AIBookCraft

Chapter 1

Capítulo 1

Alex y Sofía cenan juntos, pero Alex sufre lapsos de memoria cada vez más extraños. Al día siguiente, encuentra una llave con una inscripción y coordenadas que no reconoce. La oculta a Sofía, sintiendo que su realidad comienza a resquebrajarse.

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—Nunca te he visto tan distraído —dijo Sofía, apoyando la mano sobre la de él.

Alex parpadeó, volviendo a la pequeña mesa del restaurante. El tenedor aún colgaba entre sus dedos, la pasta ya fría. Había estado a punto de decir algo, pero el hilo se había roto.

—Perdona —murmuró, soltando el cubo metálico—. Creo que necesito dormir más.

Sofía inclinó la cabeza, su sonrisa tierna pero con un pliegue de preocupación. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado y llevaba el collar de perlas que él le había regalado el mes pasado. La luz de la vela temblaba entre ellos.

—Has estado así toda la semana. ¿Seguro que solo es cansancio?

—Seguro —respondió él, levantando la copa de vino. El líquido tintineó contra el borde; notó que su mano temblaba ligeramente y la apoyó sobre la mesa.

Sofía no insistió, pero su mirada se demoró un segundo de más. Luego cambió de tema, habló sobre una exposición en el centro cultural. Alex asintió, dejando que su voz lo envolviera como una manta. Era bueno fingir normalidad. Lo había hecho toda su vida.

Pero esa noche, de regreso al apartamento, mientras Sofía dormía a su lado, él se quedó viendo el techo. Los recuerdos del día se desdibujaban como acuarela bajo la lluvia. No recordaba haber pedido el postre. Tampoco cómo habían llegado del restaurante al coche. Un agujero negro de quince minutos.

Se tocó la sien. Su pulso era regular, frío.

—Solo estrés —susurró hacia la oscuridad.

Al día siguiente, en la oficina, ocurrió de nuevo. Estaba explicando a su jefe un análisis de datos cuando las palabras se atascaron. Conocía el proyecto, lo había trabajado durante tres meses, pero de repente los nombres de los clientes eran letras mudas. El jefe lo miró extrañado. Alex sonrió, se excusó con un dolor de cabeza y se encerró en el baño.

Apoyó las palmas en el lavabo y alzó la vista hacia el espejo. Su rostro era el de siempre: pómulos altos, barba ligera, ojos grises que parecían absorber la luz. Pero algo no encajaba. Como si el reflejo llegara con medio segundo de retraso. Parpadeó y la imagen se sincronizó. Debía ser la fatiga.

Apretó la mandíbula y salió.

Por la tarde, recogió a Sofía en la galería donde trabajaba. La encontró clasificando fotografías en blanco y negro. Ella alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa que siempre le aceleraba el pecho.

—Has llegado temprano.

—Quería verte —dijo él, y era cierto. Sofía era su ancla, la única pieza que encajaba sin esfuerzo.

Ella se acercó y le pasó un brazo por la cintura. Él la rodeó con el suyo y la besó en la frente. Un gesto rutinario, pero el contacto lo ancló al presente.

—¿Quieres cenar algo ligero? —preguntó ella—. Tengo ensalada en la nevera.

—Perfecto.

Caminaron hacia el coche. El atardecer teñía de naranja las fachadas. Sofía hablaba de un pintor emergente, reía. Alex la escuchaba, pero su atención se desvió hacia un hombre que los miraba desde la acera de enfrente. Vestía gabardina, llevaba gafas oscuras a pesar de la hora. No era nadie conocido. Sin embargo, una corriente helada le recorrió la nuca.

El hombre giró y se perdió en una calle lateral.

—¿Estás bien? —preguntó Sofía, notando su rigidez.

—Sí, un calambre —mintió, abriendo la puerta del acompañante.

Esa noche, en la cama, Sofía dormía profundamente. Alex permaneció despierto, escuchando su respiración suave. De pronto, una imagen lo golpeó: una habitación blanca, luces fluorescentes, un hombre con bata mirándolo desde arriba. No había sonido. Solo aquella cara, seria, metódica. Y luego nada.

Se sentó de golpe, jadeando. El recuerdo se desvaneció como humo, dejando solo la certeza de que no era suyo.

Miró sus manos. Las líneas de la palma le resultaban ajenas, como si pertenecieran a otra persona. O a algo que no era una persona.

Se levantó sin hacer ruido y fue al baño. Encendió la luz. Se inclinó sobre el lavabo, estudiando su rostro. Intentó recordar su infancia. Había fragmentos: un jardín, una bicicleta roja, una mujer que cantaba en ruso. Pero eran postales, no memorias. Sin olor, sin temperatura.

Algo andaba mal.

Regresó a la cama. Sofía se movió, murmuró su nombre. Él se tumbó de lado, envolviéndola con un brazo. Cerró los ojos.

Cuando despertó, la luz del sol entraba por la persiana. Sofía ya no estaba. Sintió el hueco frío a su lado. Se vistió rápido y fue a la cocina. Allí lo esperaba una nota: "Fui a comprar pan. Vuelvo en diez minutos. Te quiero."

La letra de ella, inclinada, redonda. Alex sonrió, pero la sonrisa se congeló al ver su propia mano sosteniendo el papel. La piel parecía ligeramente más pálida, las venas menos marcadas. Como si algo bajo la superficie hubiera cambiado.

Soltó la nota y dio un paso atrás. El refrigerador zumbó.

Del bolsillo de su chaqueta, que colgaba de una silla, cayó un objeto metálico. Rodó por el suelo y se detuvo contra su pie. Lo recogió. Era una llave pequeña, de esas que abren armarios de oficina, pero con una inscripción que no reconoció: "LM-7".

No tenía ni idea de dónde había salido.

Antes de que pudiera pensar, la puerta del apartamento se abrió. Sofía entró con una bolsa de pan y una sonrisa.

—¿Ya estás despierto? —dijo, dejando la bolsa en la encimera. Vio la llave en su mano—. ¿Qué es eso?

Alex apretó los dedos alrededor de la llave, escondiéndola en el puño.

—Nada. Una llave vieja. La encontré en el cajón.

Ella arqueó una ceja pero no preguntó más. Se acercó para besarlo. Él la recibió, pero su mente seguía en aquella pieza de metal. Algo le decía que esa llave era importante, y que tal vez no debería haberla encontrado.

—¿Quieres café? —ofreció Sofía.

—Sí, gracias.

Mientras ella preparaba la cafetera, Alex abrió la mano y observó la llave. La inscripción parecía nueva, recién grabada. La giró. Al dorso había unas coordenadas: 40.4168° N, 3.7038° W. Exactamente la ubicación del edificio donde trabajaba su jefe… o mejor dicho, donde él trabajaba.

Pero nunca había visto esa llave antes.

Un escalofrío le trepó por la columna. Algo se estaba desmoronando a su alrededor, y no sabía si la caída lo llevaría a la verdad o al vacío.

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