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Chapter 1

Capítulo 1: El viaje

Un autobús escolar con estudiantes rumbo a una excursión se detiene en un lugar desolado. El conductor baja a buscar ayuda para las ruedas. De lejos se escucha un grito, los niños entran en pánico y discuten. De repente, un hombre con máscara blanca sube al autobús, saluda y desenfunda una motosierra, comenzando una masacre. Muchos logran escapar.

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El sol de la mañana acariciaba el cristal del autobús escolar mientras este avanzaba por una carretera que parecía no llevar a ninguna parte. Adentro, una veintena de estudiantes de secundaria llenaban el aire con sus risas y charlas. Era el día de la excursión anual al Parque de la Ciencia, y todos estaban emocionados. Ana miraba por la ventana, soñando despierta con los experimentos que vería. A su lado, su amigo Carlos discutía animadamente con Luis sobre cuál videojuego era mejor, mientras que en la parte trasera, un grupo de chicos cantaba una canción pegajosa de moda.

—¡Ya casi llegamos! —exclamó la señora García, la maestra acompañante, desde su asiento delantero, aunque su voz apenas se escuchaba por encima del bullicio.

El conductor, un hombre mayor de nombre Don Ricardo, siempre silencioso, mantenía la vista fija en el asfalto. Tenía las manos firmes en el volante, pero algo en su mirada parecía inquieto. Nadie le prestó atención. Los minutos pasaban, y el paisaje se volvía más árido: solo campos secos y algunos árboles raquíticos.

De repente, el autobús comenzó a tambalearse. Primero un leve vaivén, luego un golpe seco desde abajo. Don Ricardo frenó suavemente y detuvo el vehículo en medio de la nada. El silencio cayó como un manto.

—¿Qué pasó? —preguntó Ana, girándose hacia Carlos.

—No sé, tal vez una piedra —respondió él, encogiéndose de hombros.

Don Ricardo se levantó, suspiró y se dirigió a la puerta. La abrió con un chirrido y se asomó al exterior. El viento cálido entró, trayendo olor a tierra seca.

—Tranquilos, chicos —dijo con voz grave—. Parece que perdimos una llanta. Voy a buscar ayuda más adelante. No se bajen del autobús.

Los estudiantes se miraron unos a otros. Algunos empezaron a murmurar, otros a reírse nerviosamente. La señora García intentó calmarlos.

—Ya vuelve, no se preocupen. Aprovechen para estirar las piernas... pero adentro, ¿eh? —dijo con una sonrisa forzada.

Don Ricardo bajó los escalones y caminó hacia el horizonte, donde se adivinaba una pequeña elevación. Se alejó lentamente, sin mirar atrás. Los estudiantes lo vieron hacerse cada vez más pequeño hasta que desapareció tras una loma.

Pasaron los minutos. El calor dentro del autobús se volvía sofocante. Algunos abrieron las ventanas, pero el aire era pesado. La charla se reanudó, pero con un tono más inquieto.

—¿Cuánto tiempo va a tardar? —preguntó Luis, secándose el sudor de la frente.

—No sé, pero esto es aburrido —respondió Carlos, golpeteando el asiento.

Y entonces, un sonido rasgó el silencio. Un grito. Lejano, agudo, desgarrador. Venía de la dirección que había tomado Don Ricardo. Todos se quedaron helados. El grito se cortó de repente.

—¿Qué fue eso? —susurró Ana, con los ojos muy abiertos.

—Sonó como... como un hombre gritando —dijo Carlos, tragando saliva.

La señora García se puso de pie, pálida.

—Chicos, mantengan la calma. Seguro fue un animal o algo... —dijo, pero su voz temblaba.

Nadie se movió. El silencio se hizo más pesado. Luego, algunos empezaron a hablar al mismo tiempo. Se oían frases como "debemos bajar", "¿y si le pasó algo al conductor?", "yo quiero irme". La discusión creció. Unos querían salir corriendo, otros pensaban que era mejor esperar. Ana sentía que el corazón le latía en los oídos.

—¡Cállense! —gritó de repente Carlos, levantando las manos—. ¡Escuchen!

Todos callaron. Se oyó un ruido metálico, como si algo golpeara el exterior del autobús. Luego, pasos lentos, pesados, que se acercaban. Los estudiantes se miraron aterrados. La puerta delantera, que Don Ricardo había dejado entreabierta, se abrió de golpe.

Una figura apareció. Era un hombre alto, vestido con ropa oscura, manchada de polvo y algo más. Lo que más llamaba la atención era su rostro: una máscara blanca, lisa, sin rasgos, solo dos agujeros negros para los ojos. Levantó una mano en señal de saludo.

—Buenos días, jóvenes —dijo con una voz distorsionada, metálica.

Nadie respondió. El pánico se instaló en cada rincón del autobús. El hombre bajó la mano y, con la otra, extrajo de detrás de su espalda una motosierra. Era grande, de color rojo, con la cadena afilada que brillaba bajo la luz del sol. La encendió con un rugido ensordecedor.

—Es hora de jugar —dijo, y dio un paso adelante.

El caos estalló. Gritos, llantos, sillas volcadas. El hombre avanzó hacia el centro del autobús, blandiendo la herramienta. El primer golpe alcanzó a un chico de la tercera fila, que no tuvo tiempo de reaccionar. Un chorro de rojo salpicó los asientos.

Ana sintió que alguien la tomaba del brazo. Era Carlos.

—¡Por la ventana! —gritó.

Juntos se lanzaron hacia las ventanas laterales. Otros estudiantes hicieron lo mismo. Se oían cristales rompiéndose, más gritos, el rugido de la motosierra que no se detenía. Ana y Carlos lograron salir por una ventana trasera, cayendo sobre la tierra dura. Se levantaron y corrieron sin mirar atrás, internándose en el campo.

Detrás de ellos, el autobús se había convertido en un infierno. Algunos estudiantes habían logrado escapar por la puerta delantera, otros yacían inmóviles. La figura de la máscara blanca se movía entre los cuerpos, ensordecedoramente mecánica.

Ana jadeaba, sintiendo que los pulmones le ardían. A su lado, Carlos tropezaba pero seguía corriendo. Detrás, oían más gritos, y luego un silencio repentino. Se detuvieron al llegar a una pequeña arboleda, escondiéndose tras un tronco.

—¿Qué... qué fue eso? —preguntó Ana entre sollozos.

—No lo sé —respondió Carlos, temblando—. Pero tenemos que alejarnos más.

Desde su escondite, vieron cómo el autobús comenzaba a moverse lentamente. El motor rugió. La figura de la máscara blanca se sentó en el asiento del conductor, y el vehículo dio media vuelta, alejándose por la carretera, dejando tras de sí un rastro de silencio y polvo.

Y entonces, desde el interior del autobús, se escuchó una risa metálica que se perdió en la distancia.

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