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Chapter 1

Capítulo 1

Luna, una joven florista tímida y vergonzosa, vive atormentada por su torpeza y el miedo al ridículo. Una tarde, en su floristería, aparece un hada diminuta y brillante que dice ser el Hada de la Vergüenza, dispuesta a concederle un deseo. Luna pide dejar de sentirse avergonzada, y el hada la besa en la frente, liberándola de su carga. Cuando el hada se despide y se convierte en un apuesto joven, Luna queda impactada y siente una chispa de emoción.

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Luna tenía veintiséis años y una vida perfectamente ordenada alrededor de un miedo: la vergüenza. Desde niña, un rubor intenso le subía a las mejillas ante el mínimo desliz, y con los años eso se había convertido en un lastre. En la floristería «Pétalos de Luna», que había heredado de su abuela, se sentía segura. Allí, entre girasoles y rosas, su torpeza se disimulaba. Sin embargo, cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, su corazón daba un vuelco. Temía equivocarse al envolver un ramo, romper un tallo o decir algo inapropiado.

Esa tarde de otoño, el sol entraba oblicuo por el ventanal. Luna estaba tras el mostrador, ordenando lavandas. Sus dedos, largos y delicados, temblaban ligeramente. La semana había sido tranquila, pero el día anterior había derramado café sobre el mantel de una clienta habitual. El recuerdo aún le quemaba. Suspiró y apoyó la frente en el frío mármol del mostrador.

—¿Por qué soy así? —murmuró—. ¿Por qué no puedo ser como la gente normal, que se equivoca y no le importa?

En ese instante, un destello dorado brilló entre los pétalos de un ramo de margaritas. Luna levantó la cabeza y parpadeó. Una pequeña luz flotaba a la altura de sus ojos. Era una criatura diminuta, no más grande que su pulgar, con alas de libélula y un vestido de hojas de menta. Su cabello, color miel, brillaba como si estuviera tejido de rayos de sol. La criatura la miró con ojos color avellana y esbozó una sonrisa.

—Hola, Luna —dijo con una voz que sonaba a campanillas.

Luna dio un salto atrás y casi tira un jarrón de cristal.

—¿Q-quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre?

La criatura revoloteó y se posó en el borde del mostrador, cruzando las piernas diminutas.

—Soy el Hada de la Vergüenza. He oído tu lamento. Vengo a ayudarte.

—¿El Hada de la Vergüenza? —Luna negó con la cabeza—. No, no, eso no existe. Estoy alucinando. Demasiado café… o poca luz.

—Existo tanto como la timidez que te paraliza —dijo el hada con seriedad—. Y tengo el poder de concederte un deseo relacionado con tu mayor aflicción.

Luna se frotó los ojos, pero la hada seguía allí, con sus alas brillando. Una mezcla de incredulidad y esperanza le llenó el pecho.

—¿Un deseo? —susurró—. ¿Puedes hacer que deje de sentir vergüenza?

—Puedo liberarte de ese peso, pero debes saber que la vergüenza también te protege. Sin ella, podrías ser más impulsiva, más… atrevida. ¿Estás segura?

Luna pensó en todas las ocasiones en que la vergüenza le había robado momentos: no hablar en clase, no aceptar invitaciones, no decir lo que sentía. Recordó a su abuela, que siempre le decía: «La vergüenza es una flor que se marchita si la riegas con valor».

—Sí, estoy segura —respondió con firmeza—. Quiero dejar de avergonzarme por todo. Quiero vivir sin ese nudo en el estómago.

El hada asintió y extendió sus bracitos. Una luz dorada emanó de sus manos y envolvió a Luna. La sensación fue cálida, como un abrazo de primavera. Luna sintió que una presión desconocida se desvanecía de sus hombros. Respiró hondo, y por primera vez en años, no sintió el temor al error.

—Ya está —dijo el hada, un poco más apagada—. He absorbido tu vergüenza. Ahora puedes empezar de nuevo.

Luna sonrió. Se sentía ligera, casi flotando. Miró a su alrededor y vio la floristería con otros ojos: los colores más vivos, la música del aire más clara.

—Gracias… pero, ¿y tú? Pareces cansada.

—Cada hechizo tiene un costo —explicó el hada—. Me he quedado sin fuerzas. Debo irme a mi mundo a recuperarme. Pero antes, quiero dejarte un regalo.

El hada voló hasta la frente de Luna y depositó un beso suave. Luna sintió un cosquilleo. Al abrir los ojos, la criatura comenzó a brillar intensamente, hasta convertirse en una esfera de luz que se elevó hacia el techo. Luna parpadeó, cegada. Cuando la luz se atenuó, una figura alta y elegante estaba de pie frente a ella. La luz se disipó y reveló a un joven de cabello castaño y ojos color avellana, vestido con una camisa blanca y pantalones beige. Sonreía de la misma manera que el hada.

—¿Qué…? —Luna no podía articular palabra.

—Soy yo —dijo él, con la misma voz de campanillas, pero ahora grave y melodiosa—. En mi mundo, los hadas podemos tomar forma humana cuando nuestro poder se agota. Debo vivir como humano hasta que recupere la magia. Y, ya que te he concedido el deseo, me has hecho un vínculo contigo. Tendré que quedarme cerca.

Luna se quedó muda. Su corazón latía con fuerza, pero no de vergüenza, sino de una emoción desconocida. Aquel hombre —el hada— la miraba con una ternura que la desarmaba.

—¿Cómo te llamas? —logró preguntar.

—Puedes llamarme Leo —respondió él—. Y ahora, necesito un lugar donde quedarme. ¿Conoces algún sitio?

Luna abrió la boca para responder, pero en ese momento la campanilla de la puerta sonó y entró una cliente. Leo se giró y, con una sonrisa, se puso detrás del mostrador como si siempre hubiera estado allí.

—Bienvenida —dijo con soltura—. ¿En qué podemos ayudarla?

Luna observó, asombrada, cómo Leo atendía a la clienta con una seguridad que ella nunca había tenido. La mujer se fue contenta con un ramo de lilas. Cuando la puerta se cerró, Leo se volvió hacia ella.

—Parece que tengo talento para esto —bromeó.

Luna rió, sorprendida de su propia risa. Por primera vez, no sintió vergüenza. Sintió curiosidad, emoción y, sobre todo, una conexión inexplicable con aquel extraño ser que había llegado a su vida.

—Puedes quedarte en el piso de arriba —dijo—. La abuela lo usaba como almacén, pero hay una cama.

—Perfecto —dijo Leo, y sus ojos brillaron con un destello mágico—. Esto va a ser… interesante.

Luna sintió que algo nuevo comenzaba. La floristería, antes su refugio, ahora se abría a lo desconocido. Y en el centro de ese cambio estaba Leo, el hada convertido en hombre, que la miraba como si ella fuera el tesoro más valioso del mundo.

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