Chapter 1
Capítulo 1
Draven, un adolescente de 16 años, y su hermana pequeña Sooha, de 2, quedan huérfanos tras un accidente y viven en la calle. Draven, frustrado por la debilidad de Sooha, la abandona un día de frío y hambre. Horas después, arrepentido, la encuentra colapsada y débil, la despierta con amor y la salva, prometiendo no dejarla nunca más.
La lluvia caía sobre la ciudad como un manto gris y frío, empapando las aceras y los cartones mojados que servían de cama a tantos. Draven, con apenas dieciséis años, apretaba los dientes mientras el viento helado le azotaba el rostro. A su lado, Sooha, una niña de dos años, temblaba envuelta en una chaqueta demasiado grande para ella. Sus grandes ojos oscuros miraban a su hermano con una mezcla de confianza y miedo, buscando en él el calor que el mundo les negaba.
—No llores más —murmuró Draven, pero su voz sonaba áspera, casi como un gruñido. No podía soportar el llanto constante de la pequeña. Cada lágrima suya era un recordatorio de su fracaso, de la impotencia que lo consumía. Desde que sus padres murieron en aquel accidente, todo había sido una lucha interminable. Él, que apenas sabía cuidar de sí mismo, tenía que mantener a salvo a una criatura que solo sabía llorar, tener hambre y tener frío.
Sooha se aferró a su pierna con sus manitas frías. Su carita, normalmente sonrosada, estaba pálida y sus labios, amoratados. Llevaban tres días sin probar un bocado caliente, y la fiebre comenzaba a brillar en sus mejillas como un fuego oculto.
—Draven... frío... —balbuceó, y su voz sonó tan débil que a Draven se le partió el alma, aunque no lo demostró.
—Ya lo sé —respondió él, apartándola con brusquedad—. Siempre tienes frío. Siempre lloras. ¿Por qué no puedes ser más fuerte?
La niña rompió a llorar de nuevo, un llanto desgarrador que se mezcló con el rumor de la lluvia. Draven sintió que la rabia le hervía por dentro. No era culpa de ella, lo sabía, pero no podía evitar sentir que todo el peso del mundo caía sobre sus hombros. Sooha solo era una bebé, pero él también lo había sido, y nadie lo había cuidado. ¿Por qué debía cargar con ella?
—Ya basta —dijo de repente, con una dureza que ni él mismo reconoció—. Quédate aquí. Voy a buscar algo de comer.
Mintió. No había comida en ninguna parte. Solo quería alejarse, aunque fuera por unos minutos. Necesitaba respirar, pensar, olvidar que existía aquella pequeña criatura que lo ataba a la vida y al sufrimiento. Dejó a Sooha bajo el alero de una tienda cerrada, donde la lluvia no la mojaba tanto, y se marchó sin mirar atrás.
Las calles estaban desiertas. El frío calaba hasta los huesos. Draven caminó sin rumbo, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón roto. Pasó junto a una panadería que despedía un aroma cálido a pan recién horneado. Se quedó un momento pegado al cristal, viendo las hogazas doradas detrás del escaparate. El hambre le retorció el estómago, pero no entró. No tenía dinero, y robar le parecía, por alguna razón, una traición a lo poco que le quedaba de dignidad.
Siguió andando, y el tiempo pasó sin que se diera cuenta. Una hora, quizá dos. La ciudad empezaba a encender sus luces, como pequeños soles artificiales que solo iluminaban la soledad de los que no tenían hogar. De repente, una imagen lo golpeó con la fuerza de un puñetazo: la carita de Sooha, sus ojos llenos de lágrimas, su voz diciendo su nombre. El arrepentimiento le cayó encima como un alud.
—¿Qué he hecho? —susurró, y su corazón empezó a latir con violencia.
Corrió. Corrió sin parar, esquivando charcos y peatones, con el pecho ardiendo y la garganta seca. Cada paso era una súplica silenciosa: que estuviera bien, que no se hubiera ido, que no le hubiera pasado nada. Llegó al lugar donde la había dejado y el mundo se detuvo.
Allí, bajo el alero, estaba Sooha. Pero no lloraba. No se movía. Estaba tumbada de lado, con los brazos extendidos, como una muñeca rota. Su piel, antes pálida, era casi transparente, y sus labios tenían un tono azulado. La lluvia había empapado el borde de su chaqueta, y una pequeña mancha de barro le manchaba la mejilla.
—¡Sooha! —gritó Draven, arrodillándose a su lado.
La tocó. Estaba fría, muy fría. Pero aún respiraba, con un hilo de aliento que apenas se notaba. La fiebre la había consumido, y el hambre la había dejado sin fuerzas. Draven la levantó con cuidado, sintiendo su peso insignificante en sus brazos. Era tan liviana, tan frágil... Como un pajarito caído del nido.
—Despierta, pequeña. Despierta, por favor —suplicó, con la voz quebrada.
Sooha no respondía. Draven la abrazó contra su pecho, tratando de transmitirle su propio calor. Le acarició el cabello mojado, le secó las lágrimas que aún brillaban en sus mejillas. Y entonces, sin saber cómo, comenzó a hablarle. No con aquella aspereza que usaba antes, sino con una dulzura que había olvidado que poseía.
—Lo siento, Sooha. Lo siento mucho. No debí dejarte sola. Eres mi hermana, mi única familia. No sé qué haría sin ti.
Las palabras salían solas, como si hubieran estado esperando el momento de ser dichas. Recordó cuando sus padres los llevaban al parque, cuando su madre reía y su padre lo cargaba en hombros. Recordó la promesa que se hizo a sí mismo el día del entierro: que protegería a Sooha pase lo que pase. Y la había roto. Por miedo, por debilidad, por egoísmo.
—Te prometo que nunca más te dejaré. Nunca más —repitió, apretándola con más fuerza.
Entonces, algo ocurrió. Un pequeño movimiento. Sooha abrió los ojos. Estaban vidriosos, perdidos, pero la miraron a él. Y luego, con un esfuerzo que parecía titánico, levantó una manita y tocó la mejilla de Draven.
—Draven... —susurró, y su voz sonó como un eco lejano.
Draven sintió que el mundo se volvía a poner en marcha. Las lágrimas, que había contenido durante tanto tiempo, rodaron por su rostro. No le importó parecer débil. Solo importaba que Sooha estuviera viva, que lo hubiera reconocido, que lo perdonara sin saber siquiera lo que significaba perdonar.
—Estoy aquí, pequeña. No te voy a dejar. Vamos a buscar un lugar caliente, ¿vale? Algo de comer. Todo va a estar bien.
Sooha cerró los ojos de nuevo, pero esta vez su respiración se volvió más regular. Draven se puso en pie con ella en brazos y empezó a caminar. Sabía de un refugio, no muy lejos, donde a veces daban sopa caliente y mantas. Nunca había ido, porque el orgullo se lo impedía. Pero ahora el orgullo no importaba. Lo único que importaba era la pequeña vida que llevaba entre los brazos.
La noche caía, pero una luz nueva comenzaba a brillar en el pecho de Draven. Una luz que había estado apagada desde la muerte de sus padres. El amor por su hermana, que había enterrado bajo capas de rabia y miedo, emergía con fuerza. Sabía que el camino sería difícil, que aún quedaban muchas noches frías y muchos días sin comer. Pero ya no estaría solo. Y Sooha tampoco.
Mientras se alejaba, la lluvia empezó a amainar, y entre las nubes se coló un rayo de sol del atardecer, como una promesa de que, incluso en los días más oscuros, siempre hay un poco de luz esperando.