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Chapter 1

El despertar de los sueños

En la tranquila Transilvania, Rhoyer Oftemon despierta de un sueño premonitorio que la inquieta profundamente. Durante el día, ayuda en la herrería local y visita la tienda de su madre adoptiva, Bilshian, quien le advierte sobre ciertos lugares prohibidos. Esa noche, Rhoyer escribe en su diario y tiene otro sueño intenso, donde aparece una figura demoníaca que la llama por su nombre. Al despertar, encuentra una marca en su brazo, señal de que el destino comienza a tejerse.

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El viento nocturno susurraba entre los árboles centenarios de Transilvania, trayendo consigo el aroma de tierra húmeda y flores silvestres. En una pequeña casa de piedra al borde del bosque, Rhoyer Oftemon se removía inquieta entre las sábanas de lino. Su cabello oscuro se desparramaba sobre la almohada como un lienzo de sombras, y sus ojos avellana permanecían cerrados, atrapados en un mundo que no era el suyo.

En el sueño, ella caminaba por un sendero de piedras negras que brillaban bajo una luna carmesí. A su alrededor, criaturas de sombras danzaban en silencio, y una voz grave, como el eco de una campana oxidada, repetía su nombre una y otra vez: «Rhoyer... Rhoyer...». El suelo temblaba, y al final del camino, una figura alta y esbelta la esperaba, con ojos que ardían como brasas.

—No tengas miedo —decía la figura, extendiendo una mano pálida—. Ven conmigo y descubrirás la verdad.

Rhoyer quería retroceder, pero sus pies se movían solos, atraídos por una fuerza invisible. Cuando casi rozaba los dedos de aquella mano, un grito desgarrador la despertó.

Se incorporó de golpe, jadeando, con el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le saldría del pecho. Una fina capa de sudor perlaba su frente. La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz plateada de la luna real que se colaba por la ventana.

—Solo fue un sueño —murmuró para sí misma, aunque en el fondo sabía que esos sueños eran más que simples imágenes de su mente.

Desde hacía semanas, las visiones se repetían con una claridad perturbadora. A veces eran advertencias: un incendio en el mercado, una tormenta que arrasaba los cultivos. Otras, como esta, eran encuentros con aquella figura que parecía conocerla mejor que ella misma. Rhoyer había aprendido a no ignorarlos, pero también a temerlos.

Se levantó y caminó hacia la ventana. La aldea dormía bajo un manto de estrellas. Las casas de techos de paja se agrupaban alrededor de la plaza central, donde la fuente de piedra manaba un agua cristalina. Más allá, el bosque se extendía como un mar oscuro, lleno de secretos que Bilshian le había prohibido explorar.

—¿Otra vez soñando despierta? —la voz suave de su madre la sobresaltó.

Rhoyer se giró y vio a Bilshian en el umbral de la puerta, con su bata de lana y el cabello plateado suelto sobre los hombros. A pesar de la hora, su mirada era serena, pero había algo en ella que denotaba preocupación.

—No podía dormir —respondió Rhoyer, intentando sonar tranquila.

Bilshian se acercó y colocó una mano cálida sobre su hombro.

—He oído que te agitabas. ¿El sueño otra vez?

Rhoyer asintió sin palabras. No necesitaba explicar más; su madre siempre sabía.

—Ven, te prepararé un té de manzanilla y valeriana. Te ayudará a descansar.

Bajaron las escaleras de madera que crujían bajo sus pies, y en la cocina, Bilshian encendió un par de velas mientras ponía agua a hervir. El ambiente era acogedor, con hierbas secas colgando del techo y frascos de vidrio alineados en estantes.

—Mamá —dijo Rhoyer mientras se sentaba en una silla—, ¿tú crees que los sueños pueden decirnos algo real?

Bilshian guardó silencio un momento, removiendo el agua con una cuchara de madera.

—Algunos sueños son solo ecos de lo que vivimos durante el día —respondió al fin—. Pero otros... otros son mensajes de lugares que no conocemos, de tiempos que aún no han llegado.

—¿Y cómo se distinguen?

La mujer la miró con esos ojos profundos que parecían haber visto más de lo que contaban.

—El corazón lo sabe, Rhoyer. Cuando un sueño te deja una sensación que perdura al despertar, cuando las imágenes se graban en tu memoria como si hubieran sucedido de verdad, entonces debes prestar atención.

Rhoyer bajó la mirada. Recordaba cada detalle del sueño: el brillo de las piedras, la danza de las sombras, la voz grave que la llamaba. Y sobre todo, aquellos ojos de brasa que parecían quemarle el alma.

—He tenido uno esta noche —confesó—. Había un hombre... o algo que parecía un hombre. Me pedía que fuera con él, que descubriera la verdad.

Bilshian dejó la cuchara y se volvió hacia ella. Su rostro había palidecido ligeramente.

—¿Y qué más viste?

—No mucho más. Solo un camino de piedras negras y una luna roja. Pero sentía... sentía que lo conocía, aunque nunca lo había visto antes.

La madre apretó los labios, y por un instante, Rhoyer vio algo parecido al miedo en sus ojos. Pero Bilshian se recompuso y le tendió una taza humeante.

—Bebe esto. Mañana será otro día.

—Mamá, ¿hay algo que no me estás contando?

La pregunta flotó en el aire como una hoja en el viento. Bilshian la miró largamente, y cuando habló, su voz era apenas un susurro.

—Hay verdades que pesan, hija, y es mejor dejarlas descansar en la sombra hasta que llegue el momento adecuado.

Rhoyer sabía que no obtendría más respuestas. Bebió el té en silencio, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo, mientras su mente seguía dando vueltas a las imágenes del sueño.

Al amanecer, los gallos cantaron y la aldea comenzó a despertar. Rhoyer se vistió con su ropa de trabajo: una camisa holgada, pantalones remendados y botas de cuero. Hoy la esperaba un día largo en la herrería de Maestro Aldric, donde ayudaba a mantener los aperos de labranza y las herramientas de los campesinos.

El taller olía a hierro caliente y sudor. El fuego de la fragua rugía mientras Aldric martilleaba una pieza de metal, dando forma a una reja de arado. Rhoyer se encargaba de avivar el fuego, pasar las herramientas y, de vez en cuando, escribir en un cuaderno que siempre llevaba consigo.

—¿Otra vez con tus escritos, muchacha? —gruñó Aldric con simpatía—. Más te valdría aprender un oficio de verdad.

—Escribir es mi oficio —respondió ella con una sonrisa—. O al menos, lo será algún día.

El hombre rió, pero no había burla en su voz. Sabía que Rhoyer era diferente, que su mente vagaba por lugares que él no podía imaginar.

A media tarde, cuando el sol comenzaba a declinar, Rhoyer pidió permiso para salir un rato. Caminó hacia la tienda de su madre, un pequeño local de madera donde Bilshian vendía hierbas, ungüentos y remedios. Al entrar, el aroma a menta, romero y lavanda la envolvió.

—Hola, mamá. ¿Necesitas ayuda?

—Sí, hija. ¿Podrías llevar estas bolsas de salvia a la señora Greta? Dijo que le vendrían bien para sus dolores.

Rhoyer asintió y tomó las bolsas. El trayecto era corto, pero pasaba por el borde del bosque, y siempre que se acercaba a ese lugar, sentía una extraña atracción, como si algo la llamara desde las profundidades.

Al llegar a casa de Greta, entregó las hierbas y escuchó sus agradecimientos. Ya de regreso, el sol se ocultaba tras las colinas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. Rhoyer se detuvo un momento para contemplar el paisaje, y fue entonces cuando lo vio.

Al otro lado del camino, entre los árboles, una figura alta y delgada lo observaba. Vestía ropas oscuras que parecían fundirse con las sombras, y su cabello negro caía sobre sus hombros como una cascada de tinta. Aunque la distancia era considerable, Rhoyer pudo ver sus ojos: dos ascuas brillantes que la miraban fijamente.

Su corazón dio un vuelco. Era el hombre del sueño.

—¡Eh! —gritó, pero su voz sonó débil.

La figura no se movió. Solo la miró, y luego, lentamente, se volvió y desapareció entre los árboles, como si nunca hubiera estado allí.

Rhoyer quedó paralizada, con el pecho oprimido por una mezcla de miedo y fascinación. Quería correr tras él, pero sus piernas no respondían. Cuando por fin reaccionó, ya era demasiado tarde; el bosque estaba vacío.

Esa noche, después de cenar, Rhoyer se sentó en su habitación con el cuaderno abierto. Escribió todo lo que recordaba del sueño y del encuentro, tratando de darle sentido. Pero las palabras se enredaban en su mente como hilos de una telaraña.

—¿Quién eres? —susurró—. ¿Y por qué me persigues?

Al final, el cansancio la venció. Se acostó, pero antes de cerrar los ojos, sintió una presencia. No era miedo, sino algo más íntimo, como si alguien la estuviera observando desde la oscuridad.

—Rhoyer —oyó de nuevo la voz grave, esta vez no en sueños, sino en el susurro del viento que entraba por la ventana.

Se incorporó de golpe, pero la habitación estaba vacía. Sin embargo, en la pared, donde antes solo había piedra desnuda, ahora brillaba una marca tenue: un símbolo que no reconoció, como una estrella de seis puntas entrelazada con una luna creciente.

Tocó la marca con la punta de los dedos, y un escalofrío recorrió su espalda. Sabía, con una certeza que la asustaba, que aquello era solo el comienzo. El destino había comenzado a tejer sus hilos invisibles, y ella, Rhoyer Oftemon, estaba en el centro del telar.

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