Chapter 1
Capítulo 1
Fue en el año 1960 de septiembre del día 23 fue el año en que un malentendido lo llevó a ser encarcelado en la prisión de Alcas. Relata su detención, el viaje a la prisión y sus primeras impresiones al llegar, terminando con la incertidumbre de lo que le espera.
Fue en el año 1960 de septiembre día 23 aquel malentendido. Un año que, como todos los anteriores, había comenzado con la promesa de una vida corriente, de días llenos de trabajo y de noches tranquilas. Pero el destino, caprichoso y a veces cruel, tenía otros planes. Aquel malentendido, del que prefiero no hablar en detalle, se enredó en mi existencia como una mala hierba que crece sin ser llamada, y antes de que pudiera comprenderlo, me vi envuelto en un torbellino de acusaciones y desconfianzas.
Todo empezó una mañana de otoño. El viento soplaba con fuerza, arrastrando hojas secas por las calles empedradas de la ciudad. Yo caminaba hacia mi trabajo, como hacía cada día, con la cabeza gacha y el pensamiento en las pequeñas obligaciones del día. Sin embargo, ese día no fue como los demás. Unas voces alteradas, un grito, un malentendido que se desató en cuestión de segundos. Alguien me señaló, alguien dijo mi nombre, y de repente me vi rodeado de uniformes. Intenté explicar, pero las palabras parecían no tener sentido. El error se propagó como un incendio, y antes del mediodía, me hallaba en una celda de la comisaría, con el corazón latiendo con fuerza y la mente nublada por la incredulidad.
La detención fue un proceso confuso y desconcertante. Me sometieron a preguntas que yo no comprendía del todo, y mis respuestas, torpes y nerviosas, no hicieron más que empeorar la situación. Recuerdo la cara del oficial que tomaba notas, sus ojos fríos y distantes, como si yo ya no fuera una persona, sino un caso más. Pasé tres días en aquella celda, escuchando el eco de las rejas y el murmullo de otros presos. No había ventanas, solo una luz artificial que nunca se apagaba, y un olor a humedad y desinfectante que se me grabó en la memoria. En ese espacio reducido, empecé a comprender la magnitud de lo que me estaba sucediendo: mi vida había cambiado para siempre, y todo por un malentendido que no podía deshacer.
El cuarto día, me trasladaron. Un furgón gris, sin ventanas, me llevó a través de caminos que no podía ver. Solo sentía los giros, los baches, el ruido metálico del vehículo. El trayecto duró horas, o quizás solo minutos; el tiempo se volvió una masa informe. Cuando finalmente se detuvo, las puertas se abrieron y la luz del día me cegó por un instante. Parpadeé y vi frente a mí una mole de hormigón, rodeada de altas vallas coronadas con alambre de púas. Era la prisión de Alcas, un nombre que hasta entonces solo había escuchado en rumores lejanos, en conversaciones de taberna sobre hombres que habían desaparecido tras sus muros.
Al entrar, todo era gris y frío. Los pasillos largos, las puertas de acero, los guardianes con uniformes impecables y miradas que no dejaban lugar a la duda. Me desnudaron, me revisaron, me dieron un traje tosco y un número que reemplazó mi nombre. Me asignaron una celda en el tercer piso, un espacio de apenas cuatro pasos de largo, con una litera, un lavabo y un retrete. La luz entraba por una pequeña ventana con barrotes, justo debajo del techo, ofreciendo una franja de cielo que se convirtió en mi único contacto con el mundo exterior.
Aquella primera noche, acostado en el colchón duro, escuché los sonidos de la prisión: el eco de pasos en los pasillos, las conversaciones apagadas de los vecinos de celda, el golpe ocasional de las puertas. Me sentí solo, más solo de lo que jamás me había sentido. Pero también sentí una extraña calma, como si el hecho de haber llegado a aquel lugar pusiera fin a la incertidumbre del traslado. Ahora estaba aquí, en Alcas, y tenía que enfrentar lo que viniera.
Mientras el silencio de la noche se asentaba, recordé las últimas palabras de mi abogado antes de que me trajeran: «Todo se aclarará, solo hay que tener paciencia». Las repetí en mi mente como un mantra, pero en el fondo sabía que la paciencia sería mi mayor desafío. No sabía cuánto tiempo pasaría entre estos muros, si el malentendido se resolvería o si quedaría sepultado entre los papeles del sistema. La incertidumbre era como un peso en el pecho.
De repente, un ruido distinto rompió el silencio. Algo cayó en la celda contigua, seguido de una risa ahogada. Luego, una voz, ronca pero amable, dijo: «¿Eres nuevo? Bienvenido al infierno». No supe si era una broma o una advertencia. Pero esas palabras, dichas en la oscuridad, fueron el primer lazo con el mundo que empezaba a ser mi hogar. La voz continuó: «No te preocupes, todos hemos pasado por eso. Mañana te explicaré cómo funcionan las cosas aquí». Y luego, el silencio regresó, pero ya no era el mismo. Ahora había alguien al otro lado del muro, alguien que conocía el camino.
Cerré los ojos, y mientras el sueño comenzaba a vencerme, una mezcla de miedo y esperanza me invadió. Aquel malentendido me había llevado hasta Alcas, pero quizás, dentro de estos muros, encontraría algo que no esperaba: una historia que contar, y quizás, una forma de redención. Mañana sería otro día, y yo, el preso en la prisión de Alcas, empezaría a escribir mi historia.