Chapter 1
El deseo de Mateo
Mateo, un niño curioso y soñador, vive en un rancho alejado junto a su familia. Un día, mientras recoge huevos, descubre una gallina especial que pone huevos de oro. Mateo imagina cómo la riqueza podría cambiar la vida de todos, pero duda si contar o no su hallazgo. El capítulo termina con Mateo escondiendo el huevo y sintiendo el peso de su secreto.
El sol apenas se asomaba detrás de los cerros cuando Mateo se deslizó por la puerta trasera, con las botas desparejas y el cabello revuelto, listo para cumplir su tarea favorita: recolectar los huevos frescos del gallinero. Las gallinas cacareaban y picoteaban la tierra húmeda, y la brisa traía consigo el olor dulce de la tierra mojada.
Mateo siempre había sentido que algo especial podía pasar en el rancho. A veces, mientras barría el patio o ayudaba a su mamá, encontraba plumas brillantes o veía a los zorros espiando desde el maizal, y pensaba que la magia existía allí, sólo que había que saber mirar.
Esa mañana, entre los nidos de paja, algo dorado relucía bajo el ala de su gallina favorita, Lila. Mateo se agachó, creyendo que los primeros rayos del sol jugaban con sus ojos, pero el brillo seguía ahí, intenso y verdadero.
—No puede ser… —susurró, extendiendo la mano.
Sacó con cuidado el huevo, tan pesado como una piedra y tan brillante como las monedas que a veces veía pasar de mano en mano en la tienda del pueblo. Lo sostuvo contra el pecho, el corazón galopando como caballo desbocado.
—¡Mamá!— pensó en gritar, pero algo lo detuvo.
Miró a Lila, que lo observaba quieta, como si supiera que ese huevo era diferente. Mateo sintió un gozo tan grande que casi le dolían los brazos de emoción. Imaginó mil cosas: su papá comprando una vaca nueva, su hermana estrenando zapatos, su mamá cantando sin preocuparse por las cuentas. Y él, claro, con un helado entero solo para él.
Pero entonces, una vocecita le picó en la cabeza: ¿Y si esto sólo es para mí? ¿Y si todos se enteran y vienen a quitarme a Lila? El huevo se sintió de pronto más frío en sus manos.
Mateo miró alrededor, nervioso. El rancho parecía más callado que nunca. Corrió hacia el árbol grande junto al corral y, con manos temblorosas, cavó un hueco pequeño en la tierra suave y escondió el huevo dentro. Cubrió el tesoro con hojas secas, echando miradas hacia todos lados.
El secreto le zumbaba dentro como un enjambre de abejas, mezclando alegría con un miedo nuevo. ¿Qué debía hacer ahora?
Antes de regresar a casa, Mateo acarició a Lila, que volvió a acomodarse en el nido, tranquila. Él caminó de vuelta, sintiendo el bolsillo vacío y la cabeza llena de ideas. Algo había cambiado. No podía dejar de pensar en el huevo dorado, ni en lo que haría si amanecía uno nuevo mañana.
Al cruzar la puerta de la cocina, su mamá le sonrió. Mateo devolvió la sonrisa, pero su secreto pesaba más que nunca.
Esa noche, mientras el viento susurraba entre los árboles, Mateo no podía dormir. ¿Qué pasará si encuentro otro huevo de oro mañana? ¿Y si alguien lo descubre antes que yo?