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Chapter 2

El reflejo en la penumbra

María lleva el espejo a su apartamento y pasa la noche observándolo sin resultados. Al día siguiente, regresa con Don Ramiro, quien le revela que el espejo fue tallado por un antepasado y que su bisabuela escondió un secreto en su marco. Le aconseja buscar bajo la luz de una vela. De vuelta en casa, María descubre un compartimento oculto con una carta dirigida a ella.

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El espejo descansaba ahora en la sala de María, apoyado contra la pared como un testigo silencioso de la tarde que caía. La luz del atardecer, filtrada por las nubes grises, se posaba sobre el vidrio empañado, creando reflejos tenues y distorsionados. María se sentó frente a él, con las piernas cruzadas, y lo observó largo rato. No ocurría nada. Solo su propio rostro, sus ojos vivaces, su expresión pensativa, devueltos por la superficie antigua.

El teléfono vibró de nuevo. El mismo mensaje, otra vez: "Bienvenida al principio, María. El espejo es solo la puerta. No temas mirar."

María lo leyó tres veces, como si las palabras pudieran cambiar si las repetía. Pero no cambiaban. Seguían ahí, crípticas y frías. Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a mirar el espejo. No sentía miedo, exactamente, sino una especie de inquietud, como si algo estuviera a punto de ocurrir y ella no supiera si estaba lista.

Elena llamó justo cuando empezaba a anochecer.

—¿Y? ¿Ya lo miraste? ¿Pasó algo fantasmagórico?

—Todavía no. Está oscureciendo, pero no sé si debo esperar a que la luna esté alta o qué hacer exactamente. El mensaje no dice mucho más.

—Bueno, pues si no pasa nada, al menos tienes un espejo bonito. ¿Has visto los tallados? Dicen que los marcos antiguos a veces esconden cosas.

—¿Cómo qué?

—No sé, cartas, joyas, mensajes secretos. Cosas de abuelas. Podrías revisarlo bien, con una lupa o algo.

María sonrió. Elena siempre tenía ideas prácticas, incluso cuando se trataba de misterios. "Tienes razón. Mañana lo examinaré con cuidado. Gracias, Elenita".

—De nada. Pero si ves algo raro, me avisas, ¿eh? No quiero que te conviertas en la protagonista de una historia de terror sin mí.

—Prometido.

Colgaron y María encendió una lámpara de pie, creando un círculo de luz cálida en la sala. El espejo, iluminado desde un costado, revelaba mejor los detalles del marco: hojas, flores, y algo que parecían pequeñas figuras humanas entrelazadas. Pasó los dedos por la madera, sintiendo las hendiduras, los relieves. No encontró nada fuera de lo común.

Esa noche durmió mal. Soñó con su abuela, una mujer de cabello blanco y mirada profunda, que le sonreía desde un jardín lleno de flores amarillas. En el sueño, la abuela sostenía el espejo y señalaba algo detrás de María, pero cuando ella se volteaba, no había nada más que niebla.

Despertó con el corazón acelerado y la luz del amanecer entrando por la ventana. El espejo seguía ahí, inofensivo y silencioso. Decidió que necesitaba más respuestas. Se vistió rápido y salió hacia la tienda de Don Ramiro.

El centro histórico estaba tranquilo a esa hora. Las calles empedradas brillaban con el rocío de la mañana, y el aire olía a pan recién horneado. María caminó rápido, con las manos en los bolsillos, repasando lo que sabía y lo que ignoraba. Sabía que el espejo existía, que había pertenecido a su abuela, que Don Ramiro conocía algo más de lo que decía. Ignoraba casi todo lo demás: quién le había escrito, por qué, y qué demonios se suponía que debía encontrar.

La tienda "El Legado" estaba abierta, como siempre. Don Ramiro estaba detrás del mostrador, ajustando unos relojes de bolsillo. Al verla entrar, levantó la vista y sonrió.

—María, otra vez. ¿Ya encontraste el espejo?

—Sí. Lo tengo en mi casa. Pero no pasa nada. Lo miré, lo toqué, lo examiné, y no hay nada especial. Solo un espejo viejo.

Don Ramiro se quitó las gafas y las limpió con el paño, un gesto que María empezaba a reconocer como su manera de ganar tiempo antes de hablar.

—Un espejo nunca es solo un espejo, María. Especialmente uno que ha visto tantos años, tantos rostros, tantos secretos. El de tu abuela fue tallado por un antepasado tuyo, un ebanista que trabajaba con maderas de la región. Se decía que ponía algo de sí mismo en cada pieza.

—¿Como qué?

Don Ramiro guardó silencio un momento. Luego, con un tono pausado, como si estuviera recordando en voz alta, dijo:

—Tu bisabuela, la madre de tu abuela, era una mujer de carácter fuerte. Se decía que escondió algo importante en el marco del espejo, algo que solo un miembro de la familia podría encontrar. Pero nunca reveló qué era. Tu abuela lo supo, creo, pero se lo llevó a la tumba.

María sintió un escalofrío que no venía del frío. "¿Y cómo se supone que lo encuentre?"

—No lo sé con certeza. Pero si algo he aprendido en todos estos años es que los objetos guardan memoria. Tal vez debas mirar el espejo no con los ojos, sino con las manos. Siente la madera, busca irregularidades, algo que no encaje. A veces, lo que buscamos está a la vista, pero no lo vemos porque no sabemos qué mirar.

—¿Me está diciendo que revise el marco?

—Exactamente. Y cuando lo hagas, hazlo con calma. No forces nada. Los secretos de familia se revelan cuando están listos, no cuando uno los exige.

María asintió, agradecida. Don Ramiro le ofreció un café, y mientras lo tomaban, hablaron de cosas sin importancia: del clima, de los cambios en el barrio, de los recuerdos de su abuela. Pero en el fondo, María sentía que cada palabra de Don Ramiro era una pieza de un rompecabezas más grande.

Al salir de la tienda, el sol ya estaba alto. Decidió que no esperaría a la noche. En su apartamento, colocó el espejo sobre la mesa y lo examinó centímetro a centímetro. Pasó los dedos por los tallados, presionando aquí y allá, buscando algo que cediera. Nada. Probó con una linterna, iluminando desde diferentes ángulos. Las sombras se movían, pero no revelaban nada nuevo.

Casi una hora después, cuando ya empezaba a frustrarse, recordó las palabras de Don Ramiro: "con calma". Respiró hondo, se sirvió un vaso de agua, y volvió a sentarse frente al espejo. Esta vez, en lugar de buscar a tientas, lo observó con atención. Las figuras talladas formaban un patrón que se repetía: hojas, flores, y pequeñas figuras humanas que parecían danzar. Pero en la esquina inferior derecha, una de las figuras era diferente. Tenía los brazos extendidos, como si señalara algo.

María acercó el dedo y presionó suavemente. Nada. Lo intentó con más fuerza, y entonces sintió un chasquido, un pequeño movimiento. La figura se hundió ligeramente, y del borde del marco emergió un compartimento oculto, tan delgado que apenas se veía. Dentro, doblado con cuidado, había un papel amarillento.

Con las manos temblorosas, María lo extrajo. Era una carta, escrita a mano con tinta desvaída. La letra era elegante, con curvas suaves, y decía:

"Para quien busque la verdad detrás del reflejo: el espejo guarda el rostro de quienes fueron, pero también el eco de lo que callaron. Si has llegado hasta aquí, es porque la sangre habla más fuerte que el olvido. Busca en el lugar donde el agua se encuentra con la tierra, donde el sauce llora sus hojas. Allí hallarás la llave de lo que tu bisabuela escondió."

María leyó la carta tres veces. El corazón le latía con fuerza. El lugar donde el agua se encuentra con la tierra... ¿un río? ¿un lago? ¿Y qué significaba lo del sauce? Su abuela solía hablar de un sauce llorón en el jardín de la casa familiar, pero esa casa ya no existía, vendida años atrás.

El teléfono vibró. Otro mensaje:

"Has dado el primer paso, María. Ahora, sigue el rastro del sauce. No te detengas."

María apretó el papel contra el pecho. Ya no había vuelta atrás. El misterio se estaba desplegando, y ella estaba decidida a descubrir hasta dónde la llevaba.

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