Chapter 1
Capítulo 1: El despertar en la llanura
Elara despierta en una pradera desconocida, sola y desorientada. Al no encontrar señal de vida inteligente, decide dirigirse hacia las montañas lejanas en busca de un lugar elevado para hacer una fogata. Durante su viaje aprende a sobrevivir, y un año después, al borde de la sed, se desvía hacia el río para beber agua.
El sol no calentaba como debía. Esa fue la primera señal que Elara registró, incluso antes de abrir los ojos del todo: la luz atravesaba sus párpados con un tono anaranjado pálido, distinto al amarillo familiar de la Tierra. La hierba bajo su espalda era demasiado rígida, y el aire olía a polvo y a algo dulzón que no reconocía.
Se incorporó de golpe. La mochila quedó olvidada un instante mientras sus ojos recorrían el horizonte: una llanura interminable, sin postes de electricidad, sin caminos, sin una sola construcción. El cielo se extendía como una cúpula extraña, más vasto de lo que debería ser, como si el mundo entero hubiera sido estirado.
—No… —susurró, y la palabra se perdió en el silencio.
Sacó el teléfono del bolsillo. Sin señal, como esperaba. La batería marcaba un ochenta por ciento, pero eso no servía de nada si no había torres. Lo guardó y revisó la mochila: el almuerzo entero —un sándwich, una manzana, una barra de granola— y dos botellas de agua. Suficiente para una semana si racionaba bien.
Se puso de pie y escuchó. El viento silbaba bajo, pero debajo de ese sonido había otro: un rumor constante, líquido, que llegaba desde algún punto a su espalda. El río. Algo en su interior le dijo que nofuera hacia alla. Necesitaba altura, un lugar desde donde pudieran verla. Las montañas que se dibujaban en el horizonte, al lado opuesto del río, eran su única referencia.
—Allá voy —dijo en voz alta, y el sonido de su propia voz la tranquilizó un poco.
Caminó todo ese primer día con el sol en la cara. Cuando cayó la noche, el frío la golpeó como un látigo. No había árboles, solo matorrales bajos de hojas carnosas que al romperse soltaban un líquido amargo. Aprendió a exprimirlos contra la lengua para engañar la sed. La primera fogata la encendió con el encendedor que llevaba en un bolsillo lateral, usando hierba seca y ramas quebradizas. El fuego crepitó y bailó en la oscuridad una columna de humo visible a varios kilometros, pero nadie contesto.
Pasaron los días. El sándwich se acabó al tercero. La manzana, al cuarto. La barra de granola la partió en seis trozos y los estiró hasta el séptimo día. Después, solo quedaron las plantas. Algunas tenían raíces que sabían a zanahoria amarga; otras, unas bayas diminutas que la dejaron con náuseas durante horas. Aprendió a distinguir las que no la mataban.
Las montañas no se acercaban. Cada mañana parecían igual de lejanas, como si caminara sobre una cinta sin fin. El río, en cambio, seguía llamándola desde atrás. Podía escucharlo en las noches quietas, un murmullo constante que le recordaba que el agua existía, que no tenía por qué estar secándose la garganta.
Un año. Midió el tiempo por las lunas, que eran dos y se turnaban en el cielo, y por el frío que regresaba cíclicamente. Su ropa estaba desgastada, sus uñas partidas, su piel curtida por el viento. Había aprendido a cazar pequeños animales de seis patas que corrían veloces entre los matorrales, a encontrar agua en las raíces más profundas, a leer el viento como un mapa. Pero la soledad era un peso que crecía dentro de ella, a lo que vio un animal de dos patas grandes como elefante y ligeras como avestruz estaba sólo había visto su especie que corría como caballo salvaje en manada pero este estaba un poco herido y no podía caminar pensó que serviría como montura si lograba curarlo así que pasó la mitad del año ayudándolo a recuperarse
Una mañana, cuando despertó con la lengua pegada al paladar y los labios resquebrajados, tomó una decisión. Las montañas seguirían allí. El río no esperaba.
—Solo un desvío —murmuró, ajustando la mochila—. Para beber. Nada más.
Monto a vec, asi fue como llamó a la criatura y se dirigio hacia el sonido del agua. El terreno descendió suavemente, y pronto la hierba se volvió más verde, más tupida. El rumor se hizo más fuerte hasta convertirse en un rugido suave y constante. Y entonces lo vio: el río era ancho, de un azul profundo que reflejaba el cielo extraño, y a lo largo de su orilla, algo rompía la monotonía del paisaje.
Elara entrecerró los ojos. A unos cien metros, sobre la orilla, había una pila de piedras. No era un accidente natural: las rocas estaban colocadas con cuidado, una sobre otra, formando una pequeña torre que señalaba río abajo.
El corazón le dio un vuelco. Se acercó corriendo, casi cayendo al resbalar en la grava, y puso una mano sobre la piedra más alta. Estaba fría, firme. Alguien la había puesto allí.
—No estoy sola —dijo, y esta vez su voz tembló.
Se sentó junto al montículo de piedras y bebió del río hasta saciarse. Luego miró en la dirección que señalaban las rocas: río abajo, hacia donde el cauce se perdía en el horizonte. Algo la esperaba allí. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que aquella pila de piedras no se había formado sola.
Se levantó, ajustó la mochila y empezó a caminar siguiendo el cauce.