AIBookCraft

Chapter 1

Capítulo 1: El primer rugido

El narrador, un escritor que investiga los eventos del MAB en Barranquilla, describe el inicio del brote desde la perspectiva de Damián Ríos, quien intenta llegar al punto de evacuación mientras los infectados aparecen en la ciudad. Se presentan los primeros encuentros con Camila e Isabela, así como la lucha de Valentina, Samuel y Nicolás por sobrevivir. Los grupos se reúnen y escapan con ayuda del sargento Ramírez, descubriendo que los infectados no se comportan igual. Valentina sufre una mordida y desarrolla un ojo izquierdo con iris ámbar que le permite percibir peligros. La búsqueda de refugio los lleva a lugares relacionados con experimentos secretos, y el capítulo termina con el grupo llegando al Castillo de Salgar, donde un rugido desde las profundidades anuncia una nueva fase.

12 min read

No pretendo escribir esta historia como un novelista que inventa mundos. Soy un cronista de los hechos, un hombre que se sentó frente a una libreta y trató de ordenar el caos que vivimos en Barranquilla durante aquellos días. Mi nombre no importa, porque esto no es sobre mí. Es sobre el MAB, el Mecanismo de Alteración Biológica, y sobre cómo la humanidad comenzó a desmoronarse sin que nadie lo entendiera a tiempo.

Todo empezó en silencio. No hubo una explosión, ni un anuncio oficial, ni una sirena que advirtiera lo que se avecinaba. Fue un susurro que se convirtió en grito, una infección que comenzó en los márgenes de la ciudad y se extendió como una mancha de aceite sobre el asfalto caliente. Recuerdo los primeros reportes: personas que deambulaban sin rumbo, con los ojos vidriosos, con movimientos erráticos que no correspondían a nada conocido. En los hospitales decían que era una intoxicación masiva, quizás un ataque químico. Pero nadie mencionaba la palabra que después se volvería cotidiana: infectados.

Damián Ríos estaba en su apartamento del centro cuando escuchó las primeras noticias. Él no era un héroe, ni un soldado, ni un científico. Era un hombre común, un técnico en sistemas que había llegado a Barranquilla buscando trabajo y había encontrado una ciudad vibrante, llena de música y calor. Esa mañana, el calor era el mismo, pero la música había cesado. Desde su ventana vio el caos: coches abandonados, gente corriendo en todas direcciones, y una figura que se movía de forma extraña entre los vehículos. Damián sintió un nudo en el estómago. Algo en esa figura le parecía profundamente equivocado.

Tomó su mochila, metió lo esencial: agua, una linterna, su teléfono, y un viejo cuchillo de cocina que su madre le había regalado años atrás. No sabía por qué lo llevaba, pero la sensación de peligro era tan tangible que cualquier objeto punzante parecía una extensión necesaria de su cuerpo. Salió del apartamento y se encontró con el pasillo vacío. Los vecinos habían huido o se habían encerrado. El ascensor no funcionaba, así que bajó las escaleras a toda prisa, tropezando en los escalones de concreto.

En la calle, el aire olía a gasolina y a algo más, un olor dulzón que le recordó a las flores marchitas. Caminó rápido, esquivando a los transeúntes que aún estaban en estado de shock. Algunos lloraban, otros gritaban, y unos pocos, los que ya mostraban los signos de la infección, caminaban con una rigidez que helaba la sangre. Damián sabía que debía llegar al punto de evacuación que habían anunciado por la radio: el estadio Metropolitano. Allí, según las autoridades, habría transporte para sacar a la gente de la ciudad.

Pero llegar al estadio no era sencillo. Las calles estaban bloqueadas por escombros y cadáveres. Damián tuvo que desviarse varias veces, metiéndose en callejones y patios traseros. En uno de esos callejones, escuchó voces. Eran dos mujeres, una joven y una mayor, que se habían refugiado detrás de un contenedor de basura. La joven se llamaba Camila, tenía veintitantos años, el pelo recogido en una cola de caballo y los ojos llenos de lágrimas. La mayor era Isabela, una mujer de unos sesenta años, con el rostro surcado por arrugas de preocupación y una determinación que sorprendía.

—Por favor, ayúdenos —dijo Camila, casi sin aliento—. Mi mamá está herida.

Damián se acercó y vio que Isabela tenía un corte en el brazo, no profundo, pero sí sangrante. Sacó un pañuelo de su mochila y se lo entregó para que se lo atara. No había tiempo para más cuidados.

—Vamos al estadio —dijo Damián—. Es la única oportunidad.

Las tres personas avanzaron juntas, formando un grupo improvisado. Camila ayudaba a su madre, Damián iba al frente, vigilando cada esquina. En el camino, vieron cosas que ningún ser humano debería ver: un perro devorando a su dueño, un niño que lloraba solo en medio de la calle, y una fila de infectados que marchaban al unísono, como soldados de un ejército invisible.

Mientras tanto, en otro sector de la ciudad, Valentina, Samuel y Nicolás vivían su propia pesadilla. Valentina era una estudiante de biología, inteligente y observadora, con una curiosidad que a veces la metía en problemas. Samuel era su primo, un mecánico de manos callosas y corazón generoso. Nicolás era un amigo de la universidad, un chico callado que siempre llevaba una libreta y un lápiz en el bolsillo.

Los tres se habían reunido en el apartamento de Valentina cuando comenzó el brote. Al principio, pensaron que era un disturbio callejero, pero pronto se dieron cuenta de que era algo mucho peor. Desde la ventana, vieron a una multitud de infectados avanzando por la avenida principal. No corrían, caminaban con una lentitud que resultaba más aterradora que cualquier carrera. Sus ojos, cuando lograban verlos, estaban vacíos, como si algo hubiera apagado la luz interior.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Samuel, ajustando el cinturón de herramientas que llevaba siempre—. Esa gente no está bien.

—No son gente —susurró Nicolás, con la libreta abierta—. Míralos bien. Se mueven como si algo los controlara.

Valentina sintió un escalofrío. Su mente científica trataba de encontrar una explicación: una toxina, un virus, un ataque químico. Pero lo que veía no encajaba con nada conocido. Decidieron bajar al garaje, donde Samuel tenía una camioneta vieja pero funcional. Mientras corrían por el pasillo, un infectado apareció de repente, emergiendo de una puerta entreabierta. Tenía la ropa ensangrentada y emitía un sonido gutural, como un gruñido ahogado.

Samuel reaccionó primero. Agarró una barra de metal que encontró en el suelo y golpeó al infectado en la cabeza. El cuerpo cayó, pero no se movió más. Valentina vio el rostro del infectado: era un hombre mayor, de unos cincuenta años, con una herida en el cuello que supuraba un líquido oscuro. Sintió náuseas, pero se obligó a seguir adelante.

Llegaron al garaje y subieron a la camioneta. Samuel arrancó el motor justo cuando un grupo de infectados apareció al final de la rampa. Pisó el acelerador y la camioneta saltó hacia la calle, atropellando a dos de ellos. El impacto fue seco, y Valentina cerró los ojos, pero no podía taparse los oídos para no escuchar el crujido.

Condujeron sin rumbo fijo, esquivando obstáculos y evitando las zonas más concurridas. La radio del coche repetía el mismo mensaje: "Diríjanse al estadio Metropolitano. Allí encontrarán transporte y asistencia". Samuel siguió la indicación, tomando calles secundarias para evitar los atascos.

El sol caía a plomo cuando llegaron a las cercanías del estadio. El lugar era un hervidero de gente: familias enteras, ancianos, niños, todos apiñados detrás de las vallas metálicas. Los soldados intentaban mantener el orden, pero el pánico era contagioso. Valentina vio a una mujer que cargaba a un bebé, y al lado, un hombre que gritaba que su esposa se había quedado atrás.

En medio de la multitud, Damián, Camila e Isabela también llegaban. Se abrieron paso entre la gente, buscando un lugar donde sentarse. Fue entonces cuando Damián reconoció a Valentina. Se habían visto una vez, en una fiesta universitaria, y aunque no eran amigos, el rostro de ella le resultó familiar en medio del caos.

—¡Tú! —gritó Damián, acercándose—. ¿Eres Valentina, verdad?

Ella lo miró, confundida, pero asintió. En ese momento, un rugido ensordecedor sacudió el aire. No era un trueno, ni una explosión. Era un sonido que parecía venir de las entrañas de la tierra, un bramido que hizo temblar los vidrios de los edificios cercanos. La multitud enmudeció por un segundo, y luego estalló en gritos de pánico.

—¿Qué fue eso? —preguntó Nicolás, con la libreta temblándole en las manos.

Nadie supo responder. Pero en los ojos de todos se reflejaba el mismo miedo: el miedo a lo desconocido, a lo que no podían explicar.

El sargento Ramírez apareció de entre los soldados, un hombre de uniforme impecable, con una cicatriz en la mejilla y una voz que se imponía sobre el ruido. —¡Todos al interior del estadio! —ordenó—. ¡Rápido, no tenemos mucho tiempo!

Los grupos se movieron como un solo cuerpo, empujándose, pisándose, pero avanzando. Dentro del estadio, el ambiente era sofocante. La gente se aglomeraba en las gradas, mientras los soldados repartían agua y vendas. Damián, Valentina, Camila, Isabela, Samuel y Nicolás se sentaron juntos, formando un círculo improvisado. Compartieron lo poco que tenían: una botella de agua, unas galletas, y la esperanza de que alguien viniera a rescatarlos.

Pero el rescate no llegó. En lugar de eso, llegaron más noticias. El sargento Ramírez se acercó a ellos, con el rostro grave. —Escuchen —dijo en voz baja—. Esto no es un brote cualquiera. Tenemos informes de que los infectados no se comportan igual. Algunos son agresivos, otros parecen... esperar. Y hay algo más: una chica, una sobreviviente, dijo que después de ser mordida, su ojo cambió de color.

Todos miraron a Valentina. Ella palideció. —¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Que no sabemos qué está pasando —respondió el sargento—. Pero necesitamos salir de aquí. Hay un refugio, un lugar seguro, al norte. Pero para llegar, tenemos que cruzar la ciudad.

—¿Cruzar la ciudad? —exclamó Samuel—. ¡Eso es una locura!

—Es la única opción —dijo Ramírez—. El estadio no está preparado para resistir un asedio. Y si lo que sospecho es cierto, los infectados van a rodearnos.

Las horas siguientes fueron un torbellino de preparativos. El sargento organizó a los sobrevivientes en grupos, asignó vehículos y armas. Damián tomó un fusil, aunque nunca había disparado uno. Valentina se quedó con una pistola pequeña, que pesaba más de lo que parecía. Isabela, a pesar de su herida, insistió en ayudar, cargando vendas y medicinas.

Salieron del estadio al anochecer. La ciudad estaba sumida en una oscuridad casi total, solo interrumpida por los incendios que ardían aquí y allá. El convoy avanzaba lentamente, con los faros encendidos, iluminando las siluetas de los infectados que deambulaban por las calles. Valentina iba en el primer vehículo, al lado del sargento. De repente, sintió un dolor agudo en el ojo izquierdo. Se llevó la mano al rostro y notó que el iris, antes marrón, ahora tenía un destello ámbar, como si algo brillara en su interior.

—¿Estás bien? —preguntó Damián, que iba atrás.

—Sí —mintió ella—. Solo... un poco de cansancio.

Pero no era cansancio. Era algo más. Desde ese momento, Valentina comenzó a percibir cosas que los demás no veían. Sombras que se movían antes de que aparecieran, peligros que intuía segundos antes de que ocurrieran. Era como si su ojo izquierdo hubiera despertado a una realidad paralela, una capa de información que siempre había estado allí, pero que nadie podía ver.

Durante el viaje, el grupo descubrió que los infectados no eran todos iguales. Algunos se movían en manada, otros actuaban solos, y unos pocos parecían observarlos desde las azoteas, como si evaluaran sus movimientos. En una parada para reabastecerse, un infectado atacó a Samuel, mordiéndolo en el brazo. Valentina, con su nuevo sentido, supo que iba a atacar antes de que lo hiciera, y gritó una advertencia. Samuel logró esquivar el golpe, pero la mordedura le llegó al antebrazo.

—¡Maldición! —gritó Samuel, mientras Damián disparaba al infectado.

Valentina se acercó a su primo, revisando la herida. La mordedura no era profunda, pero la piel alrededor se estaba oscureciendo, como si algo se extendiera desde el centro. —Tenemos que limpiarla —dijo ella, con voz temblorosa.

Isabela, que había sido enfermera en su juventud, tomó el control. Vertió alcohol sobre la herida y la vendó con tiras de tela. —No sé si esto será suficiente —murmuró—. He visto lo que les pasa a los mordidos.

—¿Qué les pasa? —preguntó Camila.

—Se convierten —respondió Isabela—. Se vuelven como ellos.

Samuel palideció, pero no dijo nada. Todos sabían que el tiempo corría en su contra.

El convoy continuó avanzando, buscando refugio en lugares que, según los archivos del sargento, estaban relacionados con experimentos secretos. Encontraron un edificio abandonado que parecía un laboratorio, con equipos médicos y documentos esparcidos por el suelo. Valentina, con su ojo ámbar, leyó algunos de los papeles. Hablaban de un "Mecanismo de Alteración Biológica", de "variantes" y de un "proyecto antiguo". También encontró una referencia a un "Sujeto 00" y a un "Protocolo Cero".

—Esto es más grande de lo que pensábamos —dijo ella, mostrando los documentos a los demás.

—¿Qué significa? —preguntó Damián.

—Que el brote no fue accidental —respondió Valentina—. Alguien lo planeó.

La noche cayó sobre ellos mientras se adentraban en los alrededores del Castillo de Salgar, una fortaleza colonial que se alzaba sobre un acantilado, frente al mar Caribe. El castillo estaba en ruinas, pero aún conservaba sus muros de piedra y sus torres vigías. El grupo encontró una entrada subterránea, cubierta por maleza y escombros. Al entrar, descubrieron un pasillo que conducía a una sala con paredes de concreto, llena de pantallas apagadas y cables colgando del techo.

En el centro de la sala, había un pedestal con una consola. Damián se acercó y tocó la pantalla, que se encendió con un zumbido. Apareció un mensaje: "ORIGEN_00". Debajo, una firma: "Ríos".

—Ese es mi apellido —dijo Damián, con la voz entrecortada.

—¿Sabes qué significa? —preguntó Valentina.

—No —respondió él—. Pero algo me dice que no voy a querer saberlo.

En ese momento, un rugido proveniente de las profundidades sacudió el castillo. El suelo tembló, el polvo cayó del techo, y las pantallas parpadearon. Era el mismo sonido que habían escuchado en el estadio, pero ahora más cercano, más real. Un rugido que no era de bestia, ni de máquina. Era algo que no tenía nombre, algo que anunciaba el comienzo de una nueva fase.

El grupo se miró, con el terror reflejado en los ojos. Sabían que lo que habían encontrado era solo la punta del iceberg. Pero también sabían que ya no podían retroceder. El MAB estaba allí, en las profundidades, esperando. Y ellos, sin saberlo, estaban a punto de convertirse en parte de su historia.

✦ ✦ ✦
Jugar desde aquí

Privacy choices

Optional analytics help us improve AIBookCraft. They stay off until you allow them. We still count anonymous page views, without cookies or an ID. Writing, sign-in, and checkout work either way.

Change this choice any time. Read our Privacy Policy.