Chapter 2
Capítulo 2: La señal en las piedras
Elara regresa al campamento, recoge sus pocas pertenencias y montada en Vec sigue el río. Al encontrar el tercer montículo de piedras, comprende que no es casualidad y que el viaje será largo. Descubre un montículo especial con un mensaje oculto bajo una roca, y su condición mejora al encontrar un mapa y una tienda desmontable en un kit de supervivencia enterrado. Reafirma su decisión de seguir río abajo, consciente de que la civilización aún está muy lejos.
Elara volvió al campamento con el paso firme de quien ya no duda. Vec la seguía a unos pasos, sus patas largas levantando nubes de polvo que el viento dispersaba. La tienda improvisada de ramas y pieles seguía en pie, pero ella sabía que no volvería a dormir allí. Recogió la manta raída, el cuchillo de piedra que había tallado, el teléfono sin señal que guardaba como un talismán, y lo metió todo en la mochila. La comida era escasa: un puñado de raíces secas y el agua que había bebido en el río. Suficiente para unos días, no más.
—Vamos, Vec —dijo, y montó sobre el lomo de la criatura con un movimiento que ya le salía natural.
Vec emitió un sonido parecido a un resoplido y comenzó a caminar junto al río. El agua corría con una claridad que Elara no había visto en ningún río de la Tierra; el fondo de piedras brillaba como si estuviera iluminado desde dentro. A veces se detenía para beber, y Vec aprovechaba para mordisquear las hierbas altas de la orilla.
El primer montículo de piedras quedó atrás al cabo de una hora. El segundo apareció cuando el sol empezaba a declinar, otra torre cuidadosamente apilada que señalaba río abajo con la misma determinación. Elara desmontó y la examinó: las piedras eran lisas, de un color grisáceo, y estaban colocadas con una precisión que no dejaba lugar a dudas. Alguien había estado allí, alguien que quería que otros siguieran el camino.
—No es una casualidad —murmuró, y la frase sonó a promesa.
El tercer montículo la encontró al día siguiente. El terreno se había vuelto más accidentado, con pequeñas colinas que obligaban a rodearlas. Pero allí estaba, igual que los anteriores, como un faro de piedra en medio de la llanura. Esta vez, sin embargo, algo era diferente. Una de las rocas de la base era más grande que las demás, y tenía una grieta en un costado que parecía formar una especie de asa natural. Elara se agachó y tiró de ella. La piedra se movió con un raspado seco, y debajo apareció un hueco.
Su corazón se aceleró. Metió la mano con cuidado y tocó algo que no era tierra ni piedra. Al sacarlo, vio un trozo de tela impermeable, doblado varias veces sobre sí mismo. Lo desenrolló con dedos temblorosos y encontró un mapa. No era grande, apenas del tamaño de un folio, pero estaba dibujado con una precisión que le recordó a los planos de arquitectura que había visto en libros. El río aparecía como una línea azul gruesa, con marcas a sus lados: pequeños círculos, triángulos, y una X al final del recorrido, donde el cauce se ensanchaba en una cuenca. Había anotaciones en unos caracteres que no entendía, pero la dirección era clara: río abajo, siempre río abajo.
Debajo del mapa había una bolsa de tela que contenía algo más sólido. Elara la abrió y sacó una tienda de campaña desmontable, hecha de un material fino y resistente que pesaba menos que su chaqueta. La extendió y comprobó las varillas flexibles, los cierres, las estacas. Todo estaba en perfecto estado, como si lo hubieran dejado allí hacía días, no años. El kit incluía también una brújula pequeña. Algunas mantas y un encendedor de pedernal.
—Gracias —susurró, sin saber a quién dirigía las palabras. Apretó el mapa contra el pecho y sintió que algo se aflojaba dentro de ella. No estaba sola. Alguien había pasado por aquí, alguien había dejado esto para que ella lo encontrara. Y ese alguien había seguido el mismo camino.
Montó de nuevo en Vec y reanudó la marcha. Pero ahora, con el mapa en la mano, empezó a entender la verdadera escala de lo que tenía por delante. La línea del río se extendía hasta el borde del pergamino, y más allá, según los caracteres, había todavía cientos de kilómetros. A la velocidad de Vec, trotando sin prisas, calcular que tardaría meses. Quizás un año. Quizás más.
—La regla de la distancia —dijo en voz alta, y Vec movió las orejas como si escuchara—. Todo está siempre más lejos de lo que parece.
Recordó las montañas que había perseguido durante un año sin acercarse nunca. Recordó el río que había tardado doce meses en alcanzar, aunque su rumor la acompañara cada noche. Aquí pasaba lo mismo. La cuenca existía, el pueblo existía, pero estaban en algún lugar del horizonte, esperándola, y ella tendría que ganarse cada kilómetro.
Esa noche montó la tienda por primera vez, cerca del río, en una pequeña explanada protegida del viento. Le costó media hora entender cómo encajaban las varillas, pero cuando la tienda quedó erguida, con su forma de cúpula baja y su color gris que se mimetizaba con el paisaje, sintió una satisfacción que no experimentaba desde que había llegado a aquel mundo. Se sentó en la entrada, con el mapa extendido sobre las rodillas, y estudió las marcas una por una. Los círculos pequeños eran probablemente montículos como los que había encontrado. Los triángulos podían ser refugios o puntos de agua. Y las x podrían ser comida tal vez o algo peligroso...
Vec se tumbó a su lado, y ella apoyó la cabeza en el costado cálido de la criatura. El cielo se oscurecía lentamente, y la primera luna asomaba por el este, una esfera pálida que parecía un ojo abierto en la noche. La segunda luna saldría más tarde, más pequeña y más rojiza, como una brasa que se encendía en el firmamento.
—Mañana seguimos —dijo Elara, y la frase sonó menos a duda y más a promesa.
A la mañana siguiente desmontó la tienda con la misma facilidad con que la había montado, la guardó en la mochila junto al mapa y la brújula, y montó a Vec. El río seguía allí, ancho y azul, brillando bajo la luz extraña de aquel sol que no calentaba como debía. Las piedras del tercer montículo quedaron atrás, y Elara no miró hacia atrás.
Durante los días siguientes, el paisaje cambió lentamente. La llanura dio paso a colinas suaves, y las colinas a un valle estrecho donde el río se encajonaba entre paredes de roca rojiza. Elara encontraba montículos cada pocos kilómetros, siempre iguales, siempre señalando río abajo. A veces veía marcas en las piedras, garabatos que no entendía pero que copiaba en los bordes del mapa, por si más tarde alguien pudiera traducírselos.
Una tarde, cuando el sol se ponía tras las colinas, divisó algo que no esperaba: una estructura de piedra, medio derrumbada, en la orilla opuesta del río. Parecía una casa, o lo que había sido una casa. El agua era demasiado profunda para cruzarla a pie, y Vec no sabía nadar, así que se contentó con observarla desde lejos, preguntándose quién habría vivido allí, cuánto tiempo llevaba abandonada.
—Algún día volveré —dijo, y siguió adelante.
El mapa se desgastaba con el uso, las esquinas se doblaban y las líneas se emborronaban con el sudor de sus manos. Pero la dirección seguía clara. Elara ya no contaba los días. Medía el tiempo por las lunas, por las comidas, por los montículos que dejaba atrás. Cada uno era una victoria, una señal de que estaba en el camino correcto.
Vec trotaba con regularidad, y Elara se había acostumbrado al ritmo de sus pasos, al vaivén suave que la mecía como una canción de cuna. A veces hablaba con la criatura, contándole historias de la Tierra, de edificios altos y luces que nunca se apagaban, de océanos que no tenían fin. Vec escuchaba con las orejas erguidas, y Elara se sentía menos sola.
El viaje era largo, pero ya no era ciego. Tenía un mapa, un rumbo y una promesa de que al final del río la esperaba algo más que silencio.