desde detrás de una mesa.

—Pasa, chico. Siéntate ahí —dijo, señalando un banco de madera junto a la pared—. ¿Qué le pasa a la pequeña?

—Tiene fiebre. Muy alta. No sé qué hacer —respondió Draven, con la voz rota por la desesperación.

El hombre se acercó y rozó la frente de Sooha con el dorso de la mano. Frunció el ceño.

—Está ardiendo. Necesita un médico, pero aquí no tenemos. Solo podemos darle algo caliente y una manta.

Draven sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor. Había caminado tanto, había esperado tanto, y ahora le decían que no podían hacer nada. Miró a Sooha, que yacía en sus brazos como un pétalo marchito, y una rabia sorda le quemó las entrañas. No podía perderla. No otra vez.

—Tiene que haber algo. Por favor —suplicó, sin importarle ya el orgullo.

El hombre negó con la cabeza, pero sus ojos se suavizaron.

—Puedo darte una manta y un poco de sopa. Y si quieres, hay una farmacia a unas calles de aquí. A veces dejan medicinas para los pobres. Pero tendrás que ir tú.

Draven dudó. No quería dejar a Sooha sola otra vez, pero si no conseguía algo para bajarle la fiebre, podría empeorar. La noche anterior la había dejado y casi la pierde. No podía repetir ese error. Pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados mientras ella se consumía.

—¿Puedes cuidarla mientras voy? —preguntó, con la voz temblorosa.

El hombre asintió.

—La vigilaré. Pero date prisa.

Draven depositó a Sooha en el banco, con cuidado de no despertarla. Le arregló la chaqueta raída y le acarició la mejilla. Ella no se movió. Una lágrima cayó sobre su rostro, y Draven la secó con el pulgar.

—Vuelvo enseguida, pequeña. Espérame.

Salió a la calle corriendo. La noche era más oscura ahora, y el frío le mordía la piel. Pero él no sentía nada más que el latido urgente de su corazón. Recorrió las calles como un animal acosado, buscando la farmacia que el hombre había mencionado. La encontró al final de una callejuela, con el cartel medio descolgado y la luz apagada. Pero en la puerta, un cartel escrito a mano decía: "Medicinas para necesitados. Toque el timbre".

Draven tocó. Una vez, dos veces, tres veces. Nada. El silencio se hacía pesado, y el miedo empezaba a trepar por su espalda. Volvió a tocar, con más fuerza, hasta que la puerta se abrió de golpe.

—¿Qué quieres a estas horas? —gruñó un hombre mayor, con gafas gruesas y bata blanca.

—Mi hermana tiene fiebre. Mucha fiebre. Necesito algo para bajarla, por favor —dijo Draven, jadeando.

El médico lo miró de arriba abajo. Vio su ropa sucia, sus ojos hundidos, sus manos temblorosas. Algo en su expresión se suavizó.

—Pasa —dijo, abriendo del todo la puerta.

El interior olía a medicamentos y a limpio. Draven se quedó quieto, sin atreverse a tocar nada, mientras el médico buscaba entre los estantes.

—Toma. Esto es paracetamol infantil. Disuélvelo en agua y dáselo cada seis horas. Y esto —añadió, entregándole una pequeña botella— es un jarabe para la tos. Si tiene mucha, dale una cucharada. Pero sobre todo, mantenla abrigada y que beba líquidos.

Draven tomó los medicamentos con manos temblorosas. Quería llorar de alivio, pero se contuvo.

—Gracias. No tengo dinero, pero...

—No hace falta —lo interrumpió el médico—. Ve con tu hermana. Y cuídala.

Draven asintió y salió corriendo de nuevo. El camino de vuelta se le hizo más corto, aunque el corazón le latía con fuerza. Cuando llegó al refugio, encontró a Sooha en el mismo lugar, envuelta en una manta gris. El hombre de la barba estaba sentado a su lado, vigilándola.

—Aquí estás —dijo—. Dale la medicina rápido.

Draven disolvió el paracetamol en un poco de agua tibia que le dieron y, con cuidado, levantó la cabeza de Sooha. Ella abrió los ojos un momento, vidriosos y perdidos, pero cuando reconoció a su hermano, un destello de consuelo cruzó su mirada.

—Bebe, pequeña. Te va a ayudar —susurró Draven, acercando el vaso a sus labios.

Sooha bebió a pequeños sorbos, tosiendo a veces, pero no se quejó. Cuando terminó, cerró los ojos y se dejó caer contra el pecho de Draven. Él la abrazó, sintiendo cómo el calor de la fiebre empezaba a ceder lentamente.

La noche avanzó lentamente. Draven no durmió. Se quedó despierto, acunando a Sooha, vigilando su respiración, tocándole la frente cada pocos minutos para comprobar si la fiebre bajaba. A su alrededor, otros sin techo dormían en esterillas, envueltos en mantas raídas. El refugio olía a sopa fría y a humanidad, pero a Draven le pareció el lugar más seguro del mundo.

Hacia la madrugada, Sooha abrió los ojos. Esta vez su mirada estaba más clara, más presente. Miró a Draven y sonrió, una sonrisa débil pero auténtica.

—Draven... —dijo, con la voz ronca pero firme.

—Estoy aquí, pequeña. Siempre estaré aquí —respondió él, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que las palabras no eran solo promesas vacías.

La fiebre había cedido. Sooha seguía débil, pero ya no ardía. Draven la abrazó con fuerza, sintiendo que el amor que había nacido la noche anterior se fortalecía, se volvía sólido como una roca. Sabía que el camino sería difícil, que aún habría noches de hambre y frío, pero también sabía que ya no caminaría solo. Y que nunca más dejaría que la oscuridad se llevara a la única luz que le quedaba.

Cuando el sol empezó a colarse por las ventanas polvorientas del refugio, Draven se levantó con Sooha en brazos. Buscó un rincón más resguardado, donde el calor del nuevo día pudiera alcanzarlos. Allí, mientras la ciudad despertaba, él y su hermana pequeña empezaron a escribir una nueva historia. Una historia de segundas oportunidades, de amor encontrado en el lugar más inesperado, y de la promesa de que, incluso en la adversidad, siempre hay un mañana.

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