Chapter 3
El Susurro en la Oscuridad
Elizabet comienza a adaptarse a su nueva vida con Sebastian, pero durante la noche escucha un susurro en el viento que la llama. Sebastian la consuela, pero al día siguiente descubre que el árbol de hadas frente a su ventana ha comenzado a marchitarse, señal de que el peligro se acerca.
Dormí profundamente esa primera noche, como si el agotamiento de los días perdidos finalmente me hubiera alcanzado y decidiera cobrarse su deuda. Soñé con alas rotas y bosques que respiraban, con una voz que llamaba mi nombre desde algún lugar oscuro. Pero cuando desperté, la luz del sol entraba por la ventana y el árbol de hadas seguía ahí, con sus flores moradas meciéndose tranquilas.
Me incorporé en la cama y estiré los brazos. Mis alas, aún débiles, se movieron perezosamente, como si también ellas estuvieran desperezándose. El gato negro, al que Sebastian llamaba simplemente 'Gato', dormía enroscado a mis pies, y cuando me moví, abrió un ojo amarillo, me miró con desdén y volvió a cerrarlo.
—Perdona por interrumpir tu sueño, Su Majestad —murmuré, y el gato movió la cola como si respondiera.
Salí de la habitación y encontré a Sebastian en la cocina, preparando algo que olía a canela y manzanas. Llevaba puesto un delantal que parecía demasiado pequeño para él, y tarareaba una melodía que no reconocí.
—Buenos días —dijo sin volverse—. Dormiste bien.
No era una pregunta, sino una afirmación.
—Sí —respondí, subiéndome a una silla—. ¿Cómo sabías que ya estaba despierta?
—Tus pisadas hacen crujir la madera de una manera muy particular —dijo, y se volvió con una bandeja de galletas recién horneadas—. Además, Gato siempre abandona mi cama cuando alguien más se levanta. Es un traidor.
—No es traidor, es leal —corregí, tomando una galleta—. A mí.
—A quien le dé de comer, querrás decir.
Sonreí y mordí la galleta. Estaba tibia y dulce, con trocitos de manzana que se deshacían en la lengua. Comí tres antes de que Sebastian me detuviera con una mano.
—Deja algo para el resto del día —dijo, pero su sonrisa decía que no le importaba que me las comiera todas.
Después del desayuno, Sebastian me llevó al jardín. Era pequeño, rodeado de una cerca de madera que parecía haber sido reparada muchas veces. Había un banco debajo del árbol de hadas, y un pequeño estanque con peces naranjas que nadaban en círculos.
—Este es mi lugar favorito —dijo Sebastian, sentándose en el banco—. Cuando necesito pensar, vengo aquí.
—¿Y qué piensas? —pregunté, sentándome a su lado.
—Cosas —respondió, y su mirada se perdió en el horizonte—. El pasado. El futuro. Lo que podría haber sido y lo que aún puede ser.
—¿Cosas tristes?
—A veces. Pero también cosas bonitas. Como el hecho de que hoy estás aquí.
No supe qué decir. Bajé la vista y observé mis manos, pequeñas y sucias aún, a pesar de que Sebastian me había ayudado a lavarme la noche anterior.
—Sebastian —dije al fin—, ¿por qué me ayudaste? Podrías haberme dejado en el bosque.
—Porque nadie debería estar solo en un lugar así —respondió—. Y porque cuando te vi, supe que necesitabas a alguien. Yo también necesité a alguien una vez, y no lo tuve. No quería que te pasara lo mismo.
—¿Tú también estuviste perdido?
—Sí. Hace mucho tiempo. En otro bosque, en otro lugar. Pero esa es una historia para otro día.
Asentí, aunque mi curiosidad quedó flotando en el aire como una burbuja a punto de estallar.
Pasamos la mañana así, sentados en el banco, viendo cómo las nubes cambiaban de forma. Sebastian me enseñó a distinguir las plantas del jardín: la menta, el romero, la lavanda. Me explicó que cada una tenía una propiedad mágica, y que si las combinabas correctamente, podías hacer desde un té que curaba resfriados hasta un ungüento que cerraba heridas.
—¿Y tú sabes hacer todo eso? —pregunté.
—Algo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero aún estoy aprendiendo. La magia es como un idioma: nunca se termina de dominar.
Cuando el sol comenzó a declinar, Sebastian me pidió que lo ayudara a recoger leña para la chimenea. Caminamos hasta el borde del bosque, pero él se detuvo antes de cruzar la línea de árboles.
—Tú espera aquí —dijo—. Yo voy a buscar ramas secas.
—Pero yo puedo ayudar.
—Lo sé. Pero prefiero que te quedes donde pueda verte.
Obedeció, aunque no sin antes poner una mueca de descontento. Me senté en una piedra y observé cómo Sebastian se adentraba en el bosque, moviéndose con una agilidad que no esperaba en alguien tan alto. En cuestión de minutos, regresó con un montón de ramas bajo el brazo.
—Listo —dijo—. Con esto tenemos para toda la noche.
Esa noche, después de cenar, Sebastian me leyó un cuento de un libro antiguo que encontró en la estantería. Hablaba de un príncipe que se enamoró de una estrella, y de cómo intentó alcanzarla construyendo una torre tan alta que tocaba el cielo. Pero cuando llegó arriba, la estrella ya se había apagado, y el príncipe comprendió que algunas cosas solo pueden admirarse desde lejos.
—Qué triste —dije cuando terminó.
—Sí —asintió Sebastian—. Pero también hermoso. Porque aunque no pudo tocarla, la vio brillar toda su vida. Eso también es amor.
—¿Tú has amado así?
Sebastian guardó silencio un momento. Luego cerró el libro y lo colocó sobre la mesa.
—Una vez —dijo—. Hace mucho tiempo.
—¿Qué pasó?
—Ella se fue. Y yo aprendí que el amor no siempre es suficiente para retener a las personas.
No supe qué responder. Así que me acerqué y le di un abrazo, torpe y rápido, como si mis brazos no supieran bien cómo rodear a alguien tan grande.
—Gracias —dijo Sebastian, y su voz sonó ronca.
—De nada.
Esa noche, cuando me acosté, el viento comenzó a soplar de nuevo. Pero esta vez no era solo viento. Había algo más, un susurro que se colaba por las rendijas de la ventana, que se enredaba en las cortinas y me rozaba la piel como dedos invisibles.
—Elizabet...
Me incorporé de golpe. El susurro había sido claro, nítido, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre justo al lado de mi oído.
—¿Sebastian? —llamé, pero mi voz sonó débil, ahogada por el viento.
—Elizabet... ven...
No era Sebastian. La voz era diferente, más grave, más antigua. Venía de la ventana, del bosque, de algún lugar oscuro que no podía ver.
Salté de la cama y corrí hacia la habitación de Sebastian. La puerta estaba entreabierta, y él ya se había levantado, con el amuleto en la mano y los ojos fijos en la ventana.
—Lo sé —dijo antes de que yo pudiera hablar—. Lo he sentido.
—¿Qué es?
—Algo que no debería estar aquí —respondió, y su mandíbula se tensó—. Algo que te busca.
—¿Qué quiere?
—No lo sé. Pero no pienso dejar que te encuentre.
Sebastian se acercó a la ventana y extendió la mano. Sus dedos trazaron un símbolo en el aire, y por un instante vi cómo la luz de la luna se curvaba, como si obedeciera a su voluntad. Luego, el viento cesó, y el silencio regresó.
—Ya está —dijo, volviéndose hacia mí—. Por ahora, está contenido.
—¿Y mañana?
—Mañana veremos. Pero no te preocupes. Mientras yo esté aquí, nada te pasará.
Me tomó en brazos y me llevó de vuelta a mi cama. Me arropó con la manta, y por un momento, apoyó la mano en mi cabeza, como si bendijera mi sueño.
—Duerme —dijo—. Mañana será otro día.
Pero cuando cerré los ojos, el susurro seguía ahí, latente, como una promesa que no se había cumplido.
Y en la ventana, el árbol de hadas tembló, y una de sus flores cayó al suelo, marchita.