Chapter 1
Capítulo 1: Bajo el Roble Ancestral
Yalina, una elfa curandera, pasea bajo la luna llena cuando encuentra a un elfo desconocido gravemente herido bajo un roble antiguo. Usa sus poderes curativos para salvarle la vida, y al despertar, el elfo, Iván, revela que es un príncipe exiliado que huye de algo siniestro. La luna se tiñe de rojo, presagiando peligro.
El primer aullido llegó desde las colinas del oeste, un lamento que heló la sangre de cualquier criatura que lo escuchara. Yalina se detuvo en medio del claro, el cabello rojo como llamas movido por una brisa que olía a ozono. La luna llena colgaba sobre ella como un ojo de plata, y por un instante supo que aquella noche no sería como las demás.
Dejó atrás el sendero de musgo que conocía de memoria y se internó entre los robles antiguos, aquellos cuyas raíces hundían sus recuerdos en la tierra desde antes de que los primeros elfos alzaran sus reinos. Las luciérnagas se apartaban a su paso, como si reconocieran en ella a la guardiana del bosque. Pero algo iba mal. Las estrellas temblaban en el cielo, y un aroma metálico, a sangre fresca, se mezclaba con el perfume de las flores nocturnas.
Lo encontró bajo el roble más grande del valle, un titán de ramas retorcidas que tocaban el cielo como dedos suplicantes. El elfo yacía de costado, la respiración entrecortada y desigual. Su cabello negro se extendía sobre las raíces como un charco de tinta, y una herida profunda le cruzaba el costado, desde las costillas hasta la cadera. La túnica oscura que vestía estaba desgarrada y empapada en un líquido que brillaba débilmente a la luz de la luna.
—¡Oh, Valinor! —murmuró Yalina, arrodillándose junto a él sin dudar.
Sus manos temblaron al tocar el borde de la herida. La piel del elfo estaba fría, demasiado fría para alguien vivo. Pero él seguía respirando, con un ritmo quebrado pero constante. Yalina cerró los ojos y dejó que su poder fluyera desde lo más profundo de su ser, una calidez dorada que emanaba de sus palmas y se derramaba sobre la carne abierta.
La luz brotó entre sus dedos como un río de miel. Sintió el momento exacto en que la magia encontró resistencia: algo oscuro se aferraba a la herida, algo que no era natural. Un veneno, quizá, o un hechizo de corrupción. Pero Yalina no retrocedió. Empujó su voluntad contra aquella sombra, sintiendo cómo le drenaba las fuerzas, cómo el bosque mismo respondía enviándole energía a través de las raíces bajo sus rodillas.
—No morirás aquí —susurró, y sus palabras eran tanto una promesa como un conjuro.
La herida comenzó a cerrarse lentamente, los bordes desgarrados volviendo a unirse como si el tiempo retrocediera. El color volvió al rostro del elfo, y un suspiro profundo escapó de sus labios. Yalina mantuvo las manos sobre él hasta que la última mancha de oscuridad se disipó, y entonces se dejó caer hacia atrás, agotada.
Pasaron varios minutos antes de que él abriera los ojos. Eran azules, de un azul tan oscuro que parecían casi negros bajo la luna. Parpadeó confundido, y su mirada encontró la de ella.
—¿Dónde…? —su voz era grave, rasposa, como si hubiera estado gritando—. ¿Quién eres?
—Me llamo Yalina —respondió ella, aún sin aliento—. Eres mi invitado, aunque no sé cómo llegaste aquí. Tu herida era grave. ¿Qué te atacó?
El elfo se incorporó lentamente, apoyándose en un codo. Miró la cicatriz recién formada en su costado, y luego a Yalina, con una mezcla de asombro y desconfianza.
—Nada que pueda nombrarse a la ligera —dijo, y su tono era cauteloso—. Soy Iván. Y te debo la vida.
—No me debes nada —replicó Yalina, poniéndose en pie con dificultad—. Pero deberías descansar. Hay un refugio a media hora de aquí.
Ivan negó con la cabeza, y en sus ojos se encendió una chispa de urgencia.
—No puedo quedarme. Quienes me hirieron aún me buscan. Si me encuentran aquí, también te encontrarán a ti.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que no lo hagan —dijo Yalina, y su voz no admitía réplica—. El bosque es mi hogar. Y nadie lastima a quienes llegan a él heridos.
Ivan la observó un largo momento. Algo en su mirada cambió, como si reconociera en ella una fuerza que no esperaba encontrar.
—Eres imprudente —dijo, pero en sus palabras había un dejo de admiración.
—Soy compasiva —corrigió ella—. Hay diferencia.
Iban a discutir más cuando la luna, de repente, se tiñó de un rojo profundo. Una sombra cruzó su disco, y el aire se volvió pesado, cargado de una energía que erizó el vello de la nuca de Yalina.
—Llegan —susurró Iván, poniéndose en pie de un salto, su cuerpo tenso como un arco listo para disparar—. Debemos irnos. Ahora.
Del bosque, al este, llegó un segundo aullido, más cercano que el primero. Y esta vez, no fue un lobo quien lo emitió.