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Chapter 1

Capítulo 1: El ritmo del nueve

Mayerlis Rivero Guzmán nace el 9 de septiembre de 2009 en una clínica de Montería. Desde su llegada al mundo, el número nueve parece tejer su destino. Crece en el barrio La Pradera, donde el sonido de una pelota contra el concreto marca sus días. Su tío Ramón le regala su primer balón de baloncesto a los cuatro años, y Mayerlis descubre una pasión que la llevará a horas de práctica solitaria en una cancha improvisada. El capítulo termina con ella, a los ocho años, anotando su primer triple en un partido callejero.

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El reloj marcaba las nueve y nueve minutos de la noche del nueve de septiembre de dos mil nueve cuando Mayerlis Rivero Guzmán tomó su primer respiro en este mundo. En la clínica privada de Montería, el personal de turno comentó la casualidad numérica, pero para Yolanda Guzmán, su madre, aquella fecha no era más que el final de un largo y esperado viaje. La pequeña pesó tres kilos y medio, y su llanto, dicen quienes lo escucharon, tenía la fuerza de quien está destinado a hacerse oír.

—Esta niña viene con estrella —dijo la abuela paterna, Elena, mientras sostenía a Mayerlis en sus brazos. Su dedo índice trazó un círculo en el aire, imitando la forma de un nueve—. Miren, la fecha, la hora, todo es nueve. Esa es la cifra de la persistencia, de los comienzos que se repiten hasta volverse destino.

Los primeros meses de Mayerlis transcurrieron en la tranquilidad de una casa pequeña pero llena de calor humano. El barrio La Pradera se extendía como un mapa de calles de tierra y viviendas de colores desgastados por el sol del Caribe colombiano. Allí, el aire olía a mango maduro y a la brisa que bajaba del río Sinú. La rutina de Yolanda consistía en cuidar a su hija mientras el padre, Andrés Rivero, trabajaba en el taller de mecánica de un primo.

El primer sonido que Mayerlis asoció con la alegría fue el golpe seco de una pelota contra el concreto. Sucedió cuando tenía apenas dos años. Su tío Ramón, un muchacho de diecisiete que soñaba con jugar baloncesto profesional, solía llevar una pelota naranja al parque del barrio. Un día, la dejó caer cerca de la pequeña, y Mayerlis, gateando aún, la persiguió con una determinación que dejó boquiabierta a su madre. Sus manitas golpearon la superficie rugosa, intentando imitar el rebote, y aunque no lo logró, nació ahí una conexión silenciosa.

—Esa pelota la hipnotiza —comentó Yolanda a su hermana—. No se cansa de mirarla, de tocarla.

Al cumplir cuatro años, Mayerlis ya caminaba con seguridad y hablaba sin parar. Su tío Ramón, viendo la fascinación que sentía por el balón, le regaló una versión infantil: una pelota pequeña, suave, con el logotipo de un equipo de baloncesto de la NBA. Mayerlis la recibió como si fuese un tesoro. Esa misma tarde, pidió que la llevaran al parque.

El parque de La Pradera no era un campo de juego como los que aparecían en la televisión. No tenía tableros profesionales ni aros regulables. En su lugar, un aro oxidado colgaba de un poste de luz, sujeto con alambre. El suelo era concreto gris, agrietado en varias partes, con una línea de polvo marrón que marcaba el borde de lo que alguna vez fue una cancha. Pero para Mayerlis, aquel lugar era suficiente.

Ramón la sentó en una banca y le enseñó los fundamentos: cómo sostener la pelota, cómo apuntar, cómo flexionar las rodillas. Mayerlis escuchaba con atención, sus ojos negros fijos en cada movimiento de su tío. Cuando intentó su primer lanzamiento, la pelota salió desviada y rodó por la calle. Él corrió a buscarla y se la devolvió con una sonrisa.

—Así se aprende, Maye. Fallando y volviendo a intentar —le dijo.

Ella asintió y lo intentó de nuevo. Esa vez, la pelota tocó el borde del aro y cayó al suelo. No importó. En su rostro se dibujó una sonrisa amplia, sincera; la sonrisa de quien descubre un propósito.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina. Mayerlis despertaba temprano, ayudaba a su madre a recoger la ropa del patio, y luego corría hacia la puerta con la pelota bajo el brazo. Yolanda la veía alejarse con una mezcla de orgullo y preocupación. La calle no era segura, pero el barrio se conocía, y los vecinos vigilaban a los niños.

—No te vayas más allá de la esquina —gritaba Yolanda desde el umbral.

—Sí, mamá —respondía Mayerlis sin voltear, su atención ya puesta en el aro.

A los seis años, Mayerlis entró al colegio público del barrio. Allí, su maestra, la señora Doris, notó algo diferente en ella. Mientras los otros niños jugaban a las escondidas o a la lleva, Mayerlis prefería quedarse en la cancha de baloncesto de la escuela. A veces lanzaba sola; otras, se unía a partidos improvisados con niños mayores. Su altura no era impresionante para su edad, pero su coordinación y su capacidad para anticipar los movimientos de la pelota llamaban la atención.

—Esa niña tiene mano —le dijo la señora Doris a Yolanda durante una reunión de padres—. Nunca había visto a una niña tan pequeña encestar con tanta facilidad.

Yolanda sonrió, pero en el fondo sentía una punzada de inquietud. Soñaba con que Mayerlis estudiara una carrera, que no repitiera la historia de tantas mujeres del barrio, atrapadas en la pobreza y el olvido. El baloncesto, para ella, era un juego, un pasatiempo, no un camino. No obstante, al ver la felicidad de su hija, decidió no interponerse.

El tiempo pasó, y el número nueve siguió manifestándose. El 9 de cada mes, Mayerlis solía tener un buen día en la cancha. Sus amigos del barrio, que empezaban a llamarla “La Nueve”, bromeaban diciendo que el número le traía suerte. Aunque ella no lo creía del todo, no podía negar que algo especial sucedía en esas fechas.

Un martes, cuando Mayerlis tenía ocho años, ocurrió algo que marcaría un antes y un después. Era un día caluroso de marzo. Los mosquitos rondaban los charcos que dejó la lluvia de la noche anterior. Mayerlis llegó al parque y se encontró con un grupo de chicos que organizaban un partido. La invitaron porque necesitaban un jugador más, y ella aceptó sin dudar.

El equipo contrario estaba formado por jugadores más grandes, de diez y once años, que se burlaban de su estatura. —Vas a cansarte rápido, muñeca —dijo uno de ellos, un niño llamado Carlos, con una sonrisa burlona.

Mayerlis no respondió. Se colocó en su posición, esperó el pase, y cuando la pelota llegó a sus manos, sintió una familiaridad que iba más allá de la práctica. Sus dedos se ajustaron al cuero, sus piernas se flexionaron, y sin pensarlo, lanzó. La pelota describió un arco perfecto, rozó la red y cayó dentro del aro. Era su primer triple en un partido callejero.

Los chicos se quedaron en silencio por un segundo, luego estallaron en vítores. Carlos la miró con respeto y dijo: —Bueno, muñeca, tienes puntería.

Ella sonrió, pero su mirada se perdió en el horizonte, hacia las montañas que se veían a lo lejos. En su interior, una certeza comenzó a echar raíces: quizá sus amigos tenían razón sobre el nueve, quizá aquella fecha de nacimiento no era casualidad. Quizá, solo quizá, el baloncesto podría llevarla más allá de los límites de La Pradera.

Esa noche, al volver a casa su mamá la esperaba con una taza de chocolate caliente. Al ver las rodillas raspadas y la camiseta sudada de Mayerlis, supo que su hija había vivido algo significativo.

—¿Ganaste? —preguntó.

—Sí, mamá. Metí un triple —respondió Mayerlis, con los ojos brillando.

Yolanda la abrazó y, por primera vez, pensó que tal vez, en el ritmo de la pelota contra el concreto, había algo más que un juego. Había un destino que apenas comenzaba a escribirse, con la fuerza de un número que se niega a desaparecer.

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