AIBookCraft

Chapter 2

Código C-14

Vittoria decide reunirse en secreto con Thomas Mercer. Él se muestra paranoico y evita contarle toda la verdad, pero le revela que Elias Sartori no era el responsable de la corrupción de Saeven y le entrega una llave vinculada a algo que Elias ocultó antes de morir. Thomas insiste en que no confíe en nadie de la empresa. Paralelamente, Adrian descubre que Vittoria ha contactado con alguien relacionado con su padre y comienza a seguir sus movimientos sin revelar su identidad. ¿Por que hay tantos misterios alrededor de supuesto suicidio de Elias?

29 min read

La carta de Thomas Mercer pasó toda la noche dentro del cajón de mi escritorio.

Yo no.

Dormí por intervalos de veinte minutos, quizá treinta, despertándome cada vez con la absurda sensación de que alguien había entrado en el apartamento. A las tres y diecisiete comprobé la cerradura. A las cuatro y nueve miré debajo de la puerta. A las cinco menos cuarto desistí de seguir fingiendo que aquello podía considerarse dormir.

Preparé café.

Lo dejé enfriarse.

Abrí el cajón.

La carta seguía allí.

Sé que está investigando su muerte.

La primera vez que había leído esa frase me produjo curiosidad.

A la sexta, produjo otra cosa.

¿Cómo lo sabía?

Mi tesis no era secreta. Mi director conocía el tema. Mira conocía el tema. Mi padre sabía que investigaba suicidios dudosos, aunque nunca le había explicado con detalle todos los casos incluidos en la muestra.

Pero una cosa era saber que una estudiante de criminología trabajaba con muertes sospechosas y otra muy distinta conocer el nombre de uno de los expedientes que llevaba semanas analizando.

Elias Sartori.

Quince años muerto.

Quince años convertido en una nota al pie dentro de la historia de Saeven.

Y, de repente, un hombre que había trabajado con él sabía que yo había empezado a hacer preguntas.

Antes de salir de casa hice lo que debería hacer cualquier persona sensata antes de aceptar una reunión clandestina con un desconocido.

Investigué al desconocido.

Thomas Andrew Mercer, sesenta y dos años.

Había trabajado dieciocho años para Saeven Corporation. Primero como técnico de mantenimiento industrial, después como supervisor y, finalmente, como capataz de mantenimiento de varios complejos pertenecientes a la compañía. Su nombre aparecía en memorias corporativas antiguas, permisos de obra, informes municipales y una fotografía de hacía diecisiete años en la que veinte empleados posaban frente a un edificio recién inaugurado.

Encontré a Elias en esa misma fotografía.

Estaba en la segunda fila.

Thomas, tres personas a su derecha.

Amplié la imagen.

Elias parecía más joven que en la fotografía del expediente. Sonreía. No la sonrisa contenida de la imagen corporativa que llevaba semanas mirando, sino una auténtica, amplia, con un brazo apoyado sobre el hombro de otro trabajador.

Durante unos segundos dejé de ver un cadáver.

Vi a un hombre.

Un padre.

Alguien que todavía no sabía que, quince años después, una desconocida estaría ampliando su cara en una pantalla, intentando determinar quién había querido convertirlo en otra cosa.

Seguí buscando.

La relación laboral de Thomas con Saeven terminaba dos semanas después de la muerte de Elias.

Renuncia voluntaria.

Eso decía un documento corporativo archivado en internet.

Sin embargo, una vieja resolución laboral digitalizada indicaba que Thomas había solicitado prestaciones por desempleo apenas un mes después.

Me quedé mirando ambas fechas.

No probaban nada.

Pero no encajaban.

Una renuncia voluntaria podía complicar el acceso a determinadas prestaciones. Quizá había existido un acuerdo. Quizá el registro estaba incompleto. Quizá simplemente estaba buscando conspiraciones porque alguien me había enviado una carta a mano en mitad de la noche.

Anoté las fechas.

Después busqué antecedentes.

Nada.

Ni causas penales, ni denuncias relevantes, ni deudas escandalosas. Una infracción de tránsito hacía nueve años. Una separación legal. Una hija, según una fotografía pública antigua, que debía de rondar mi edad.

Una vida extraordinariamente normal.

Eso me tranquilizó menos de lo que esperaba.

Antes de cerrar el portátil busqué una última cosa.

Thomas Mercer Elias Sartori.

Cero resultados relevantes.

Dos hombres que habían trabajado casi veinte años en la misma empresa, que aparecían juntos en una fotografía y que, según Thomas, habían sido amigos.

Internet no recordaba que alguna vez se hubieran conocido.

Guardé el teléfono en el bolsillo, saqué la carta del cajón y fotografié ambas caras. Envié la imagen a Mira acompañada de un mensaje.

Si a las diez no te escribo, llámame.

La respuesta llegó antes de que pudiera guardar el teléfono.

¿Qué hiciste?

Todavía nada.

Tres puntos.

Esa respuesta es exactamente la que da una persona cinco minutos antes de hacer algo estúpido.

Sonreí.

Diez en punto.

9:45.

Diez.

9:50 y no negocio con terroristas.

No respondí.

Me puse una chaqueta negra y salí.

La dirección que Thomas había escrito correspondía a la zona oeste del puerto.

No era exactamente el escenario que habría elegido para convencer a una criminóloga de que no tenía intención de asesinarla.

Dejé el coche a dos calles.

El amanecer había empezado a teñir de naranja las estructuras metálicas de las grúas, pero entre los almacenes todavía sobrevivían bolsas de oscuridad. El aire olía a sal, combustible y hierro mojado. Un camión pasó a varios metros y, durante unos segundos, el ruido del motor ocupó todo el espacio.

Revisé el teléfono.

Cobertura.

Batería.

Grabadora preparada.

No la activé.

Todavía.

El almacén estaba al final de una calle de servicio. Una construcción antigua de ladrillo, rodeada por edificios industriales más modernos que hacían que pareciera un órgano olvidado dentro de un cuerpo nuevo.

La puerta lateral estaba entreabierta.

Me detuve.

Había imaginado muchas veces cómo reaccionaría en una situación así. En mi cabeza académica siempre era racional. Evaluaba riesgos. Identificaba salidas. Conservaba la calma.

En la realidad, mi corazón latía demasiado rápido y una parte bastante sensata de mi cerebro me preguntaba por qué demonios no estaba desayunando en mi apartamento.

Empujé la puerta.

—¿Señor Mercer?

Nada.

Entré.

El interior olía a polvo, humedad y madera vieja.

—¿Thomas Mercer?

Esta vez escuché movimiento.

Una figura apareció detrás de una hilera de estanterías.

—Cierre la puerta.

No obedecí inmediatamente.

Thomas Mercer era más pequeño de lo que había imaginado. Pelo gris, barba de varios días, chaqueta demasiado grande y unos ojos que no dejaban de moverse.

Puerta.

Ventanas.

Yo.

Puerta otra vez.

No parecía un hombre esperando para atacarme.

Parecía un hombre esperando que alguien lo atacara a él.

Cerré.

—Señorita Valtieri.

—Usted dejó una carta en mi casa.

—Sí.

—¿Cómo consiguió mi dirección?

No esperaba que esa fuera mi primera pregunta.

Lo vi en su cara.

—No fue difícil.

—Eso no responde.

Thomas se humedeció los labios.

—La seguí desde la universidad hace tres días.

La confesión debería haberme hecho salir.

En cambio, me quedé.

—Eso tampoco me tranquiliza.

—No quería tranquilizarla.

—¿Qué quería?

Me miró.

—Saber si estaba sola.

El silencio adquirió peso.

—¿Su padre sabe que está aquí? —preguntó.

—No.

Thomas sostuvo mi mirada durante varios segundos.

Después soltó el aire.

—Entonces todavía podemos hablar.

Sentí un pequeño escalofrío recorriéndome la espalda.

—Hábleme de Elias Sartori.

Su rostro cambió. No dramáticamente. Fue algo más triste.

—Elias era un buen hombre.

—Eso no significa que no pudiera robar.

—No robó.

—La auditoría dice lo contrario.

—La auditoría dice lo que necesitaban que dijera.

—¿Quiénes?

Thomas bajó la mirada.

—Está haciendo la pregunta equivocada.

—Entonces dígame cuál es la correcta.

Una sonrisa agotada apareció durante un segundo.

—Se parece a él.

—¿A quién?

—A su padre.

No supe si aquello era un cumplido.

—Elias descubrió irregularidades —continuó—. Al principio pensó que era dinero. Facturas duplicadas. Empresas que cobraban por materiales que nunca llegaban. Transferencias entre sociedades que compartían administradores sin declararlo. Cosas que un hombre meticuloso empieza a notar cuando lleva suficientes años mirando números.

—Elias era administrador financiero.

Thomas asintió.

—Y bueno. Muy bueno. Por eso ascendió. Durante años estuvo cerca de gente importante. Demasiado cerca.

—¿De Alexander Valtieri?

La reacción fue inmediata.

Thomas miró hacia la puerta.

—No vuelva a decir ese nombre aquí.

—¿Por qué?

—Porque usted puede permitirse pronunciarlo sin miedo. Yo aprendí que no.

—Es mi padre.

—Lo sé perfectamente.

—Entonces entenderá que necesito algo más que insinuaciones.

Thomas dio dos pasos hacia mí.

—Y usted tiene que entender que llevo quince años despertándome cada vez que un coche estaciona frente a mi casa.

—¿Porque cree que mi padre va a matarlo?

—No dije eso.

—Pero quiere que lo piense.

—Quiero que piense. Nada más.

Aquello me irritó.

—Me hizo venir hasta aquí.

—Porque usted empezó a mirar donde nadie miraba.

—Estoy haciendo una tesis.

Thomas soltó una risa breve, sin humor.

—Elias también empezó mirando números.

No respondí.

Él se frotó las manos.

—Lo degradaron antes de morir. ¿Eso lo encontró?

—Encontré referencias contradictorias.

—Porque limpiaron su historia. Elias manejaba información financiera. Después, de repente, aparecía como responsable de tareas administrativas relacionadas con obras. Para cuando lo acusaron, ya habían construido la historia que necesitaban: un hombre endeudado, desesperado por la enfermedad de su hijo, con acceso suficiente para robar y no el suficiente para defenderse.

Aiden.

No conocía su nombre todavía. En los documentos solo aparecía como hijo menor.

—Su hijo tuvo cáncer.

Thomas cerró los ojos un instante.

—Era un niño.

—¿Elias tenía deudas por el tratamiento?

—Claro que tenía deudas. Habría vendido su sangre si hubiera servido para mantener vivo a ese chico. Eso no lo convertía en ladrón.

—Le daba un motivo.

—Le daba una debilidad.

La palabra quedó suspendida.

Debilidad.

No motivo.

—¿Qué descubrió?

Thomas se quedó quieto.

—No lo sé todo.

—Dígame lo que sabe.

—Una noche vino a verme. Serían dos semanas antes de que muriera. Estaba distinto. Yo pensé que habían encontrado otro tumor en el chico. Le pregunté. Me dijo que no.

Thomas tragó saliva.

—Después dijo una cosa que nunca olvidé.

Esperé.

—«No están robando dinero, Tom. El dinero solo sirve para esconder lo que están robando de verdad».

El ruido lejano de una sirena atravesó el almacén.

—¿Qué significaba?

—Nunca me lo explicó.

—¿Nunca preguntó?

—Claro que pregunté. Me dijo que cuanto menos supiera, más posibilidades tenía de seguir vivo.

—Eso suena convenientemente dramático después de quince años.

Thomas me miró con rabia.

—¿Cree que no lo sé? ¿Cree que no llevo quince años preguntándome si podría haber hecho algo? Lo vi destruido. Vi cómo empezaron a decir que robaba. Vi cómo personas que habían cenado en su casa dejaron de saludarlo. Vi cómo su mujer tenía que caminar mirando al suelo porque todo el mundo sabía que estaba casada con «el ladrón de Saeven». Y yo hice exactamente lo que él me pidió.

Nada.

Su voz se quebró en la última palabra.

Esperé.

—¿Qué ocurrió la noche de su muerte?

Thomas tardó en responder.

—No estuve allí.

Eso me sorprendió.

—Entonces, ¿por qué está tan seguro de que no se suicidó?

—Porque hablé con él esa tarde.

—¿Qué dijo?

—Que había encontrado algo.

—¿Qué?

—No quiso decírmelo.

—Otra vez.

—Otra vez.

Me sostuvo la mirada.

—Pero estaba asustado, no derrotado. Hay una diferencia.

Pensé en el informe.

Sobredosis.

Carta de despedida.

Deudas.

—¿Le habló de suicidio?

—No.

—Eso tampoco significa que no lo hiciera.

—No.

Por primera vez, Thomas no intentó convencerme.

—Pero me dijo que, si conseguía demostrar lo que había encontrado, todo iba a cambiar. Que su hijo algún día sabría que él no era el hombre que iban a decir que era.

Sentí que algo se acomodaba incómodamente dentro de mí.

—¿«Iban a decir»?

Thomas asintió.

Antes de ser acusado públicamente.

Lo anoté mentalmente.

—¿Conservó documentos?

Thomas volvió a mirar la puerta.

Después introdujo dos dedos en el bolsillo interior de la chaqueta.

Mi cuerpo se tensó involuntariamente.

Sacó una llave pequeña, vieja, de metal opaco.

La sostuvo entre nosotros.

En la cabeza había un código grabado:

C-14.

—Elias me dio esto tres días antes de morir.

No la tomé.

—¿Qué abre?

—No lo sé.

—¿Quince años y nunca intentó averiguarlo?

—Al principio sí.

—¿Y?

—Nada.

—¿Banco? ¿Taquilla? ¿Caja de seguridad?

—No sé.

—¿Por qué no fue a la policía?

Thomas me miró como si acabara de preguntarle por qué no había llevado gasolina a un incendio.

—Porque dos días después del funeral me hicieron firmar mi renuncia.

Pensé en los documentos.

Renuncia voluntaria.

—Usted solicitó prestaciones por desempleo.

Thomas parpadeó.

Por primera vez pareció genuinamente sorprendido.

—Investigó.

—No iba a venir aquí sin hacerlo.

Algo parecido al respeto atravesó su expresión.

—Entonces también habrá visto que trabajé dieciocho años para Saeven.

—Sí.

—Dieciocho años y, de repente, decidí irme voluntariamente dos semanas después de que mi mejor amigo se matara. Qué coincidencia.

—¿Lo amenazaron?

—No directamente.

—¿Qué significa eso?

—Significa que un hombre que nunca había visto entró en mi oficina, puso una fotografía de mi hija sobre el escritorio y me preguntó en qué universidad quería que estudiara cuando fuera mayor.

Sentí que el aire se volvía más frío.

—¿Quién era?

—No lo sé.

—¿Trabajaba para Saeven?

—No lo sé.

—¿Se lo contó a alguien?

—¿Qué habría contado? ¿Que un hombre fue amable con mi hija?

Silencio.

Thomas extendió la llave otra vez.

—Tómela.

Esta vez lo hice.

El metal estaba tibio por el calor de su cuerpo.

—¿Por qué yo?

—Porque lleva su apellido.

Solté una risa incrédula.

—Eso debería ser precisamente una razón para no dármela.

—Tal vez.

—No confía en mi padre.

—No.

La respuesta fue tan directa que dolió más de lo que esperaba.

—Pero confía en mí.

—Tampoco.

Lo miré.

—Entonces no entiendo.

Thomas bajó la voz.

—Elias dividió las cosas.

—¿Qué cosas?

—Lo que encontró. Nunca guardaba todo junto. Decía que una prueba podía desaparecer. Cinco eran más difíciles.

—¿Quién tiene las otras?

—No lo sé.

—¿Usted era uno?

—Supongo.

—¿Y esta llave es su parte?

—Es lo único que tengo.

Observé el código.

C-14.

—¿Qué significa?

—Esa es la pregunta que debería estar haciendo.

Guardé la llave.

—¿Quién traicionó a Elias?

Thomas se quedó completamente inmóvil.

No había mencionado una traición.

Pero su reacción me respondió antes que sus palabras.

—Había alguien —dijo finalmente—. Alguien cercano.

—¿Quién?

—No sé.

—¿Alexander?

—He dicho que no sé.

—¿Mi padre estaba cerca de Elias?

—Más de lo que después admitió.

Eso sí me golpeó.

—Explíquese.

—No.

—Señor Mercer.

—No puedo.

—Me trae hasta un almacén, me entrega una llave que no sabe qué abre, me dice que alguien amenazó a su hija, insinúa que mi padre mintió sobre su relación con un muerto y ahora decide que no puede hablar.

—Porque hay cosas que recuerdo y cosas que puedo demostrar. No voy a destruirle la vida mezclándolas.

Me quedé callada.

Aquello, paradójicamente, hizo que le creyera un poco más.

Thomas caminó hacia la salida trasera.

—Espere.

Se detuvo.

—Adrian Laurent.

No sabía por qué dije su nombre.

Quizá porque recordaba aquel «no» demasiado perfecto.

Thomas giró lentamente.

—¿Qué pasa con él?

—¿Lo conoce?

—No.

Lo observé.

—¿Está seguro?

—Nunca lo había oído nombrar hasta hace unas semanas.

—Entonces, ¿por qué en su carta decía que no confiara en nadie de Saeven?

—Porque nadie entra en el círculo de Alexander Valtieri por accidente.

—Eso incluye a miles de empleados.

—No hablo de empleados.

Sus ojos encontraron los míos.

—Hablo de hombres a los que su padre elige personalmente.

Es un buen hombre.

¿Cómo lo sabes?

Porque lo elegí.

Sentí un escalofrío.

Thomas abrió la puerta.

La luz gris del amanecer entró en el almacén.

—Una última cosa —dije.

Esperó.

—¿Por qué ahora?

Durante un instante volvió a parecer simplemente un hombre de sesenta y dos años cansado.

—Porque mi hija va a ser madre.

No esperaba aquello.

—Voy a tener un nieto —continuó—. Y, de repente, quince años de silencio empezaron a parecerme más vergonzosos que el miedo.

Miró hacia afuera.

—Elias hizo todo por su hijo. Yo pasé quince años diciéndome que callaba por la mía.

Volvió a mirarme.

—Tal vez los dos teníamos razón o tal vez ninguno.

Salió.

—Thomas.

Se volvió una última vez.

—¿Cree que mataron a Elias?

El miedo desapareció de su rostro.

Solo durante un segundo.

—No, señorita Valtieri.

Hizo una pausa.

—Yo creo que lo hicieron desaparecer sin necesidad de esconder el cadáver.

Y se fue.

Mira me llamó a las nueve cincuenta.

—Estás viva.

—Buenos días para ti también.

—Te dije nueve cincuenta.

—Técnicamente todavía faltan diez minutos para preocuparnos.

—¿Dónde estás?

Miré el edificio de Saeven desde el otro lado de la avenida.

—Tomando café.

—Eso fue sospechosamente inespecífico.

—Después te cuento.

—Vittoria.

—Estoy bien.

—Odio cuando dices eso.

Colgué antes de que pudiera interrogarme.

No tenía intención de entrar en Saeven.

Al menos eso me dije mientras cruzaba la avenida.

El vestíbulo estaba lleno de gente que caminaba con la seguridad automática de quien llevaba años entrando por las mismas puertas. Mármol, cristal, acero.

Todo limpio.

Todo preciso.

Todo exactamente donde debía estar.

Pensé en Elias.

Pensé en Thomas.

Pensé en la llave dentro de mi bolsillo.

C-14.

—Empiezo a pensar que me estás siguiendo.

La voz llegó desde mi izquierda.

Me giré.

Adrian Laurent estaba junto a los ascensores.

Traje gris oscuro. Camisa blanca. Sin corbata otra vez. Una carpeta bajo el brazo y esa quietud imposible que ahora me resultaba mucho más difícil ignorar.

—Qué ego.

—No era una acusación.

—Sonó como una.

—Entonces quizá era una esperanza.

—Eso fue peor.

Sonrió.

No debería haberme gustado.

—¿Vienes a ver a Alexander?

—¿Necesito una razón para entrar en el edificio de mi padre?

—No.

Sus ojos bajaron apenas.

Mis zapatos.

El borde húmedo de mis pantalones.

Después volvieron a mi cara.

—Pero no vienes de casa.

Me quedé quieta.

—¿Cómo sabes eso?

—Tienes barro en el zapato derecho.

Miré hacia abajo.

Una pequeña mancha oscura.

Puerto.

—Tal vez vivo en un pantano.

—Entonces retiro mi observación.

—Observas demasiado.

—Tú también.

Nos miramos.

El vestíbulo continuó moviéndose alrededor de nosotros.

—¿Encontraste algo interesante? —preguntó.

La pregunta me atravesó.

—¿Dónde?

—En tu tesis.

Demasiado rápido.

O quizá yo estaba demasiado alerta.

—¿Por qué supones que estoy trabajando en ella?

—Porque en la cena hablaste de ese caso como otras personas hablan de alguien de quien están enamoradas.

—Espero no mirar así a los muertos.

—No mirabas al muerto.

Se acercó apenas.

—Mirabas la pregunta.

Algo en mí se detuvo.

—¿Y tú qué miras?

Adrian sostuvo mis ojos.

—Todavía no lo decidí.

Por un instante ninguno habló.

Después dije:

—Elias Sartori.

Ahí estaba otra vez.

Nada.

Absolutamente nada.

Y precisamente por eso lo vi.

—Ayer dijiste que no lo conocías.

—Dije que el nombre no me sonaba.

—No es exactamente lo mismo.

—¿Me estás interrogando?

—¿Te sentirías más cómodo si dijera que sí?

Una sombra de diversión cruzó su rostro.

—Probablemente.

—Qué raro.

—Me gustan las reglas claras.

—A los mentirosos también.

Su sonrisa desapareció.

No del todo.

Solo lo suficiente.

—¿Me estás llamando mentiroso, Vittoria?

—Todavía no.

—Avísame cuando decidas hacerlo.

—¿Por qué?

—Quiero estar presente.

El ascensor llegó.

Las puertas se abrieron.

Adrian entró.

Yo no.

Puso una mano entre las puertas antes de que se cerraran.

—¿No subes?

—Cambié de opinión.

Me observó.

—Eso también es interesante.

—¿Qué cosa?

—Que hayas venido hasta aquí para cambiar de opinión justo después de verme.

—Otra vez el ego.

—Otra vez la esperanza.

Las puertas empezaron a cerrarse.

—Adrian.

Las detuvo.

—¿Sí?

—¿Qué significa C-14?

Fue la primera vez que lo vi perder algo.

No el control.

Eso habría sido demasiado evidente.

Fue más pequeño.

Su mirada descendió hacia mi bolsillo.

Una fracción de segundo.

Después volvió a mí.

—No tengo idea.

Las puertas se cerraron.

Me quedé sola.

Y esta vez no necesité decidir si había mentido.

Solo necesitaba averiguar por qué.

Lo que Vittoria no podía saber era que Adrian Laurent no subió directamente al piso veintiséis.

Bajó en el diecinueve.

Esperó a que las puertas se cerraran.

Y recién entonces sacó el teléfono.

No llamó.

Escribió dos caracteres y dos números.

C-14.

Ningún resultado en sus archivos personales.

Probó una segunda base de datos.

Nada.

Una tercera.

Un documento antiguo apareció durante menos de un segundo antes de que el sistema rechazara el acceso.

Adrian dejó de respirar.

No porque reconociera el código.

Porque reconoció la fecha.

Quince años atrás.

El mismo año en que murió Elias Sartori. Guardó el teléfono. Por primera vez desde que había entrado en la vida de Alexander Valtieri, Vittoria tenía algo que él no. Y no le gustaba. No porque quisiera arrebatárselo. Porque alguien había conseguido entregárselo antes de que él supiera que existía. Thomas Mercer. Adrian cerró los ojos. Recordaba el apellido. No al hombre. Un nombre secundario en una lista que había leído años atrás. Personal de mantenimiento. Despedido después del escándalo. Irrelevante. Había aprendido hacía mucho tiempo que la palabra irrelevante era una de las formas favoritas del pasado para esconder una bomba. Sacó nuevamente el teléfono. —Mercer —dijo cuando respondieron—. Quiero saber dónde está. —¿Y la chica? Adrian tardó un segundo. —A ella no la toquen. Colgó. Se quedó mirando su reflejo en las puertas metálicas del ascensor. Adrian Laurent le devolvió la mirada. Traje caro. Postura perfecta. Nombre falso. Una vida construida con la precisión necesaria para acercarse al hombre que había destruido la suya. Y ahora la hija de ese hombre caminaba por Saeven con una llave en el bolsillo y una pregunta que ni siquiera él podía responder. C-14. Por primera vez en mucho tiempo, Aiden Sartori sintió algo que detestaba. Incertidumbre. Mi padre me llamó esa tarde. —¿Almorzaste? No preguntó dónde estaba. No preguntó por qué había pasado por Saeven. No preguntó por Adrian. —Eso depende de qué consideres almuerzo. —Algo que no salga de una máquina. —Entonces no. Escuché su suspiro. —Ven a cenar mañana. —¿Eso es una invitación o una intervención nutricional? —Ambas. Sonreí. Estaba sentada en el suelo de mi apartamento, rodeada de copias del expediente de Elias. —¿Cómo está la tesis? La pregunta me hizo mirar la llave. —Interesante. —Esa palabra está empezando a preocuparme contigo. —¿Por qué? —Porque cuando algo te interesa dejas de dormir. —Duermo. —Dormías mejor a los seis años. —A los seis años no investigaba cadáveres. —A los seis años investigabas quién se comía las galletas que tu madre escondía arriba del refrigerador. Me reí. El recuerdo llegó con una claridad inesperada. Mi madre levantándome en brazos. Su perfume. La cocina inundada por la luz de la tarde. —Era ella —dije. —¿Qué? —La que se comía las galletas. Mi padre rió. —Siempre lo supe. Hubo un silencio diferente. Cálido. —A veces la extraño —dije. No sabía por qué. Quizá Thomas hablando de hijos. Quizá Elias. Quizá la forma en que investigar muertos termina despertando otros muertos. Mi padre tardó en responder. —Yo también. Dos palabras. Nada más. Pero conocía su voz. —Papá... —Estoy aquí. Miré una fotografía de Verónica sobre la estantería. Treinta y nueve años. Pelo oscuro. La misma forma de levantar una ceja que yo había heredado. —¿Mamá estuvo enferma mucho tiempo antes de que nos dijeran que era grave? Silencio. No largo. Pero suficiente para que lo notara. —¿Por qué preguntas eso? —No sé. Estaba pensando en ella. —Meses. —¿Tomaba mucha medicación? Otra pausa. —Vittoria. —Es una pregunta. —Tomaba lo que sus médicos indicaban. La respuesta fue correcta. Demasiado correcta. —¿Por qué? —Curiosidad. —Tu madre sufrió mucho al final. Hay recuerdos que no necesitas convertir en una investigación. Sentí una punzada de culpa. —No estoy investigándola. Su voz se suavizó inmediatamente. —Lo sé. Y entonces volvió a ser simplemente mi padre. —Mañana. Ocho y media. —Voy. —Y come algo esta noche. —Sí, papá. —Algo real. —Estás abusando de tu autoridad. —He esperado veinticinco años para hacerlo. Colgó. Me quedé mirando la fotografía de mi madre. Después volví a los papeles de Elias. No había ninguna razón para relacionarlos. Ninguna. Cerré la carpeta. A las nueve y media decidí obedecer a mi padre. Más o menos. Abrí el armario de la cocina y encontré un paquete de ramen coreano que Mira había dejado semanas atrás. El dibujo del envase mostraba unos fideos rojos rodeados de llamas y un pollo caricaturesco que parecía disfrutar demasiado del sufrimiento ajeno. —Comida real —murmuré. Puse agua a hervir. Encendí el televisor para llenar el silencio. Las noticias hablaban de elecciones municipales, una huelga de transporte y la caída de las acciones de una empresa tecnológica que no conocía. Eché los fideos. Después, el sobre de salsa. Demasiado. El vapor me golpeó la cara. Estaba buscando un huevo en el refrigerador cuando escuché: —...continúa aumentando la preocupación por la circulación de medicamentos adulterados en distintos puntos de la ciudad. No presté atención. Abrí el cajón de los cubiertos. —Las autoridades investigan al menos nueve muertes durante las últimas seis semanas relacionadas con el consumo de comprimidos y sedantes adquiridos fuera del circuito farmacéutico... El ramen necesitaba otros dos minutos. —Especialistas advierten sobre una nueva modalidad de distribución mediante plataformas digitales y canales clandestinos... En la pantalla aparecieron bolsas transparentes llenas de comprimidos. Frascos. Cajas sin marca. Un policía con guantes. Seguí removiendo los fideos. —...aunque las autoridades insisten en que todavía es demasiado pronto para hablar de una epidemia, el fallecimiento registrado esta tarde ha vuelto a encender las alarmas. Saqué un bol. —La víctima fue identificada como Thomas Andrew Mercer, de sesenta y dos años. El bol se me escapó. Golpeó la encimera. No se rompió. Yo dejé de moverme. En el televisor apareció una fotografía. Thomas. Más joven. Afeitado. Sonriendo. Subí el volumen. —Mercer fue encontrado sin vida en su domicilio aproximadamente a las diecisiete horas. Fuentes cercanas a la investigación señalan que no se observaron signos de violencia ni indicios preliminares de participación de terceros. Me acerqué. —No... —Los investigadores trabajan sobre la hipótesis de una sobredosis accidental, aunque no se descarta un posible suicidio. Según información preliminar, Mercer habría atravesado dificultades personales durante los últimos meses y se encontraba distanciado de parte de su entorno familiar. —Mentira. La palabra salió sola. Thomas iba a ser abuelo. Había hablado de su hija. Había pasado quince años callando porque tenía miedo de que le hicieran daño. Voy a tener un nieto. La periodista continuó. —El caso se incorpora provisionalmente a una investigación más amplia sobre el aumento de intoxicaciones asociadas a medicamentos de origen desconocido. En las últimas semanas se han realizado varias incautaciones... Las imágenes cambiaron. Una mesa policial. Bolsas. Blísteres. Frascos marrones. El ramen hervía detrás de mí. No lo escuchaba. Algo en la pantalla hizo que mi cerebro tirara del freno. —Espera. La imagen cambió. Agarré el control. Retrocedí. Reproduje. Una bolsa transparente. Dos frascos. Pausa. Me acerqué tanto al televisor que podía distinguir los píxeles. En uno de los frascos había una etiqueta blanca. Texto borroso. Un número de lote. Y, en una esquina, impreso dentro de un pequeño rectángulo: C-14. Sentí el latido en la garganta. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta que había dejado sobre una silla. Saqué la llave. La puse frente a la pantalla. C-14. Miré una. Después el otro. —No. Retrocedí nuevamente. La periodista explicó que las imágenes correspondían a una incautación realizada meses atrás. Meses. No tenían relación oficial con Thomas. Al menos todavía. Tomé una fotografía de la pantalla. Después otra. Busqué la noticia en internet. Nada sobre C-14. Busqué combinaciones. Medicamento C-14. Laboratorio C14. Lote C-14. Compuesto C14. Resultados inútiles. Miré la llave. Había cometido un error desde el principio. Thomas nunca dijo que C-14 fuera una caja. Nunca dijo que fuera un banco. Nunca dijo que fuera un casillero. Yo había visto una llave con un código y había construido una cerradura alrededor. Abrí el portátil. Busqué todo lo disponible sobre la muerte de Thomas. Las noticias repetían la misma información. Posible sobredosis. Sin participación de terceros. Problemas personales. Posible vínculo con medicamentos clandestinos. Demasiado rápido. Thomas llevaba muerto unas horas y ya existía una biografía conveniente para explicar por qué había muerto. Pensé en Elias. Deudas. Presión. Corrupción. Suicidio. Todo exactamente donde debía estar. Abrí su informe toxicológico. Benzodiacepinas. Volví a Thomas. Todavía no había informe público. Llamé a una persona a la que no debería haber llamado. —Vittoria —respondió el profesor Salcedo después del cuarto tono—. Son casi las diez. —Necesito una consulta. —Eso siempre significa que voy a arrepentirme. —Thomas Mercer. Murió hoy. Silencio. —Estoy viendo las noticias. —Necesito saber qué encontraron. —No trabajo para la policía. —Pero conoce gente. —Vittoria. —Por favor. Escuché cómo respiraba. —¿Por qué te importa? Miré la llave. —Porque hablé con él esta mañana. Silencio. Esta vez mucho más largo. —¿Qué? —Esta mañana. Estuve con él. —No hagas nada. —Profesor... —Nada. ¿Entendiste? Dame veinte minutos. Colgó. El ramen seguía en la cocina. Apagué el fuego. Ya no tenía hambre. Los veinte minutos fueron treinta y siete. Cuando el teléfono vibró, contesté antes del segundo tono. —No puedo darte documentos —dijo Salcedo. —No se los pedí. —Me los ibas a pedir. —Probablemente. —Hay benzodiacepinas. Cerré los ojos. —¿Cuáles? —No tengo todavía la identificación completa. También encontraron un analgésico sintético. La concentración preliminar sugiere intoxicación combinada. —¿Suicidio? —Eso no puede determinarlo una toxicología preliminar. —Pero las noticias ya lo están diciendo. —Las noticias dicen muchas cosas. —¿Había antecedentes de consumo? —No lo sé. —¿Nota? —Vittoria. —¿Había una nota? —No lo sé. —¿Lesiones? —Basta. —Necesito... —Necesitas recordar que hablaste con un hombre la misma mañana en que apareció muerto. Me quedé callada. —Si esto tiene relación con tu tesis, te apartas y llamas a la policía. Miré la pantalla congelada. C-14. —Claro. —No me mientas. —Buenas noches, profesor. —Vittoria. Colgué. Abrí nuevamente el expediente de Elias. Después, una pestaña con Thomas. Puse ambos nombres uno al lado del otro. Elias Sartori. Thomas Mercer. Quince años. Dos hombres. Dos muertes explicadas demasiado rápido. Dos historias personales útiles para justificar por qué nadie debía preguntar demasiado. Y benzodiacepinas presentes en ambas. No era prueba. Ni siquiera era todavía una coincidencia estadísticamente significativa. Era un patrón. Y los patrones podían ser trampas. Pero también podían ser firmas. Volví a mirar la fotografía del frasco. C-14. Después, la llave. C-14. Y recordé a Adrian. ¿Qué significa C-14? No tengo idea. Su mirada bajando hacia mi bolsillo. Por primera vez sentí miedo de verdad. No el miedo abstracto de estudiar una muerte ocurrida quince años atrás. No el miedo controlable de entrar en un almacén. Thomas Mercer había estado vivo esa mañana. Había respirado frente a mí. Había hablado de su nieto. Había tenido miedo. Y ahora un presentador de televisión explicaba su muerte como si su vida pudiera reducirse a una estadística dentro de una epidemia de adictos. Miré la hora. 23:14. Entonces vi otra cosa. En el expediente digital de Elias había una relación de movimientos financieros correspondientes a los meses anteriores a su muerte. La había leído tantas veces que algunas cifras empezaban a resultarme familiares. Busqué. C. Nada.

Demasiados resultados.

Seguí.

Hasta que apareció una transferencia.

No decía C-14.

Decía:

C14 DEVELOPMENT PROGRAM — 04/11

El importe había sido derivado posteriormente a una sociedad ya disuelta.

Sentí un vacío en el estómago.

Abrí el documento completo.

La transferencia figuraba entre gastos asociados a un programa de desarrollo residencial.

Nada farmacéutico.

Nada extraordinario.

Pero la fecha me resultaba familiar.

No sabía por qué.

La copié.

04/11.

Busqué entre mis notas.

Nada.

Después miré hacia la estantería.

La fotografía de mi madre seguía allí.

Y lo entendí.

No el año.

El día.

Cuatro de noviembre.

La fecha en que Verónica Monselice de Valtieri había ingresado por primera vez al hospital por aquella enfermedad que, años después, terminaría matándola.

Me quedé inmóvil.

—No.

Era absurdo.

Mi madre había enfermado años después de la muerte de Elias.

C-14 podía significar cualquier cosa.

La fecha podía ser una coincidencia.

Una transferencia de una corporación gigantesca y un ingreso hospitalario ocurrido años más tarde no tenían absolutamente ninguna relación racional.

Estaba cansada.

Thomas acababa de morir.

Mi cerebro estaba buscando conexiones porque eso era exactamente lo que había entrenado durante años para hacer.

Cerré la fotografía de mi madre.

Después, el documento.

Pero antes de cerrar el expediente vi una pequeña anotación al margen de la transferencia.

Una referencia interna.

VM-04.

Mi mano se quedó sobre el ratón.

V.

M.

Verónica Monselice.

Me levanté tan rápido que la silla golpeó el suelo.

—No.

Esta vez lo dije más fuerte.

No iba a hacer eso.

No iba a convertir las iniciales de mi madre en evidencia solo porque aparecieran juntas en un documento viejo.

Podían significar valor mensual.

Verificación de materiales.

Cualquier cosa.

Levanté la silla.

Respiré.

El televisor seguía hablando.

—...las autoridades recomiendan evitar medicamentos adquiridos fuera de farmacias autorizadas...

Volví la mirada.

La imagen de los frascos apareció nuevamente.

C-14.

La llave descansaba junto al portátil.

C-14.

El informe de Elias seguía abierto.

C14 Development Program.

Tres cosas que no deberían tener relación.

Una llave que un muerto había entregado antes de morir.

Un código presente en medicamentos clandestinos.

Un programa enterrado entre las cuentas que Elias investigaba antes de ser acusado de corrupción.

Y Thomas.

Muerto horas después de entregarme la primera pieza.

El teléfono vibró.

Número desconocido.

Lo miré.

No contesté.

Volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje.

No abras lo que no puedas volver a cerrar.

Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

Me acerqué lentamente a la ventana.

La calle parecía vacía.

Un coche estaba estacionado frente al edificio.

Motor apagado.

No podía distinguir quién estaba dentro.

Retrocedí.

Cerré la cortina.

Tomé una fotografía del mensaje.

Después bloqueé el teléfono.

Mi ramen seguía sobre la encimera, convertido en una masa fría y espesa.

Me senté frente al escritorio.

Thomas me había dicho que Elias dividía las pruebas.

Que una podía desaparecer.

Cinco eran más difíciles.

Había pensado que aquella llave debía conducirme a una prueba sobre su asesinato.

Ahora comprendía que quizá había entendido todo al revés.

Elias Sartori no había escondido algo para demostrar que lo habían matado.

Había escondido algo antes de que lo mataran.

Algo que ya existía antes de su muerte.

Algo que, quince años después, seguía apareciendo en frascos incautados por la policía.

Miré una última vez el código.

C-14.

Thomas Mercer no me había entregado una prueba sobre la muerte de Elias.

Me había entregado una pista sobre aquello por lo que Elias había muerto.

✦ ✦ ✦
Jugar desde aquí

Privacy choices

Optional analytics help us improve AIBookCraft. They stay off until you allow them. We still count anonymous page views, without cookies or an ID. Writing, sign-in, and checkout work either way.

Change this choice any time. Read our Privacy Policy.