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Chapter 1

Capítulo 1: Un trato curioso en la plaza

Una familia pobre que vende objetos en la plaza es sorprendida por la visita de un hombre rico, quien pide a la madre que sea su novia. El hijo único, emocionado por la posibilidad de cambiar su suerte, anima a su madre a aceptar la propuesta. El capítulo termina cuando la madre, dudosa, se prepara para dar su respuesta.

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En el corazón de un pueblo colorido, vivía una familia que nunca se cansaba de intentarlo. La mamá, trabajadora y siempre sonriente, vendía flores, botones, y a veces dulces en una mesita cerca de la plaza. Su hijo, un niño curioso y de ojos brillantes llamado Tomás, la ayudaba a ordenar las cosas y a atraer clientes con su voz alegre: “¡Flores frescas! ¡Dulces de miel! ¡Todo bonito y barato!”

Un día, el sol brillaba fuerte y el viento jugaba con los manteles de los puestos. Tomás se distrajo viendo cómo una hoja bailaba en el aire, cuando de repente, un elegante carruaje se detuvo frente a su mesa. Bajó de él un hombre de bigote perfectamente peinado y bastón reluciente. Todos los vendedores se quedaron mirando. Nadie tan elegante había caminado nunca por ahí.

El hombre miró con interés la mesita de Tomás y su mamá. Se acercó despacio, saludando con voz suave pero firme:

—Buenos días, señora. Me llamo Don Ernesto y tengo una propuesta muy especial —dijo, mirando a la mamá de Tomás—. Me gustaría invitarla a tomar un café y conocerla mejor. Es más, deseo pedirle algo importante: que sea mi novia.

La mamá se quedó congelada con un caramelo en la mano, sin saber qué decir. Las otras vendedoras cuchicheaban, tratando de escuchar.

Tomás, que siempre soñaba con aventuras y cambios grandes, tiró de la falda de su mamá y le susurró:

—Mamá, ¡di que sí! Tal vez si eres su novia podamos tener casa nueva o una tienda más grande. ¡Imagínate, mamá!

La mamá miró a Tomás y luego a Don Ernesto. Su rostro se llenó de preguntas. ¿Un hombre rico quería ser su novio? ¿Qué dirían sus amigas? ¿Era esto una broma? El hombre seguía sonriendo con paciencia, esperando una respuesta.

El corazón de la mamá latía tan fuerte como si hubiera corrido toda la plaza. Miró sus flores marchitas y los pocos dulces en la mesa. Después miró a Tomás, que le sonreía con toda la esperanza del mundo.

Por un momento, la plaza pareció quedarse en silencio. Los pájaros, las hojas y los vendedores esperaban a ver qué diría la mujer. Tomás apretó la mano de su madre. El viento movió un pétalo hasta los pies de Don Ernesto, como una señal misteriosa.

—Bueno... —empezó a decir la mamá, todavía insegura.

Pero justo cuando iba a responder, Don Ernesto le ofreció una rosa roja y dijo:

—No hay prisa. Piénselo bien, señora. Volveré mañana por su respuesta.

Tomás y su madre se quedaron mirando la rosa. El aroma era tan dulce como los sueños de Tomás. ¿Debía la mamá decir que sí y cambiar sus vidas de una vez para siempre?

Mientras el carruaje se alejaba despacio, Tomás recogió la rosa y se la puso a su mamá en el pelo. Los dos se abrazaron fuerte, sabiendo que al día siguiente todo podía ser distinto. Pero esa noche, las preguntas y los sueños bailaban alrededor de ellos como hojas al viento.

¿Qué respondería la mamá? ¿De verdad sería buena idea aceptar la propuesta de Don Ernesto?

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