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Chapter 1

Capítulo 1

Valentina explora un desván olvidado en busca de recuerdos de su pasado. Encuentra una caja de fotos y una carta que la llevan a rememorar su relación con Mateo, un amor perdido. Al final, descubre un diario que la obliga a enfrentar la primera grieta de su memoria.

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El polvo danzaba en los haces de luz que atravesaban la ventana polvorienta. Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies mientras avanzaba por el desván abandonado. Cada paso levantaba una fina capa de olvido, revelando los contornos de muebles cubiertos por sábanas blancas, fantasmas de una vida pasada. El aire, denso y cargado con el aroma a madera vieja y tiempo detenido, se adhería a su piel. Buscaba algo, una pista, una forma de reconectar con la mujer que una vez fue, antes de que las grietas comenzaran a aparecer y la desdibujaran. Los recuerdos eran como cristales rotos, filosos y esquivos, esparcidos en los rincones oscuros de su mente, esperando ser reunidos.

Valentina se detuvo frente a un baúl de madera oscura, con las esquinas reforzadas por latón deslustrado. No recordaba haberlo visto antes, y sin embargo, algo en su presencia le resultaba familiar, como el eco de una canción olvidada. Se arrodilló, ignorando el crujido de sus rodillas sobre las tablas, y pasó los dedos por la tapa. El polvo se adhirió a su piel, dejando marcas grises. La cerradura estaba oxidada, pero cedió con un leve empujón, como si el baúl hubiera estado esperando su llegada.

Al abrirlo, una oleada de papel envejecido y tinta seca la golpeó. Dentro, yacían cuadernos, cartas atadas con un listón descolorido, y una fotografía en blanco y negro. Tomó la foto con cuidado, sosteniéndola contra la luz. Una mujer joven, de cabello oscuro y mirada intensa, sonreía desde un puente de piedra, con un río brillando detrás de ella. Reconoció el puente: era el de la vieja ciudad, el que cruzaba el río que dividía el barrio antiguo del nuevo. Pero la mujer no era ella. O al menos, no la Valentina que conocía ahora. Los rasgos eran los mismos—la curva de la mandíbula, la nariz recta—pero la expresión era distinta. Había una ligereza en esa sonrisa que ella había perdido hacía tiempo.

Dejó la foto a un lado y desató el listón de las cartas. Eran cinco, todas escritas con una caligrafía firme y elegante. La primera comenzaba sin saludo: «Recuerdo la primera vez que te vi, bajo la lluvia de octubre. Llevabas un abrigo azul y el cabello mojado te caía sobre los hombros. No me atreví a hablarte, pero supe, en ese instante, que mi vida había cambiado». Valentina sintió un nudo en la garganta. La letra era de Mateo. El nombre le llegó como un susurro desde las profundidades de su memoria, acompañado de una punzada de dolor y dulzura. Mateo, el amor que había perdido, o que la había perdido a ella. Los detalles se desdibujaban cada vez que intentaba enfocarlos.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una pila de cajas, y leyó las cartas una tras otra. Hablaban de encuentros furtivos en cafeterías, de paseos por calles empedradas bajo la luna, de promesas susurradas al oído. En la tercera carta, Mateo mencionaba una discusión: «No entiendo por qué te empeñas en buscar respuestas donde solo hay silencio. A veces, el pasado es mejor dejarlo enterrado». Valentina frunció el ceño. ¿Qué respuestas buscaba? ¿Y por qué el silencio? Las palabras resonaban con una verdad que se le escapaba.

La última carta era más corta, casi un billete: «Si algún día decides recordarlo todo, vuelve al desván. Allí guardo lo que no me atreví a decirte». No había fecha, ni despedida. Solo esa invitación, que ahora la había llevado hasta allí.

Valentina dejó las cartas sobre la tapa del baúl y hundió las manos entre los cuadernos. Sus dedos tropezaron con un objeto más sólido: un libro de tapas de cuero gastado, sin título. Lo abrió. Las páginas estaban llenas de una escritura apretada, la misma de las cartas. Era un diario, el de Mateo. La primera entrada databa de diez años atrás. «Hoy conocí a Valentina. No sé si es real o solo un sueño que he tenido durante demasiado tiempo. Pero ya no importa. Voy a amarla, aunque me destroce».

El corazón le latió con fuerza. Pasó varias páginas, saltando entre fechas, hasta que una línea la detuvo: «Ella no recuerda. O no quiere recordar. Pero yo sí. La noche del incendio, cuando todo cambió. La vi correr hacia las llamas, y supe que nunca volvería a ser la misma». Incendio. La palabra le provocó un escalofrío. ¿Un incendio? No había ningún incendio en su memoria. Solo una bruma densa que envolvía los años anteriores a cierto punto. Sabía que había vivido en aquella ciudad toda su vida, que había trabajado en una librería, que había amado a Mateo. Pero los detalles se desvanecían como el humo.

Cerró el diario y lo apretó contra su pecho. La luz de la ventana había comenzado a cambiar, volviéndose más dorada, anunciando el atardecer. El desván, antes frío y vacío, parecía llenarse de susurros. Decidió llevarse el diario y las cartas. Necesitaba leer más, entender qué había ocurrido. Al ponerse de pie, su mirada se posó en un rincón donde una sábana blanca cubría algo más grande. Dudó, pero la curiosidad pudo más. Caminó hacia allí y tiró de la tela, revelando un caballete de madera con un lienzo. La pintura estaba casi terminada: un retrato de una mujer de espaldas, mirando un horizonte de edificios grises bajo un cielo plomizo. En la esquina inferior, una firma: Mateo.

Valentina contuvo el aliento. Reconoció la chaqueta azul que llevaba la figura, la misma que ella usaba en una foto que guardaba en su cartera. Era ella. Pero el paisaje de fondo no era la ciudad que conocía. Los edificios tenían formas extrañas, como retorcidas por el dolor. Algo en esa imagen le heló la sangre. Sintió que el diario pesaba más en sus manos, como si contuviera no solo palabras, sino el peso de todo lo que había perdido.

Una brisa fría se coló por una rendija de la ventana, haciendo que el polvo volviera a danzar. Valentina miró hacia la luz menguante y supo que el tiempo se agotaba. No solo el del día, sino el de su propia cordura. Las grietas en su memoria se estaban ensanchando, y lo que encontrara en aquellas páginas podría romperla por completo. Pero no podía detenerse. Necesitaba saber quién había sido, y por qué había olvidado.

Con el diario bajo el brazo y las cartas en el bolsillo, salió del desván. El crujido de las escaleras la acompañó mientras bajaba, y al llegar al pasillo de su casa, el silencio la envolvió. Se sentó en el sofá, abrió el diario por la primera página, y comenzó a leer. Afuera, la noche caía sobre la ciudad, y con ella, el eco de los días olvidados empezaba a resonar en su corazón.

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