Chapter 1
Capítulo 1: El Despertar Inesperado
Lirios despierta en un lugar familiar pero extrañamente ajeno, sin tecnología y con nombres de lugares diferentes. Conoce a Lizander, un joven carismático que se ofrece a ayudarla, y juntos comienzan a desentrañar el misterio de su llegada.
—¿Estás bien? —preguntó una voz masculina, cálida y cercana.
Abrí los ojos lentamente. El cielo sobre mí era de un azul intenso, salpicado de nubes algodonosas que se movían con una lentitud hipnótica. El aire olía a tierra húmeda y a flores silvestres, un aroma que conocía bien de los veranos en el campo, pero que aquí, en este preciso instante, me resultaba profundamente extraño.
Sentí el contacto de una mano en mi hombro y giré la cabeza. Un joven de cabello castaño claro y mirada penetrante me observaba con una mezcla de preocupación y curiosidad. Vestía una túnica de lino color marfil, ceñida a la cintura con un cinturón de cuero, y unos pantalones oscuros que se metían dentro de botas altas. No había rastro de tecnología: ni reloj, ni teléfono, ni auriculares. Solo él, yo, y el paisaje.
—¿Dónde estoy? —susurré, sintiendo que mi voz sonaba ajena, como si perteneciera a otra persona.
El joven sonrió, una sonrisa amable que iluminó su rostro.
—Estás en el valle de Althar, cerca del río Lumin. Me llamo Lizander. Te vi caer del sendero, como si hubieras tropezado con una raíz. ¿Te lastimaste?
Me incorporé apoyándome en los codos. El movimiento me hizo girar la cabeza. Todo a mi alrededor era... familiar, pero equivocado. Las colinas verdes, los árboles frondosos, el camino de tierra que serpenteaba entre ellos... Recordaba un lugar así, pero con nombres diferentes. En mi mundo, este valle se llamaba algo más, el río tenía otro nombre. Y la gente no vestía así, ni hablaba con ese tono pausado, casi poético.
—Lirios —dije, sin pensar—. Me llamo Lirios.
—Lirios —repitió él, saboreando la palabra—. Un nombre hermoso. Como la flor. Bienvenida a Althar, Lirios. ¿Vives cerca? No te había visto antes por estos caminos.
Negé con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle que no vivía cerca, que no vivía en este mundo? Que había despertado aquí sin saber cómo, sin recordar nada más que el instante anterior a abrir los ojos.
—No... no lo sé —respondí, y era la verdad más absoluta.
Lizander se arrodilló a mi lado, su presencia sólida y tranquilizadora.
—No temas. A veces, el camino nos lleva a lugares inesperados. ¿Necesitas ayuda para llegar a algún sitio? La aldea de Marisal está a media hora a pie. Allí hay posada, y gente amable que sabrá acogerte.
Su ofrecimiento era genuino, lo sentía en la calidez de su voz y en la forma en que mantenía la distancia justa, respetando mi espacio. Pero algo en su mirada me decía que sabía más de lo que aparentaba. Que mi aparición no le sorprendía del todo.
—Gracias —dije, poniéndome de pie con su ayuda—. Iré a Marisal.
Caminamos en silencio durante un rato. El sendero bordeaba el río, cuyo murmullo constante me resultaba hipnótico. A mi alrededor, todo era verde y dorado bajo el sol de la tarde. Pájaros cantaban en las ramas, y mariposas revoloteaban entre las flores. Era hermoso, sí, pero también aterrador. No había antenas, ni coches, ni señales de la civilización que conocía. Solo naturaleza, y la presencia de aquel desconocido.
—¿De dónde vienes, Lirios? —preguntó Lizander al cabo de un trecho, sin mirarme directamente, como si la pregunta fuera casual.
—De muy lejos —respondí, esquivando la respuesta—. De un lugar que no encontrarías en ningún mapa.
Él sonrió de nuevo, y por un instante, sus ojos brillaron con un destello de complicidad.
—Los mapas no siempre dicen la verdad. A veces, los lugares más importantes no están dibujados.
Llegamos a la aldea cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y rosa. Las casas eran de piedra y madera, con techos de paja y chimeneas humeantes. La gente nos miraba al pasar, algunos con curiosidad, otros con una sonrisa amable. No había prisa en sus pasos, ni tensión en sus rostros.
—Aquí —dijo Lizander, deteniéndose frente a una posada de fachada blanca y letrero de madera que rezaba «El Sueño del Viajero»—. La dueña, Elara, es una mujer sabia. Ella te ayudará.
Entramos. El interior olía a pan recién horneado y a hierbas secas. Una mujer de cabello plateado recogido en un moño nos observaba desde detrás de una mesa. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían ver más allá de las apariencias.
—Lizander —saludó, con una voz serena—. Veo que has traído a una visitante.
—Así es, Elara. Se llama Lirios y necesita un lugar donde quedarse.
La anciana me examinó de arriba abajo, y su mirada se detuvo en mis ropas, tan diferentes a las suyas. No dijo nada, pero asintió lentamente.
—Siéntate, muchacha. Te prepararé algo de comer.
Mientras Elara se movía por la cocina, Lizander se inclinó hacia mí y susurró:
—Pasaré a verte mañana. Quizá entonces podamos hablar más tranquilamente de tu... viaje.
Su sonrisa era enigmática, y por un instante, sentí que aquel desconocido sabía algo crucial sobre mí, algo que yo misma ignoraba. Luego se giró y salió, dejándome sola con mis preguntas.
Elara colocó un plato de sopa humeante frente a mí y se sentó enfrente.
—Come, hija. Luego hablaremos.
Tomé la cuchara, pero antes de llevarla a mis labios, pregunté:
—¿Qué es este lugar? ¿Cómo se llama este mundo?
Ella sonrió, una sonrisa triste y sabia.
—Este mundo se llama Arcadia, aunque no lo encontrarás en ningún mapa. Y tú, Lirios, has llegado aquí por una razón que aún no comprendes. Pero no temas: el tiempo te lo revelará.
—Arcadia —repetí, saboreando la palabra—. ¿Y cómo regreso a mi hogar?
Elara suspiró y sus ojos se perdieron en la llama de una vela.
—A veces, el camino de regreso está más cerca de lo que crees, pero solo cuando has aprendido a amar dónde te encuentras.
Sus palabras resonaron en mi interior, mezclándose con el anhelo que sentía por mi mundo, por mi vida anterior. Pero también con la curiosidad que este nuevo lugar despertaba en mí. Y con la imagen de Lizander, su sonrisa, su mirada penetrante.
Afuera, la noche caía sobre Arcadia. Y yo, Lirios, estaba a punto de comenzar un viaje que cambiaría mi vida para siempre.
—Mañana —dije en voz baja—. Mañana buscaré respuestas.
Pero en el fondo, sabía que las respuestas ya estaban aquí, esperando a que yo estuviera lista para verlas.