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Chapter 1

Capítulo 1: El ramo equivocado

Sofía prepara un ramo para una clienta importante, pero un despiste con las tarjetas de los pedidos provoca que entregue el ramo de bodas a la señora Gutiérrez, quien lo recibe con desconcierto. Mateo, que ha llegado para llevarla a almorzar, presencia el caos y, entre risas, la convence de ir a comer mientras él arregla el desastre. En el café, Sofía conoce a Lucas, un músico que la invita a su concierto, y Mateo observa la escena con una mezcla de resignación y algo más.

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—¡Es perfecto, Mateo! El ramo de la señora Gutiérrez va a ser el broche de oro de su aniversario —Sofía sostenía un manojo de peonías, rosas y eucalipto con la misma devoción con que un general sostiene su espada antes de la batalla.

Mateo levantó la mirada de su teléfono, donde estaba diseñando un logotipo para una tienda de mascotas que quería parecer “elegante pero divertido”. —¿No decías que la señora Gutiérrez odia las peonías? —preguntó, sin mucho interés.

—Eso fue la semana pasada. Hoy las peonías son el nuevo negro —respondió Sofía, colocando el ramo en un jarrón de cristal. La floristería olía a tierra húmeda y a pétalos frescos, un aroma que a Mateo le recordaba a los domingos de su infancia, cuando su abuela lo llevaba al mercado de flores.

—¿Y qué pasó con la alergia que dijo tener? —insistió él, sin soltar el teléfono.

—Eso fue un malentendido. Resulta que era al polen de los lirios, no a las peonías. La gente confunde mucho esas cosas.

Mateo resopló. —La gente, o tú.

—¡Ay, no seas aguafiestas! —Sofía se giró hacia la mesa de trabajo, donde una docena de tarjetas de pedidos esperaban ser emparejadas con sus respectivos ramos. Cogió la primera: “Para la señora Gutiérrez, con cariño”. Luego agarró el ramo de peonías y lo ató con un lazo de raso blanco. —Listo. Ahora solo falta que pase a recogerlo a las doce.

—Son las once y media —dijo Mateo, mirando su reloj—. ¿No deberías estar preparando... no sé, el ramo de bodas de esa chica que llora cada vez que llamas?

—¡Andrea! Tienes razón. El ramo de novia para Andrea. —Sofía se llevó una mano a la frente, como si el recuerdo le hubiera dado un golpe—. Lo tengo todo planeado. Lirios blancos, rosas crema, y un toque de lavanda.

Mateo la observó mientras revolvía entre los tallos con una energía que solo podía describirse como caos organizado. —¿Segura que no necesitas ayuda?

—Soy una profesional, Mateo. Esto es como montar en bicicleta. —Dicho eso, Sofía tropezó con un cubo de agua y estuvo a punto de derramarlo sobre un surtido de margaritas. Mateo alargó el brazo y lo estabilizó justo a tiempo.

—Bicicleta con ruedas cuadradas, tal vez.

Ella le sacó la lengua y continuó trabajando. A las doce menos cuarto, el timbre de la puerta sonó. Una señora mayor, con un vestido estampado de flores (irónicamente, pensó Mateo) y una sonrisa amable, entró.

—¡Señora Gutiérrez! —exclamó Sofía, entregándole el ramo de peonías con una reverencia teatral—. Para usted, el ramo más especial de la temporada.

La señora Gutiérrez lo tomó, lo olió, y frunció el ceño. —Pero, querida, yo pedí lirios. Y esto... esto parece un ramo de novia. —Señaló el lazo blanco y la forma redondeada del arreglo.

Sofía parpadeó. —¿Lirios? Pero la tarjeta decía... —Miró la mesa: la tarjeta de la señora Gutiérrez estaba junto a un ramo de lirios blancos y rosas crema. El ramo de bodas de Andrea descansaba, perfectamente atado, al lado de una tarjeta que decía “Para Andrea, con amor”.

—Oh, no —susurró.

—Oh, sí —dijo Mateo, sin poder evitar una sonrisa.

—¡Señora Gutiérrez, lo siento muchísimo! —Sofía intentó recuperar el ramo, pero la señora ya lo sostenía con firmeza—. Déjeme cambiarlo, esto es un error imperdonable...

—No, no —dijo la señora Gutiérrez, con una sonrisa que se ensanchó—. La verdad es que estas peonías son preciosas. Y mi marido siempre dice que soy una novia en el fondo. Me lo quedo.

—¿Está segura? —preguntó Sofía, con los ojos muy abiertos.

—Completamente. Además, así tengo una historia que contar en la cena. —La señora Gutiérrez pagó, guiñó un ojo, y salió con el ramo de bodas bajo el brazo.

Mateo se cruzó de brazos. —¿Ves? Hasta el caos tiene su lado positivo. Aunque ahora necesitas otro ramo para Andrea, que llega en... —miró su reloj— quince minutos.

Sofía se quedó paralizada, con las manos llenas de lirios. —¿Quince minutos? ¡Mateo, ayúdame! —Su voz subió un par de tonos.

—Siempre igual. —Mateo suspiró, pero ya estaba enrollándose las mangas de la camisa—. Tú ve a la mesa y empieza a cortar tallos. Yo me encargo de la cinta y el alambre. Y por el amor de todo lo que es sagrado, no mezcles las tarjetas otra vez.

Trabajaron juntos en un silencio que solo se rompía con instrucciones rápidas y algún que otro resoplido de Sofía cuando algo no salía bien. Para cuando Andrea llegó, con los ojos brillantes y un vestido blanco de prueba, el ramo estaba listo: lirios blancos, rosas crema y un toque de lavanda, atado con un lazo de raso color marfil.

—Es precioso —dijo Andrea, con la voz temblorosa—. Es exactamente lo que imaginaba.

Sofía sonrió, aliviada. —Me alegra que te guste. Y que tengas un día maravilloso.

Cuando Andrea se fue, Mateo se dejó caer en una silla. —¿Ves? Sobrevivimos.

—Gracias —dijo Sofía, sentándose frente a él—. No sé qué haría sin ti.

—Probablemente incendiarías la tienda. —Pero lo dijo con cariño.

—Bah. —Ella le dio un golpecito en el brazo—. Vamos a almorzar. Te invito a un café con leche y a una pizza, para celebrar que no hemos muerto en el intento.

—Acepto, pero solo si prometes no mirar las tarjetas de los pedidos mientras caminamos.

—Prometido. —Sofía se levantó y cogió su bolso—. Aunque, para ser justos, la señora Gutiérrez se fue contenta.

—Eso es verdad. —Mateo se puso en pie y la siguió hacia la puerta—. A veces el caos tiene su propia lógica.

Salieron a la calle, donde el sol de mediodía calentaba las aceras y el rumor de la ciudad envolvía todo. La floristería quedó atrás, con su olor a pétalos y su promesa de nuevos ramos. Al llegar al café de la esquina, un lugar pequeño con mesas de madera y un cartel que decía “Hoy: Jazz en vivo”, Sofía se detuvo.

—Mira, hay música —dijo, señalando el interior—. ¿Qué te parece si comemos aquí?

—Mientras no haya más peonías de por medio, me parece bien.

Entraron. El local olía a café recién molido y a cuero viejo. En una esquina, un hombre con melena rebelde afinaba un saxofón. Cuando levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Sofía, y una sonrisa fácil se dibujó en su rostro.

—Bienvenidos —dijo, con una voz pausada y un ligero acento que no lograban identificar—. ¿Vienen a escuchar algo de jazz o solo a comer?

Sofía sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. —A... a comer. Y quizás a escuchar —logró decir, con una sonrisa torpe.

—Entonces están en el lugar correcto. —El hombre, que llevaba una camisa azul desabrochada en el cuello, se presentó—: Me llamo Lucas. Toco aquí los jueves. Si se quedan, les prometo una melodía que les hará olvidar cualquier problema.

Mateo observó la escena con una expresión que combinaba resignación y algo más, algo que no terminaba de definir. —Genial —murmuró—. Más caos.

Pero Sofía ya estaba sentada, con los codos apoyados en la mesa y una sonrisa que prometía historias. —Me quedo —dijo, sin apartar la mirada de Lucas.

Y Mateo, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

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