AIBookCraft

Chapter 2

El primer encuadre

Ronald visita la galería de Isabella al día siguiente. Ella le muestra su obra y discuten sobre el arte de contar historias. Ronald enfrenta sus inseguridades mientras la conexión entre ellos se profundiza. Isabella revela su propia búsqueda artística y lo invita a ver algo que podría cambiar su perspectiva.

8 min read

Ronald llegó diez minutos antes de las diez. La galería estaba en una calle angosta del Malecón, entre un local de artesanías y una tienda de discos de vinilo. El letrero decía «Galería del Silencio» en letras doradas desgastadas, y la puerta de madera estaba entreabierta, como si el lugar estuviera acostumbrado a recibir visitantes sin preguntar.

Empujó la puerta y entró. El espacio era pequeño, de techos altos y paredes blancas llenas de fotografías y cuadros. La luz entraba por un tragaluz y se derramaba sobre el piso de madera, creando un mapa de sombras y brillos. No había nadie a la vista, pero se escuchaba música clásica bajita, como un susurro de violines.

—¿Isabella? —preguntó, sintiéndose un intruso.

—Atrás —respondió una voz desde el fondo, seguida del ruido de algo que se caía y un suspiro—. Perdón, ya voy.

Ronald caminó entre las obras. Había retratos en blanco y negro de personas mayores, sus rostros surcados de arrugas que parecían mapas de vidas enteras. También había paisajes urbanos, tomados desde ángulos extraños: un charco que reflejaba un edificio, una sombra alargada sobre el asfalto, un niño corriendo detrás de una paloma. Cada imagen contaba algo, pero no todo. Dejaban espacio para que el espectador completara la historia.

—Te gusta el desenfoque, ¿verdad?

Se giró. Isabella estaba detrás de él, secándose las manos en un trapo manchado de tinta. Llevaba el mismo vestido floreado de la noche anterior, pero esta vez con un delantal de cuero encima. El cabello le caía sobre los hombros y tenía una mancha azul en la mejilla.

—El desenfoque —repitió ella, sonriendo—. No todo tiene que ser nítido para ser real. A veces lo borroso dice más que lo perfecto.

Ronald asintió, pensando en las veces que había editado sus propias palabras para que sonaran más pulidas, más seguras. Quizás lo borroso era más honesto.

—¿Qué te trae por aquí tan temprano? —preguntó Isabella, dejando el trapo sobre una mesa—. Pensé que los locutores dormían hasta el mediodía.

—Eso es un mito —dijo Ronald—. Los que hacemos radio nocturna dormimos cuando el sol nos da permiso. Pero hoy no pude quedarme en la cama.

—¿Nervioso por la entrevista?

—¿Entrevista?

Isabella levantó una ceja y caminó hacia un pequeño escritorio donde había una cafetera de émbolo. —Mateo me dijo que querías hablar conmigo para tu programa. Sobre arte, creatividad, cosas así.

Ronald sintió un calor en la nuca. No había tenido tiempo de llamarla, pero Mateo ya lo había hecho por él. Ese viejo siempre un paso adelante.

—Sí —mintió—. Pensé que podríamos empezar hoy, si no te molesta.

—Para eso estoy. —Isabella sirvió dos tazas de café negro y le ofreció una—. Pero primero quiero mostrarte algo.

Lo guio hacia el fondo de la galería, donde una cortina de terciopelo negro separaba una pequeña sala. Al correrla, Ronald se encontró con una instalación: una serie de micrófonos de distintos tamaños colgaban del techo, algunos antiguos, otros modernos, todos conectados por cables que serpenteaban hasta el piso. En el centro, un altavoz reproducía una grabación en loop: fragmentos de voces, risas, suspiros, una tos, el crujido de un papel.

—La llamo «El peso de lo que se dice» —dijo Isabella, observando su reacción—. Cada micrófono tiene una historia. Algunos los compré en mercados de pulgas, otros los encontré en la basura. Todos han sido usados para gritar, susurrar, cantar o callar.

Ronald se quedó quieto. La instalación lo envolvía, lo confrontaba. Los micrófonos parecían mirarlo, recordándole todas las veces que había hablado sin sentir, todas las veces que había callado lo que importaba.

—¿Por qué esto? —preguntó, con la voz ronca.

Isabella se acercó a uno de los micrófonos, un modelo de los años sesenta con la rejilla oxidada. —Porque creo que todos cargamos con las palabras que hemos dicho y las que no nos atrevimos a decir. Los micrófonos son solo testigos. —Giró hacia él—. Mateo me contó que empezaste en la radio hace veinte años. Que has hecho de todo. Pero que algo te falta.

—Mateo habla demasiado —murmuró Ronald, pero sin rencor.

—No, habla justo lo necesario. —Isabella sonrió—. Como un buen locutor.

El café humeaba entre sus manos. Ronald bebió un sorbo, amargo y fuerte. —¿Y tú? ¿Qué buscas en todo esto?

Ella se sentó en el piso, cruzando las piernas, y señaló el espacio vacío a su lado. Ronald dudó un segundo, luego la imitó. La madera estaba fría, pero la cercanía de Isabella lo calentaba.

—Busco una historia que valga la pena contar —dijo ella, mirando los micrófonos—. No una historia perfecta, sino una que tenga cicatrices. He viajado por varios países, he fotografiado guerras y bodas, funerales y fiestas. Pero siempre siento que me falta algo. Como si estuviera encuadrando la imagen equivocada.

—¿Y cómo sabes cuándo has encontrado la correcta?

Isabella se giró hacia él. Sus ojos, verdes como el musgo después de la lluvia, lo atravesaron. —Cuando duele un poco. Cuando te obliga a mirar algo que preferirías ignorar.

El silencio se alargó. Ronald sintió que ella hablaba de él, de su propia vida. De todas las veces que había preferido no mirar.

—Ayer en la noche —dijo él, sin planearlo—, cuando te vi fotografiando la fuente, parecías muy concentrada. ¿Qué buscabas?

—La luz justo antes de que la luna se escondiera. Hay un momento, solo unos segundos, en que el agua refleja el cielo de una manera que parece un sueño. Si parpadeas, lo pierdes. —Ella sonrió con picardía—. Es como tu programa. Dijiste esa frase sobre el silencio justo cuando todo el mundo estaba escuchando. No fue casualidad.

Ronald sintió que el suelo se movía otra vez. —¿Escuchaste eso?

—Dije que te escucho a veces. Esa noche estaba editando fotos y puse la radio de fondo. Y de repente tu voz se volvió… diferente. Como si hablaras con alguien que no estaba en la cabina.

—Hablaba conmigo mismo —admitió Ronald.

—Eso se nota. —Isabella se levantó de un salto y extendió la mano para ayudarlo—. Vamos, te enseñaré el resto.

Recorrieron la galería durante una hora. Isabella le explicaba las técnicas, los motivos detrás de cada obra, las historias de las personas que había fotografiado. Había un retrato de una anciana vendiendo flores en el mercado, con las manos arrugadas y los ojos brillantes. «Esa señora perdió a su esposo hace diez años y sigue hablando con él todas las noches», dijo Isabella. «Le pregunté si podía fotografiarla justo después de una de esas conversaciones. Dijo que sí, porque sentía que su esposo la miraba desde el lente.»

Ronald tragó saliva. Recordó las noches en que él también hablaba con alguien que ya no estaba. Pero nunca lo había dicho en voz alta.

—¿Y por qué mostrarme todo esto? —preguntó, deteniéndose frente a un cuadro abstracto lleno de manchas azules y grises—. No soy crítico de arte ni coleccionista.

—Porque Mateo dijo que necesitabas ver algo diferente. Y porque yo también necesito un oyente. —Isabella se encogió de hombros—. Los artistas también queremos ser escuchados, ¿sabes? No solo mirados.

Ronald sonrió por primera vez en el día. Era una sonrisa pequeña, incómoda, pero genuina.

—De acuerdo —dijo—. Entonces empecemos la entrevista. Pero antes, quiero preguntarte algo fuera de micrófono.

—Dispara.

—¿Crees que uno puede encontrar su voz después de haberla perdido?

Isabella lo miró largamente. Luego se acercó al altavoz que reproducía las voces y lo apagó. El silencio cayó como un telón.

—No se pierde —dijo, en voz baja—. Se esconde. Y a veces hay que dejar que otros la encuentren por uno.

El corazón de Ronald latió con fuerza. Quiso decir algo, pero las palabras no llegaron. En su lugar, Isabella tomó su cámara, la que llevaba colgada al hombro, y le tomó una foto a Ronald sin aviso.

—Así —dijo, revisando la imagen en la pantalla—, así es como te veo ahora. Sin micrófono, sin guion. Solo tú.

Ronald sintió que algo se rompía dentro de él, pero no era dolor. Era más bien una puerta abriéndose.

—¿Puedo verla? —preguntó.

—Todavía no. —Isabella guardó la cámara—. Las fotos, como las historias, necesitan su tiempo para revelarse. Vuelve mañana a la misma hora. Te mostraré algo que quizás te ayude a encontrar lo que buscas.

—¿Y si no sé lo que busco?

Ella se encogió de hombros, pero sus ojos brillaban. —Entonces ven de todas formas. Tal vez lo descubras en el camino.

Ronald salió de la galería con el corazón latiendo desbocado. El sol de mediodía pegaba fuerte, pero él sentía una brisa fresca que venía de adentro. Caminó sin rumbo por el Malecón, mirando el río, los barcos, las gaviotas. Su teléfono vibró. Era un mensaje de Mateo: «¿Cómo fue?».

Ronald escribió: «Interesante. Creo que encontré algo.»

Mateo respondió con un emoji de un micrófono y una nota musical.

Ronald guardó el teléfono y respiró hondo. Por primera vez en meses, sintió que el día tenía más horas que su programa nocturno. Y que quizás, solo quizás, la historia que necesitaba contar no empezaba con un «buenas noches», sino con un «hola» dicho a tiempo.

✦ ✦ ✦
Jugar desde aquí

Privacy choices

Optional analytics help us improve AIBookCraft. They stay off until you allow them. We still count anonymous page views, without cookies or an ID. Writing, sign-in, and checkout work either way.

Change this choice any time. Read our Privacy Policy.