Chapter 2
El eco frente al espejo
Mateo se acerca al músico callejero, pero el encuentro no es con Javier. En su lugar, descubre que la melodía pertenece a un antiguo conocido, Daniel Herrera. La tensión entre ellos se vuelve palpable cuando Daniel revela que sabe más sobre Javier de lo que Mateo quisiera escuchar.
Mateo caminó hacia la plaza, guiado por el sonido de la guitarra. La melodía se enredaba entre los árboles mojados, cada nota una pregunta que no se atrevía a formular. A unos metros, el músico seguía de espaldas, su silueta recortada contra la luz mortecina de la tarde. El corazón de Mateo latía con tanta fuerza que apenas escuchaba el rumor de la ciudad a su alrededor.
—Javier —susurró, aunque el viento se llevó la palabra antes de que llegara a ningún oído.
Dio otro paso. Luego otro. Las manos le temblaban, y no sabía si era el frío o el miedo a lo que encontraría al otro lado de aquella espalda familiar. La guitarra calló de repente, y el silencio cayó sobre la plaza como un peso inesperado.
El músico se giró.
Mateo sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. No era Javier. Era Daniel Herrera, con esa sonrisa impecable que siempre parecía saber más de lo que decía. Llevaba el cabello más corto que la última vez que lo vio, y un abrigo oscuro que contrastaba con la camisa blanca impecable.
—Mateo —dijo Daniel, y su voz sonó como caramelo derretido, dulce y pegajoso—. Cuánto tiempo. ¿Sigues coleccionando libros viejos y recuerdos más viejos aún?
Mateo tragó saliva. Quiso dar media vuelta, pero sus piernas no le obedecieron.
—Daniel. No esperaba encontrarte aquí.
—La ciudad es pequeña, ¿no? —Daniel dejó la guitarra apoyada contra el banco y dio un paso hacia él—. He oído que sigues en la misma librería. El Susurro de algo...
—El Susurro del Corazón Fantasma —completó Mateo, con un tono más cortante de lo que pretendía.
Daniel rio, un sonido calculado que no llegaba a sus ojos. —Siempre tan poético. Supongo que algunas cosas no cambian.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Mateo, cruzando los brazos como si pudiera protegerse de aquella presencia incómoda.
—Toco. Gano algo de dinero. Paso el rato. —Daniel se encogió de hombros—. La vida que llevo no es tan estable como la tuya, pero al menos no me escondo entre estantes.
—No me escondo.
—¿No? —Daniel inclinó la cabeza, y su mirada se volvió afilada—. Entonces dime, Mateo, ¿por qué cuando oíste mi música viniste corriendo como un perro perdido? ¿Esperabas encontrar a Javier?
El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque quieto. Mateo sintió que el aire se volvía más denso.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es —dijo Daniel, y su voz perdió todo rastro de dulzura—. Yo estuve después de él, ¿recuerdas? Yo fui el que ocupó el espacio que Javier dejó vacío. Y aún así, siempre fuiste tú el que miraba por encima de mi hombro, esperando verlo aparecer.
Mateo apretó los puños dentro de los bolsillos del abrigo. —No tienes derecho a hablar de eso.
—Tengo todo el derecho. —Daniel dio otro paso, y ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Mateo percibiera su colonia, un aroma cítrico y amargo—. Porque sé algo que tú no sabes. Algo que Javier nunca te contó.
El corazón de Mateo dio un vuelco. —Mientes.
—¿De verdad crees que Javier se fue porque tú tuviste un amante? —Daniel sonrió, pero era una sonrisa triste, casi compasiva—. Él ya se había ido mucho antes. Solo buscaba una excusa para no tener que decirte la verdad.
—¿Qué verdad? —La voz de Mateo apenas era un susurro.
Daniel guardó silencio un momento. La plaza seguía su curso indiferente: niños correteando, ancianos en los bancos, una pareja discutiendo junto a la fuente. Todo seguía igual, pero el mundo de Mateo se había detenido.
—Javier nunca te fue infiel, Mateo. Eso fue lo que siempre creíste, ¿no? Que él también tuvo a alguien más. Pero no. Lo que tuvo fue miedo. Miedo de no ser suficiente, miedo de que te cansaras de él, miedo de que un día despertaras y te dieras cuenta de que todo aquello no era más que una costumbre.
—No es cierto —murmuró Mateo, pero las palabras sonaban huecas incluso para él.
—Pregúntale, si alguna vez vuelves a verlo. —Daniel recogió la guitarra y la colgó al hombro—. Pero no esperes que te guste la respuesta.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar calle abajo, dejando a Mateo solo en medio de la plaza, con el eco de sus palabras zumbando en la cabeza como un insecto molesto.
—Espera —gritó Mateo, pero Daniel no se detuvo—. ¿Por qué me dices todo esto ahora?
Daniel se giró una última vez. Su rostro había perdido toda máscara de superioridad; por un instante, pareció tan cansado como Mateo se sentía.
—Porque yo también estuve enamorado de ti, Mateo. Y sé lo que es perder a alguien que nunca estuvo del todo contigo. —Hizo una pausa—. Pero al menos yo tuve el valor de decírtelo. Javier prefirió huir.
Y entonces desapareció entre la multitud, dejando a Mateo frente a un banco vacío, una guitarra que ya no sonaba, y un puñado de verdades que amenazaban con desmoronar todo lo que creía saber.
Mateo se dejó caer en el banco, la cabeza entre las manos. La carta de Javier quemaba en su memoria, cada palabra ahora teñida de un significado nuevo. ¿Había sido siempre así? ¿Había malinterpretado todo?
El viento trajo consigo el aroma a tierra mojada y el rumor lejano de otra canción. Pero esta vez, Mateo no se levantó a seguirla. Se quedó allí, inmóvil, mientras las sombras de la tarde se alargaban a su alrededor, y la duda crecía como una enredadera alrededor de su corazón.
—Necesito saber la verdad —musitó para sí mismo—. Necesito encontrarlo.
Pero encontrar a Javier significaba enfrentar no solo el pasado, sino también aquello que Daniel había dejado entrever: que quizás el culpable de la ruptura no era quien él siempre había señalado.
Mateo levantó la vista hacia el cielo gris. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, finas como agujas. Se puso en pie lentamente, sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de Elena.
—Elena —dijo cuando ella respondió—. Necesito que me ayudes a encontrar a Javier. De verdad.
Del otro lado, hubo un silencio breve, y luego la voz de Elena, con un dejo de satisfacción apenas disimulado:
—Por fin. Te recojo en veinte minutos.
Mateo colgó y guardó el teléfono. La lluvia arreciaba, pero él no se movió. Frente a él, la plaza se vaciaba lentamente, y en el aire flotaba aún el eco de aquella melodía que no era de Javier, pero que había despertado algo que ya no podía ignorar.
El susurro del corazón fantasma se había convertido en un grito.