Chapter 1
Capítulo 1: El primer encuentro
Fresa conoce a Fresita en la cafetería de la escuela frutal y siente una conexión inmediata, pero un misterioso desconocido observa desde lejos.
—¿Y si le digo que me gusta? —pregunté sin soltar el teléfono, los dedos temblando sobre la pantalla.
Naranja levantó una ceja, su piel brillando bajo las luces del pasillo. —Llevas una semana viendo sus videos. Ni siquiera sabes su nombre real.
—Se llama Fresita —respondí, como si eso lo explicara todo.
La escuela frutal bullía a nuestro alrededor. Era el tercer día de clases y aún no me acostumbraba al olor a cáscara fresca que flotaba en los pasillos. Mi mochila colgaba de un hombro, pesada por los libros que apenas había hojeado.
—Fresita es su nombre en TikTok —dijo Naranja, cruzando los brazos. Su tono era directo, como siempre—. En la vida real puede llamarse cualquier otra cosa.
—Pero tiene que estar aquí. La vi en el video del comedor.
Naranja suspiró. —Vamos, pues. Pero si resulta que es una señora de cuarenta años, no me pidas que te consuele.
Caminamos entre grupos de frutas que reían y hablaban. Una persona estraña me sonrió al pasar, y una sandía casi me atropella con su mochila gigante. El comedor estaba atestado, el rumor de las conversaciones mezclado con el tintineo de cubiertos contra bandejas.
Y allí estaba.
Sentada sola en una mesa junto a la ventana, con un cuaderno abierto y una pluma en la mano. Su piel tenía un tono suave y cálido, como si el sol la hubiera besado con cariño. El cabello caía en ondas despreocupadas sobre sus hombros. No llevaba el uniforme completo: una chaqueta rosa claro sobre una camiseta blanca, y unos jeans que parecían más cómodos que elegantes.
Mi corazón dio un vuelco.
—Es ella —susurré.
Naranja me miró. —¿Estás seguro?
—Completamente.
Fresita levantó la vista de su cuaderno en ese momento. Sus ojos se encontraron con los míos, y una sonrisa pequeña y dulce se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de burla ni de sorpresa. Era como si me hubiera estado esperando.
—Hola —dijo, con una voz tranquila y educada que apenas se oyó por encima del ruido.
Me acerqué antes de que mi cerebro pudiera detenerme. Naranja se quedó atrás, apoyado contra una columna, observando en silencio como siempre.
—Hola —respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que esperaba—. Soy Fresa.
—Lo sé —dijo ella, cerrando el cuaderno—. Te he visto en los pasillos. Siempre andas con ese chico naranja.
Señaló a Naranja con la barbilla.
—Es mi mejor amigo —expliqué, y de repente sentí que las palabras se me escapaban—. Y yo… bueno, te he visto en TikTok.
Fresita rió suavemente. —¿Mis videos de recetas? —asintió—. Casi nadie los ve. Son muy simples.
—Son lindos —dije, y me arrepentí al instante. ¿Lindos? ¿En serio?
Pero ella no pareció notar mi torpeza. —Gracias. —Se levantó, recogiendo su cuaderno y su pluma—. ¿Quieres sentarte? Estaba a punto de irme, pero puedo quedarme un rato más.
—Sí —dije demasiado rápido.
Me senté frente a ella. La mesa era pequeña, de esas de metal que siempre están un poco pegajosas. Pero no me importó. Fresita olía a fresas, algo tan obvio y tan perfecto que casi me hizo reír.
—¿Qué escribes? —pregunté, señalando el cuaderno.
—Poemas —respondió, y sus mejillas se tiñeron de un rosa más intenso—. Son tontos, en realidad. Cosas que se me ocurren cuando no puedo dormir.
—¿Puedo leer uno?
Ella dudó. —Son muy personales.
—No importa. Solo si quieres.
Fresita me miró largamente. Su mirada era dulce, pero también directa, como si pudiera ver a través de mí. —Tal vez otro día —dijo al fin.
Asentí, sintiendo que el tiempo se había detenido. A nuestro alrededor, el comedor seguía su curso: frutas yendo y viniendo, risas, discusiones sobre tareas y exámenes. Pero allí, en esa mesa, solo existíamos nosotros dos.
—Oye, Fresa —dijo Fresita de repente, inclinándose hacia adelante—. ¿Por qué me buscaste?
La pregunta me tomó por sorpresa. —Porque… —tragué saliva—. Porque quería conocerte.
Ella sonrió de nuevo, más amplia esta vez. —Y ya me conoces. ¿Qué sigue?
—No lo sé —admití—. ¿Tal vez un café después de clases?
Fresita rió, un sonido limpio y cálido. —Está bien. Me gusta el café con leche.
—Entonces café con leche.
Naranja apareció a mi lado, su sombra afilada cayendo sobre la mesa. —Fresa, tenemos clase en cinco minutos.
—Voy —dije, aunque no quería irme.
Fresita se levantó también. —Nos vemos luego —dijo, y su voz sonaba como una promesa.
Caminé hacia la puerta del comedor, sintiendo su mirada en mi espalda. Naranja caminaba a mi lado, en silencio.
—¿Y bien? —preguntó cuando estuvimos lo suficientemente lejos.
—Es perfecta —respondí.
Naranja resopló. —Ya veremos.
Justo antes de doblar la esquina, miré hacia atrás. Fresita seguía de pie junto a la mesa, viéndome irse. Pero algo más llamó mi atención: en la mesa vecina, una oerson de aspecto misterioso, con una chaqueta oscura y una mirada fría, observaba la escena con atención. No lo reconocía. Nunca lo había visto antes.
—¿Quién es ese? —pregunté a Naranja.
Naranja siguió mi mirada y frunció el ceño. —No sé. Pero no me gusta su cara.
El chico se levantó y se perdió entre la multitud sin decir palabra.
Algo en su mirada helada me hizo sentir un escalofrío. Pero antes de que pudiera pensar más en ello, la campana sonó, y Naranja me empujó hacia el aula.
—Después lo averiguamos —dijo—. Ahora, clase.
Asentí, pero mi mente seguía en dos lugares: en la sonrisa de Fresita, y en esos ojos fríos que me habían observado sin pestañear.