Chapter 1
Capítulo 1
Mina inicia su expedición de las tres de la tarde, inspecciona el sofá y la cocina, y finalmente se instala en el regazo de su humano favorito. Por la noche, ejerce su papel de guardiana de los sueños, pero un ruido extraño y una sombra inusual la ponen en alerta.
Mina saltó al alféizar con la precisión de una bailarina que hubiera ensayado ese movimiento mil veces. El sol de las tres de la tarde entraba justo por la ventana, formando un rectángulo dorado en el suelo de la sala. Ella olfateó el aire, detectó el polvo flotando en la luz y dejó escapar un miau bajito, casi un susurro: «Hora de inspeccionar».
Desde allí arriba, el mundo era suyo. Alcantarilla se extendía más allá de los cristales, pero Mina sabía que aquella casa de dos plantas, con sus cortinas de flores y su olor a café eterno, era solo una sucursal de su verdadero reino. El Reino de las Siestas Perdidas, lo llamaba ella en sus pensamientos felinos, un lugar donde las almohadas eran tronos y los ronroneos, leyes.
Bajó del alféizar con un salto grácil y se dirigió al sofá. Lo rodeó una vez, dos veces, y luego se tumbó justo en el centro del cojín, justo donde el calor del mediodía se acumulaba. Pasó la pata sobre la tela, como si firmara un documento. «Nadie ha robado mi hueco», dictaminó. Satisfecha, se levantó y partió hacia la cocina.
Allí, el suelo de terrazo estaba frío bajo sus almohadillas. Inspeccionó cada rincón: debajo de la mesa, junto al frigorífico, y sobre todo, el espacio entre la encimera y la pared. Un trocito de jamón york había caído esa mañana —lo recordaba perfectamente—, pero ya no estaba. «El humano lo ha barrido», pensó con una mezcla de resignación y orgullo. «Al menos mantiene el reino limpio».
Finalmente, llegó el momento más importante de la expedición: el regazo de su humano favorito. Él estaba sentado en el sillón de orejas, leyendo un libro con la portada gastada. Mina se acercó con pasos medidos, sin prisas, como si aquello no fuera más que una parada casual en su ruta. Se detuvo a un palmo de sus pies, lo miró con esos ojos amarillos que todo lo sabían, y esperó.
—¿Vienes, Mina? —preguntó el humano, cerrando el libro.
Ella parpadeó lentamente. No respondería con prisas. La dignidad de una reina no se negocia. Dio un paso, luego otro, y saltó al regazo. Allí se acomodó, giró tres veces sobre sí misma y se tumbó en forma de rosquilla. El humano empezó a acariciarle la cabeza, justo detrás de las orejas, donde más le gustaba. Mina cerró los ojos y dejó escapar un ronroneo que vibraba como un motorcito.
El resto de la tarde transcurrió así, entre caricias y cabezadas. Cuando el sol se puso, la luz dorada se volvió naranja y luego gris, y el humano encendió una lámpara. Mina no se movió. Su lugar estaba allí, en ese regazo, gobernando su pequeño reino.
Pero cuando la noche cayó de verdad, cuando el humano apagó la luz y se metió en la cama, Mina se transformó. Abrió los ojos, que brillaron como dos lunas en la oscuridad. Saltó de la cama sin hacer ruido, se sentó en el borde del colchón, justo a la altura de los pies de su humano, y comenzó a vigilar.
Los malos sueños, esos que acechan en las sombras cuando la mente se descuida, no se atrevían a acercarse cuando Mina estaba de guardia. Un ronroneo aquí, una patita en el pie allá. «Todo bajo control», parecía decir cada movimiento. Y así, noche tras noche, mantenía a salvo el sueño de su humano.
Pero esa noche algo fue diferente.
Mina estaba en su puesto, con los ojos entrecerrados, cuando un ruido extraño llegó desde la ventana. No era el viento, ni una rama, ni el gato vecino. Era un roce suave, como de tela arrastrándose sobre el cristal. Y luego, una sombra. Una sombra que no proyectaba nada, que se movía independiente de la luz de la farola.
Mina se tensó. Sus orejas se giraron hacia el sonido. La sombra se deslizó por el marco de la ventana y se detuvo justo encima de la cabeza de su humano. Mina sintió un escalofrío que le recorrió el lomo, pero no se movió. Esperó. La sombra tembló, como si respirara, y luego comenzó a extenderse hacia abajo, hacia la frente de su humano dormido.
Un mal sueño. Pero no como los otros. Este era más grande, más oscuro, y olía a miedo rancio.
Mina saltó de la cama, aterrizó en el suelo con las uñas fuera, y emitió un siseo bajo, un aviso. La sombra se detuvo. Por un instante, todo quedó en silencio. Entonces, la sombra giró hacia ella, y Mina vio que tenía ojos. Dos puntitos rojos que parpadeaban lentos, como ascuas.
—Este sueño es mío —dijo la sombra con una voz que no era voz, sino un susurro dentro de la cabeza de Mina.
Mina arqueó el lomo. Su ronroneo se apagó. Algo había cambiado en su reino. Y por primera vez desde que tenía memoria, sintió que no bastaría con una patita en el pie.